Todo indicaba que los ánimos se habían apaciguado hasta que el jueves por la noche, de repente, se confirmó su salida.

Cuentan que perdió la paciencia el día que la citaron a una reunión donde le ofrecieron amablemente dejar su cargo y ser parte de los reacomodamientos establecidos a futuro. Tras suspirar y mantener la compostura, La funcionaria, que varios confunden su apellido, con su nombre, habría respondido que no quería otro lugar. Sin embargo, luego de sobrepasar su límite de tolerancia y para clarificar, se despachó diciendo que prefiere ser una neutral observadora de la catástrofe que se avecina.

La eclosión corría por los pasillos de la política como reguero de pólvora. Era solo una cuestión de tiempo y cálculo político. Tras la tranquilidad que trajeron los comicios tanto provinciales como nacionales, entonces, se concretó lo que ya estaba dicho.

Para algunos, lo que enfureció realmente a la ex secretaria de la cartera educativa, fue la falta de reconocimiento de su destacada gestión. A su favor, es cierto que defendió a capa y espada la opaca gestión. Otros señalan que nadie estaba contento con su excesiva exposición mediática.

Como fuese, el notable lío se resolvió de manera tranquila con la llegada de una experimentada funcionaria, Adriana Saravia.

El futuro de la psicopedagoga, dueña de una fundación, se debate entre:

1- dedicarle tiempo a su casa y arreglar su jardín,

2- asumir un cargo en el organigrama de cultura vinculado a la danza, un espacio que conoce desde chica,

3- volverse invisible y desarrollar el proyecto que dirige su marido relacionado a la educación.

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