La crisis de representación política se destaca por el modo en que las instituciones partidarias han interpretado las demandas sociales y por el cansancio ciudadano de pensar que “siempre son los mismos”. Las nuevas caras sin una tradición política son utilizadas para compensar la falta de convocatoria de la dirigencia clásica. Por Shagira Cortez

Salta asiste a una profunda crisis de representatividad. La confianza y credibilidad ciudadana hacia la dirigencia política, abarca a funcionarios ejecutivos y legislativos. Se da en un marco signado por la falta de agua en los departamentos del Chaco Salteño, el abandono y la desnutrición de las comunidades indígenas, las dificultades que atraviesan los salteños para acceder a la justicia, el centralismo capitalino planteado desde el gobierno provincial a la hora de pensar y abordar la salud, la educación y el desarrollo productivo en los departamentos geográficamente más distanciados de la capital, e incluso la falta de planificación urbana integradora en las zonas más periféricas de las ciudades.

Y así como la política pareciera no mostrar resultados, la ciudadanía parece no mostrar interés. Pero esa “apatía ciudadana” o desinterés político, es en el fondo la decepción hecha cansancio, decepción devenida en hartazgo y que se ha materializado en la distancia entre los ciudadanos y lo que en algún momento supo ser un servicio a la comunidad: el ejercicio comprometido y responsable de la política. Pero ¿Quién se distanció de quién? ¿Fue el ciudadano respecto de la política? ¿Fueron los funcionarios respecto de los ciudadanos? ¿O incluso, tal vez, los partidos políticos respecto de las demandas de la sociedad?

La crisis de representación política a la que asiste la provincia, se destaca por el modo en que las instituciones partidarias han interpretado primeramente las demandas sociales, y ultimadamente el cansancio ciudadano de pensar que, en la política, “siempre son los mismos” y que, por extensión, es difícil creer que algo pueda cambiar para mejor.

Se desprende en primera instancia, de las estrategias y la convocatoria que los partidos vienen realizando en la búsqueda por atender el pedido ciudadano de renovación, así como también de cercanía, ambos, reclamos que aparecen con más fuerza en cada período electoral.

Las promesas de campaña incumplidas o la dificultad de poder acceder a un funcionario para que escuche reclamos, son algunos de los denominadores comunes que hoy llevaron al electorado de todos los colores a desencantarse de la política.  Y a esta situación de aparente ineficiencia, se suma el escaso compromiso partidario para atender el trasfondo social subyacente al reclamo de renovación y oxigenación dirigencial. Lejos de pensar en una transformación, el proceso de recambio y adaptación partidaria se ha venido agotando en un reemplazo de unos por otros.

¿Lo nuevo?

Como resultado, se vienen “renovando” los nombres, pero no el contenido, las caras, pero no los apellidos e incluso los partidos, pero no sus prácticas. Y en esa línea, se inscribe el desembarco de figuras “nuevas” pero ajenas y en muchos casos, distantes a la política entendida como gestión de lo social, figuras que hoy se encuentran dispersas en cargos ejecutivos y legislativos de los niveles provincial y municipal.

No está demás, pararse a pensar, que fue lo que ocurrió en el devenir de nuestra historia, que se dejó de percibir al ejercicio de la política –sobre todo en el marco de las instituciones-, como una actividad compleja y que por consiguiente requiere formación, capacidad y contenido para ser ejercida con responsabilidad. Y si afilamos la punta un poco más podríamos incluso preguntar ¿Qué es lo que pasa dentro de los bloques, frentes y partidos políticos, que comenzaron a ofrecerle al electorado figuras desprovistas de criterio político, de conocimiento sobre la realidad social e incluso, de respeto por las instituciones?

La función pública entro en un letargo, absorbida por los alardes de “vocación” de un grupo de outsiders –muchos incluso con aires fundacionales- que se presentaron como personas “de bien”, como “ciudadanos comunes”, como “figuras nuevas” y una lista larga de etiquetas funcionales tal vez, para calmar momentáneamente el hartazgo ciudadano, pero sin ningún tipo de contenido o recurso más que “la vocación”.

