El exgobernador Juan Manuel Urtubey habla de “niveles alarmantes de impunidad” tras el archivo de su denuncia por el supuesto atentado. Y tiene razón: lo alarmante no es el archivo, sino que quien lo diga sea él. Pocos políticos conocen mejor que el exgobernador cómo se construye la impunidad desde un despacho oficial.
El candidato a senador nacional por Salta, Juan Manuel Urtubey, parece decidido a cerrar su campaña envuelto en un delirio místico de persecución. Luego de que la Justicia desestimara su denuncia por el presunto atentado que habría sufrido —esa historia del vidrio roto y el balazo invisible—, el exgobernador se indignó en la red X:
“Soy abogado y nunca vi una cosa igual. El nivel de impunidad es alarmante”.
La frase es tan desopilante como reveladora. En rigor, es cierto que Urtubey nunca vio “una cosa igual”: él vio cosas mucho peores. Y, en muchos casos, las protagonizó. Si alguien conoce en profundidad los mecanismos de la impunidad, su ingeniería burocrática y su ropaje legal, ése es el exmandatario.
Porque si hay algo que marcó los doce años de su gestión fue la naturalización del encubrimiento. Las causas dormidas, los fiscales complacientes, los jueces premiados, los policías ascendidos por plantar pruebas y los ministros aplaudidos por mirar para otro lado. Hablar hoy de “impunidad alarmante” es, en su boca, un acto de cinismo puro.
La memoria corta y los casos largos
Basta un repaso mínimo para recordar que Urtubey fue el primero en dictar sentencia —sin ser juez— sobre el caso de Yanina Nüesch y Luján Peñalva. En julio de 2012, con los cuerpos todavía en el descampado, el gobernador anunció ante la prensa que se trataba de un “pacto suicida”. Ni pericias, ni evidencias, ni autopsias. Apenas el reflejo político de quien necesitaba despejar cualquier sospecha sobre la actuación policial.
El expediente se cerró en tiempo récord y el relato oficial se consolidó gracias a la obediencia del Ministerio Público. Cualquier periodista o familiar que dudara de la versión oficial era acusado de “buscar rédito político”. Si eso no es impunidad, ¿qué es?
Algo similar ocurrió con el caso de las turistas francesas Cassandre Bouvier y Houria Moumni. Allí, Urtubey aplaudió públicamente la “rápida resolución del crimen” y condecoró a los policías involucrados. Más tarde se sabría que esos mismos efectivos —entre ellos Walter Exequiel Mamaní y el comisario Bautista— habían ordenado torturar a los detenidos y plantado pruebas. Lejos de sancionarlos, el gobernador los ascendió. También ascendió al juez Martín Pérez, que instruyó la causa con una torpeza tan funcional como conveniente.
Hoy, más de una década después, la Justicia francesa reabre el expediente y cita a declarar a los mismos funcionarios que en Salta fueron premiados. Mientras tanto, Urtubey se indigna en X por el “nivel de impunidad”. La ironía se escribe sola.
Cremaciones exprés y silencios oficiales
En 2017, otro caso emblemático sacudió la provincia: el brutal asesinato de Jimena Salas en Vaqueros. A las 48 horas del crimen, el Cuerpo de Investigaciones Fiscales —dependiente del Ministerio Público, pero con línea directa al Ejecutivo— autorizó la cremación del cuerpo. Una decisión inverosímil en cualquier sistema judicial que pretenda conservar evidencias.
Durante meses, la causa fue un laberinto de errores, omisiones y maniobras que protegieron a los verdaderos responsables. El caso tuvo un primer juicio sin condenados firmes y un segundo proceso que se desarrolla estos días. Pero a Urtubey nunca se le ocurrió hablar de “impunidad alarmante” por la cremación irregular, ni por los testigos descartados, ni por los fiscales que filtraban información a los medios amigos. Entonces, el silencio era parte del plan.
