Gauchos gominos, libertarios sin jefe, peronistas reciclados y osos perdidos en la boleta. Los cierres de campaña de cara al domingo dejaron una postal precisa del presente político: todos apelando a la fe, al miedo o a la memoria de Güemes, según el caso. Ahora sólo queda rezar… y contar los votos.
Las campañas terminan, los discursos se repiten y los candidatos se desvanecen en un loop de promesas, arengas y metáforas patrias. Lo único distinto, esta vez, fue el tono de plegaria general. A tres días de las elecciones legislativas, cada espacio político en Salta cerró su campaña invocando su propio dios: Milei, Güemes, Cristina o el Pueblo (con mayúscula).
Los libertarios eligieron el Monumento a Güemes como altar, aunque el mismísimo profeta no apareció. Javier Milei, el mesías prometido, decidió finalmente no pisar tierra salteña. Y no por miedo a un atentado ni por conspiraciones provinciales, sino porque en Buenos Aires resolvieron que convenía gastar los últimos litros de nafta en distritos donde todavía hay algo por salvar. Córdoba y Santa Fe, por ejemplo.
En su intento por disimular el plantón, Emilia Orozco ensayó un libreto que ni los suyos terminaron de creerse: “Decidimos que el Presidente no venga por razones de seguridad”, dijo, como si Salta fuera Kabul. Pero el cuento duró menos que un vivo de TikTok: desde la Casa Rosada desmintieron el rumor, el propio Sáenz se comunicó con Casa Militar y el comunicado oficial dejó a Orozco en ridículo: “La decisión de no ir a Salta responde estrictamente a una estrategia electoral. Confiamos plenamente en el gobernador Sáenz, un aliado estratégico”, decía el texto, como si fuera una cachetada con guante de seda.
El cierre libertario, con Alfredo Olmedo en el escenario, intentó recuperar la épica con un minuto de silencio por el excomisario Vicente Cordeyro, el caso que Orozco y Zapata supieron exprimir hasta la última gota de morbo. Sin embargo, la escena fue más triste que heroica: el “minuto de silencio” derivó en murmullos sobre la ausencia del jefe espiritual del movimiento y en chistes sobre la poca convocatoria. “La Libertad Avanza o Argentina Retrocede”, rezaba el cartel principal. Pero en Salta, la que retrocedió fue la ilusión de ser parte de algo grande.
Gauchos, gomina y ponchos
Con pocas horas de diferencia y en la misma escenografía, el oficialismo provincial ensayó su propio ritual gauchesco. “Primero los Salteños” —marca registrada de la casa Sáenz— transformó nuevamente el Monumento a Güemes en plataforma electoral. Entre tanto poncho colorado, bombachas almidonadas y fragancia a Grand Bourg, a más de un transeúnte le costó diferenciar el acto de una edición vespertina de la “Guardia Bajo las Estrellas”.
“Ni este Gobierno nacional, ni el anterior, ni el anterior, ni el anterior les ha cambiado la vida a nadie”, repitió el gobernador, con el mismo tono con el que podría decir “ya serví el locro”. Lo acompañaban sus candidatos, Flavia Royón e Ignacio Jarsún, que sonrieron, aplaudieron y asintieron, en ese orden.
La liturgia fue impecable: luces, ponchos, merchandising y hasta un llamado a los indecisos a “llenar las urnas de votos con el poncho salteño”. Una síntesis perfecta del saenzismo: fe en la marca local, estética gaucha para consumo urbano y un mensaje ambiguo que sirve para todo. En el fondo, el gobernador también reza: que no se disperse su voto, que no se quede sin interlocutor en Buenos Aires y que no se recuerde demasiado rápido quién fue el último en abrazarse con el anarco-capitalismo.
El retorno del hijo pródigo
Del otro lado del mapa electoral, Juan Manuel Urtubey también eligió un cierre sin multitudes. En el Hotel Provincial, rodeado de periodistas y aliados en retirada, intentó inyectar épica a una candidatura que no logró despegar. El problema fue que, pocos días antes, la causa por su supuesto “atentado” se había desinflado por completo: no hubo disparo, no hubo sospechosos, no hubo nada.