Como si la vocación por sí misma fuera suficiente para atender una heterogeneidad estructural atravesada de urgencias sobre la cual se asienta nuestra Salta. Así como ninguno de nosotros se dejaría operar por personas que carecen de conocimientos médicos, aun cuando nos dijeran que “tienen mucha vocación y ganas de ayudar” ¿Por qué los partidos políticos, que se dicen comprometidos con la sociedad, convocan a figuras carentes de capacidad y contenido político para que formen parte de instituciones tan importantes que tienen que ver con la gestión y el encauce del destino de los salteños? La vocación, para el ejercicio de cualquier servicio -y fundamentalmente en política- es una condición necesaria pero nunca, suficiente. Se necesita algo más que predisposición, o “ganas de aportar”.

El arrastre crónico de los mismos problemas, los mismos reclamos y las mismas carencias, aún con distintas gestiones en el camino, da cuenta que el recambio que se necesita en el ejercicio político exige una profundidad que hoy pareciera ser, los partidos no están dispuestos a brindar. Pasan las gestiones, cambian a veces los nombres, pero lastimosamente la ilusión ciudadana de “esta vez lograr ser escuchados” va perdiendo fuerza, tendiendo al desencanto y a la inercia de participar cada dos o cuatro años para cumplir con un derecho y una obligación de la que se sienten ajenos. El manejo de lo público en términos partidarios, electorales e institucionales le ha robado al ciudadano la confianza, la esperanza y hasta las ganas de expresarse.

Nos falta calidad política y por extensión, calidad institucional, ambas, carencias que se desprenden en gran medida por “la oferta” que proponen los partidos políticos para las listas cuando buscan sacar ventaja de figuras públicas o mediáticas y cuyo principal –o único- recurso son los miles de seguidores con que cuentan en las redes sociales.

En el mismo sentido, nos falta calidad política por la falta de compromiso y apropiación de la realidad con que estas nuevas figuras se desenvuelven cuando llegan a los cargos y que terminan reduciendo su paso por la función pública a un conjunto de opiniones vertidas en redes sociales desprovistas de cualquier sustento o análisis, maniobras asistencialistas de corto alcance y un bajísimo nivel de intervención desde sus cargos o bancadas. Llegan al cargo y se mantienen en una especie de zona de confort: las redes sociales y la donación esporádica. El ejercicio político ciertamente, es mucho más que eso.

Consecuencias y deudas con la sociedad

La intención con estas líneas, no es cuestionar lo que elige el votante sino señalar las maniobras destructivas e irresponsables que realizan las cúpulas dirigenciales de los diversos partidos políticos cuando convocan a esos outsiders –en su mayoría influencers– y que no son sino personas que carecen de cualquier tipo de formación política, que desconocen los principios y valores democráticos y que no creen en las ideologías políticas o los proyectos políticos. La irresponsabilidad de fondo recae sobre los partidos, cuya razón de ser –al menos en la teoría- encuentra asiento en el compromiso para superar las injusticias, las inequidades, los dolores y las necesidades que inundan las calles y los hogares pero, en el afán del cargo, resignan la calidad política, se despojan del contenido y hasta prescinden de la definición de una causa o un proyecto.

Los partidos políticos se han reducido a simples plataformas electorales, desprendiéndose del compromiso para alimentar la formación de conciencia ciudadana y mejorar y transformar la sociedad. Desprovistos de un marco, una guía o un derrotero claro, definido y compartido, hoy aglutinan figuras sueltas que deciden, hablan o legislan a título personal, que se salen del encuadre colectivo que se supone, significa formar parte de la función pública llegando incluso a la mitad de sus mandatos, a abrirse y formar bloques propios –a mi entender, la máxima expresión del fraude en la representación democrática-. Por consiguiente, hay un exceso de personalización en la política que estos outsiders vienen practicando, creyendo en la prescindencia ciudadana para hacer su trabajo, o desentendiéndose de la complejidad que atraviesa la realidad de la calle.

En algún momento, se ha perdido la sana práctica de dialogar con la sociedad, práctica inherente al ejercicio de la representatividad en democracia. Este quiebre en el vínculo representantes-representados, tiene su máxima expresión en el advenimiento de estas figuras que forman parte de la política, pero se reconocen como “anti-políticos” y que llegan inclusive a considerar innecesario involucrar a los “destinatarios” de las decisiones que toman en del proceso político, envueltos en una mirada verticalista, impune y autoritaria.

