La filosofa Laura Tortola le responde a la diputada libertaria Emilia Orozco quien aseguró que a una sociedad le atañe menos tener profesores de Filosofía y Letras que un médico y enfermero.
Preguntarse por la finalidad y la utilidad de una disciplina como la filosofía puede resultar reduccionista.
En cuanto a su finalidad, la filosofía no tiene una respuesta simple a la pregunta: “¿para qué sirve?”. En un mundo como el nuestro, donde solo se considera útil aquello que genera dinero, esto constituye un problema.
En lo que respecta a su utilidad —que en cierto modo coincide con su finalidad—, si repasamos la historia, veremos que la filosofía siempre ha servido como apoyo a otras disciplinas en su base epistemológica. La filosofía da sustento. Sin embargo, hoy las dos funciones con mayor despliegue social y profesional son la docencia y la investigación. De allí el reduccionismo.
Al no existir una única definición universal de “¿qué es la filosofía?”, nos vemos obligados a explorar los distintos oficios que se desprenden de ella. Los profesionales de la filosofía —profesores y licenciados— podemos desempeñarnos, según la incumbencia del título, como docentes, investigadores, asesores en comités de ética, entre otras funciones.
No obstante, esto resulta insuficiente, pues también hay filósofos y filósofas que se desempeñan como divulgadores: influencers filosóficos, conductores de programas de televisión, locutores de radio, escritores de libros de divulgación, etc. El campo de aplicación es, por lo tanto, muy amplio, considerando la especificidad epistemológica de la filosofía.
A mi modo de ver, la tarea vital de la filosofía —y de las humanidades en general— sigue siendo la docencia. No solo porque representa una salida laboral, sino porque implica una misión delicada: educar.
Educar es liberar la mente de quienes aprenden; es brindar herramientas morales, cognitivas, epistémicas y sociales. Es transmitir conocimiento con el afán de hacerlo correctamente, más allá de citar de memoria a filósofos influyentes. Educar significa ayudar a construir un discurso propio, una forma singular de comprender el mundo y de convivir con los demás. Es una tarea fundamental: aprender a vivir en sociedad, a convivir con lo que me gusta y con lo que no.
Pero sobre todo, educar es enseñar a poner límites: distinguir lo que está bien de lo que está mal, reconocer normas implícitas y leyes explícitas. Es aquí donde con mayor frecuencia se nos critica a los docentes de filosofía y de humanidades, acusándonos de adoctrinar. Sin embargo, pocas veces se cuestiona, por ejemplo, a un médico que, al practicar una histerectomía por un tumor, le dice a una paciente que “nunca podrá ser madre”.
La docencia filosófica nos obliga a enseñar a “leer la letra chica”: a identificar los abusos y limitaciones que históricamente nos han impuesto el extractivismo, la ocupación, el exterminio, el robo de datos o la venta de medicamentos contaminados.
El futuro de la humanidad impone deberes y obligaciones al ser humano actual. Los conceptos de “obligación” y “deber” adquieren una nueva dimensión ante el impacto prolongado de la tecnología. Así, al vacío de bienes de consumo producido por la técnica, le sucede otro vacío: el de los valores culturales, éticos, ecológicos y estéticos. Un vacío en el que el ser humano se pierde a sí mismo como persona (Jonas, H. 1998: 57).
La filosofía recorre un terreno amplio, pero necesario. También nos corresponde recordar al Estado y a la sociedad que, ante un femicidio, la culpa nunca es de las víctimas, aunque así se insista al juzgar. La responsabilidad es de los asesinos, y son ellos quienes deben ser juzgados.
Pensar críticamente la violencia contra las mujeres es reconocerla como una forma de sometimiento colonial, ejercido de manera hegemónica por el hombre blanco y el Estado patriarcal. Entendemos como “mujeres” a todas las subjetividades que se reconocen en esa identidad: heterosexuales, trans, cis, blancas, racializadas, indígenas, libres.
Ser mujer ha significado históricamente ser reducida a una minoría, cosificada en roles como madre, esposa o ama de casa. Durante mucho tiempo, además, se excluyó y sometió a otros colectivos de mujeres, especialmente a las disidencias LGBT+.
Las luchas feministas y del colectivo LGBT+ han crecido exponencialmente en las últimas décadas. Aun así, muchos Estados siguen ignorando las múltiples subjetividades que se identifican como mujeres. Como afirma la filósofa María Lugones, “ser indiferente con las minorías es ejercer indiferencia hacia la violencia contra la mujer”.
Por eso, los límites deben enseñarse desde la infancia. Solo así podremos resistir a una violencia —económica, ideológica y estatal— que, como advertía Foucault, ignora quiénes somos en nuestra singularidad.
Desde esta breve reflexión, como docente de filosofía, repudio los dichos de Emilia Orozco, egresada de la Universidad Nacional de Salta, Facultad de Humanidades. Ella sabe cuál es su tarea como comunicadora social, pero ha elegido ponerse al servicio del mercantilismo.
Hoy, la utilidad de la filosofía es la de poner límites. Como dice León Gieco: “Nosotros no somos como los Orozco. Stop”.