Pero él insistió. “Esto demuestra que están dispuestos a todo. Denuncié el acuerdo entre Milei y Sáenz y cinco días después sufrí un atentado”, repitió, con gesto grave. En términos narrativos, el exgobernador se aferra a la idea de que su figura todavía incomoda, aunque la evidencia empírica indique lo contrario. La sociedad entre el saenzismo y el mileísmo —según su relato— busca controlar a toda la delegación salteña en el Congreso. Su espacio, Fuerza Patria, sería entonces el último bastión de resistencia ante el ajuste.
A su lado, Emiliano Estrada hizo el intento de devolverle densidad social al discurso: habló de jubilados que no pueden pagar la luz, docentes que hacen rifas para pintar las escuelas y municipios devastados. Fue lo más sólido del cierre. Lo menos serio fue la supuesta bendición de Cristina Fernández de Kirchner, que habría llegado “por audio de WhatsApp”. Una postal perfecta del kirchnerismo residual: ya no hay acto, hay forward.
Osos perdidos y banderas recicladas
El “Oso” Leavy también hizo lo suyo, fiel a su estilo: cierre en barrio Solidaridad, micrófono en mano, tono paternal y discurso de resistencia. Prometió “frenar el ajuste” y defender a los trabajadores, pero debió aclarar algo más urgente: cómo encontrarlo en la boleta. “No votes el poncho, votá la bandera argentina, pero la que tiene el sol”, explicó, desesperado por diferenciarse del logo casi idéntico de Fuerza Patria.
A su lado, Laura Cartuccia —ex PRO, ex funcionaria macrista, actual soldada de Sáenz— asentía sin culpa. En tiempos de travestismo político, el kirchnerismo local aprendió a convivir con su propio archivo. Ni Cristina lo respaldó (ni siquiera con un audio), así que debieron desempolvar un video de 2019 en el que Roberto Navarro decía que “la jefa” había elegido al Oso. Cuatro años después, esa escena envejeció peor que un tuit de amor.
Leavy, sin embargo, insiste en verse como el “último kirchnerista en pie”. Una definición generosa, pero útil para mantener vivo un electorado fiel a la liturgia justicialista, aunque cada vez más reducido. En el cierre, la consigna fue “Ponerle freno al ajuste”. El problema es que, en Salta, el freno ya no existe: todos corren detrás del mismo discurso de “orden y acuerdos”, solo que con distintas banderas.
Izquierdas cruzadas
Mientras tanto, en el frente del Frente (de Izquierda), la interna sigue siendo más fuerte que el adversario. Claudio Del Pla, veterano de todas las batallas imposibles, cerró su campaña asegurando que “si el Frente de Izquierda avanza, Milei retrocede”. Pero la frase escondía un subtexto: también retroceden sus competidores de izquierda. Política Obrera, el Nuevo MAS y cada fracción que disputa una esquina del mismo 5% del electorado.
Del Pla, siempre combativo, no ahorró golpes: acusó al PJ en bloque —Royón, Urtubey y Leavy incluidos— de “rendir pleitesía a Milei y a Trump”. Fue su forma de plantarse como la única alternativa “antiimperialista y obrera” de verdad. En la práctica, el trotskismo salteño se prepara para lo de siempre: resistir, sumar algún consejero, mantenerse a flote y esperar que el ajuste nacional reviva su predicación callejera.
La procesión sigue por dentro
Así, entre actos pobres, discursos gastados y promesas de salvación, Salta cierra otra campaña electoral con aroma a déjà vu. Ninguna fuerza logró romper el molde, todos repitieron el guion de siempre y el votante, agotado, llega al domingo con una mezcla de resignación y desconcierto.
El mileísmo mostró sus grietas internas, el saenzismo su dependencia de la estética gaucha, el urtubeicismo su desesperación por volver a ser noticia, el kirchnerismo su nostalgia y la izquierda su inquebrantable vocación por dividirse. En resumen: un retrato fiel de la política salteña.
Ahora solo queda rezar, como diría la consigna original. Rezar para que el recuento sea menos aburrido que la campaña, para que los ganadores sepan qué hacer con su banca, y para que los perdedores —que serán la mayoría— no juren haber “crecido” en todas las mesas. Porque si algo enseña cada elección en esta provincia es que, pase lo que pase, todos dicen haber ganado.
El lunes volverán las caras largas, los comunicados tibios y las declaraciones de compromiso democrático. Pero por unas horas, esta noche, los candidatos dormirán creyendo que Güemes, Milei, Cristina o la Historia les guiñó un ojo.