La comunicación política es educadora y la falta de conocimiento que ostentan estas figuras nuevas, atenta contra las perspectivas de desarrollo y crecimiento social. Es sumamente perjudicial que manifiesten opiniones sobre temas delicados, sensibles y que desconocen, con total impunidad, legitimando la ignorancia a través de su “cargo”. Vestigios de prácticas políticas ligeras y vacías propias de influencers que están acostumbrados a hablar desde sus redes sociales sin un mínimo de investigación o conocimiento o de figuras con problemas de “autoridad” que se mueven entre el mesianismo discursivo y la apropiación que hacen del cargo que ocupan, pero no de la realidad a la cual se deben.

Falta de empatía social

Para finalizar, detrás de la falta de calidad política en la representación que hoy tenemos en Salta materializada en figuras poco capacitadas para los cargos, se encuentra el modo en que vienen reaccionando tanto las caras nuevas como las que no, un modo que se tiñe de neutralidad o tibieza funcional a sus intenciones de reelección, pero nocivo para la sociedad en su conjunto. El efecto directo de esta falta de involucramiento en los problemas diarios que la sociedad presenta, es el aumento de la violencia y el enfrentamiento interno de la sociedad: cada vez que una demanda no es escuchada, que un reclamo o un corte de calles exige la presencia de los funcionarios y ellos no aparecen, el rebote de dicha ausencia cae de lleno en una bronca por parte de los otros sectores de la sociedad.

¿Cuántas veces se han desacreditado o desmerecido los históricos reclamos salariales de los docentes o el personal de la salud o las manifestaciones de los sectores vulnerables que vienen pidiendo acción por parte del Estado en cualquiera de sus niveles para atender el déficit habitacional? La especulación política de los funcionarios que esperan hasta el final para aparecer en una manifestación, ha llevado a que nos peleemos entre nosotros, a que la ciudadanía como destinataria de las políticas y las decisiones, se fragmente y se enfrente.

La falta de empatía social hoy por hoy deviene del hartazgo que genera convivir con la falta de compromiso de quienes ocupan los cargos, de asumir con resignación que la lucha no siempre encuentra eco en las instituciones para obtener respuestas. La falta de acción política viene suscitando peligrosos niveles de violencia social en los que, ante la mirada pasiva e insultante de los funcionarios, se agreden y se descalifican mutuamente sectores y grupos, peleando la atención de un sector político que trabaja especulando de manera esporádica con sus apariciones, siempre que haya una cámara, claro está.

Los responsables de los niveles de conflictividad social, siempre van a ser los funcionarios públicos, amparados por las instituciones partidarias, ambos, encargados de gestionar y ordenar de alguna manera, las necesidades, las prioridades, y reclamos del conjunto de la ciudadanía. No podemos permitir que la inacción o la distancia política que algunos pretenden tomar desde un cargo público, termine de manera contraproducente afectando nuestra convivencia como ciudadanos. Hay una arritmia política respecto de la urgencia social que esconde pretensiones de reelección y que precisa estar bien con Dios y con el diablo. Hemos naturalizado caminar con la cuerda social en tensión constante, tensión que nace de la especulación política de quienes están preocupados por ganar las elecciones próximas y que finalmente, pasan por su gestión en un estado de campaña constante.

Bajo ningún punto de vista se puede permitir que esta tensión que es además violenta y que surge por la ignorancia o la distancia con que se manejan estas caras nuevas -y no tan nuevas- respecto de las necesidades populares, jugando con el impacto de lo que hacen y lo que no y con lo que dicen y lo que omiten; nos tenga de rehenes en la antesala de cada elección y enfrentados en gestión.

El llamamiento es a los bloques, frentes y partidos, para que dejen de destruir el futuro de la provincia con la improvisación, para que dejen de pensar en la política en términos personalistas, para que vuelvan a dialogar con el pueblo y para que transfieran conocimiento, conciencia y respuestas a la ciudadanía. Porque las gestiones pasan y no nos dejan nada más que bronca, resentimiento y enfrentamiento interno.

La convocatoria es a que inunden Salta de personas comprometidas con algo más que sus candidaturas, que siembren pactos territoriales comprometidos con la transformación en las calles, a que eleven la calidad de las instituciones con política profesionalizada y a que, de una vez por todas, dejen de llenarse los bolsillos especulando con el dolor y las necesidades de los salteños.

 

 

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