El vidrio roto y la paranoia
Lo curioso del presente episodio no es la denuncia en sí, sino la desmesura con la que el exgobernador la sostiene. Urtubey asegura que “cinco días después de denunciar la alianza entre Milei y Sáenz sufrió un atentado”. Ni la Policía ni el CIF hallaron proyectil, ni restos metálicos, ni evidencia alguna de disparo. Solo un vidrio astillado.
La fiscalía archivó la causa y ahí empezó su cruzada épica: el abogado que “nunca vio algo igual”. Según él, el gobierno de Sáenz habría “ordenado” el archivo, en una especie de conspiración local para silenciar su candidatura. Postulación que, por cierto, no parece incomodar a nadie.
En conferencia de prensa, en el Hotel Provincial, Urtubey repitió su libreto ante periodistas amigos: “Esto demuestra que esta gente está dispuesta a todo”. La frase podría haber tenido peso en boca de un dirigente intachable. En la suya suena a chiste involuntario.
Y mientras se victimiza, apela a que los fiscales de París archiven la denuncia del padre de Cassandre Bouvier, Jean-Michel, quien insiste en señalar responsabilidades del Estado salteño en la manipulación de la investigación. Si el archivo es sinónimo de impunidad, Urtubey debería estar muy agradecido con la impunidad.
Los amigos del norte
En este vía crucis electoral, el exgobernador no camina solo. Lo acompaña Emiliano Estrada, su ladero y compañero aspirante a la diputación, otro que parece atraer la sombra de las sospechas. En los pasillos del Congreso nacional se multiplica el rumor de que Rodolfo Tailhade —aliado político de Estrada y su defensor cuando se discutió su desafuero— mantiene vínculos con agencias de inteligencia extranjeras, entre ellas la DEA.
Que cada uno elija su propio concepto de soberanía. Lo cierto es que Estrada y Tailhade compartieron bancada y afinidades, y que el propio Tailhade fue quien lo blindó políticamente cuando el escándalo por el uso de fondos públicos para crear fake news amenazaba con salpicarlo. “Qué amistades, ¿no?”, diría el propio Urtubey si todavía conservara algo del sarcasmo que supo cultivar antes de hacerse kirchnerista.
Cristina, la conversión y la fe oportunista
Porque sí: Urtubey hoy se presenta como candidato de un frente kirchnerista. La misma corriente política que hasta hace pocos años despreciaba públicamente. En 2017, cuando intentaba posicionarse dentro de Unidad Ciudadana, decía:
“El peronismo será competitivo si se acerca a la gente, no si acumula dirigentes. En ese marco, Cristina es un obstáculo, porque representa un enorme desprestigio para el peronismo”.
Hoy, siete años después, la ex presidenta es su jefa política. No hay mejor definición de oportunismo. El hombre que hablaba de “renovación” terminó refugiado bajo el mismo techo que juró combatir, buscando en la liturgia K el oxígeno que no encuentra en su provincia.
El abogado que “nunca vio algo igual”
En el fondo, sobre manipulaciones judiciales Urtubey alguito sabe, porque de otro modo no podría lanzar semejantes acusaciones con tanta naturalidad. La relación entre política y justicia fue, durante sus doce años de gobierno, un matrimonio estable y fecundo. Los jueces ascendían según su docilidad, los fiscales seguían las órdenes del Ejecutivo y los periodistas críticos eran invitados a “reflexionar” en Casa de Gobierno.
Pero en la historia reciente de Salta hay demasiadas muertes sin justicia, demasiados encubrimientos y demasiadas víctimas olvidadas como para creerle a quien fue el arquitecto de esa impunidad estructural.
La palabra “impunidad” y el apellido Urtubey no maridan bien, pero en este tramo final de la campaña el exgobernador se aferra a esa mezcla imposible como quien toma vino con soda caliente. Habla de persecuciones, se indigna con fiscales y apunta contra Sáenz.
El abogado que “nunca vio una cosa igual” debería mirar su propia gestión: ahí están los expedientes que jamás prosperaron, las causas que se apagaron en silencio y los funcionarios que aún hoy gozan de la tranquilidad que otorga la impunidad. La suya.




