A 70 años de aquel recordado 17 de octubre, el historiador Daniel Escotorín reseña un aniversario que supuso la irrupción de un sector desplazado hasta 1945 de la vida política argentina y que dio origen a una fuerza, el justicialismo, que a pesar de la polémica que la atraviesa sigue siendo figura central de la política nacional.

17 de octubre de 2015. Tremenda fecha, insoslayable. Inolvidable. Hace 70 años nacía en una jornada que puso en evidencia la existencia política de un sector social desplazado, marginado y despreciado que entonces tomó literalmente la ciudad de Buenos Aires para horror de sus blancos habitantes, europeizados a base de inmigración masiva, de un puerto cosmopolita, de una cultura exportada desde su arquitectura, sus modas, el arte, su cotidianeidad. Buenos Aires representaba superficialmente el triunfo del ideal sarmientino de la “civilización” sobre la “barbarie”. Sarmiento descansaba en paz, por lo menos hasta esas vísperas. Pero indomables, insurgentes, invencibles tras mil masacres emergieron en la poética descripción de Scalabrini Ortiz: “eran el subsuelo de la Patria sublevado”. El “subsuelo”, lo oculto, lo silencioso, lo explotado, lo ignorado, lo desconocido, pero el que hace temblar la tierra, la superficie y a sus transeúntes seguros de lo cotidiano. Pero como dijo alguien “todo lo material se desvanece”.

Peronismos

Nadie desconoce que el peronismo es una fuerza, una identidad ecléctica, polifacética, adaptable a cada contexto y etapa política. Eso lo convirtió en un espacio apto para oportunistas, arribistas, chantas, burócratas y toda la laya que cualquier sociedad siempre acuna en su seno. Digamos que en esto lo desplazó al radicalismo en tanto dejó de ser una opción de poder durable y confiable. De allí ese resentimiento antiperonista. Pero también el peronismo es la única fuerza que supo dar respuestas a las necesidades (muchas) de las clases populares, que habló el mismo idioma del pueblo, que entendió sus expectativas sociales, culturales. Y el mismo peronismo prohijó a una buena parte de la generación que hizo temblar al poder establecido en la década del setenta, para luego, terror mediante, emerger en los ochenta y noventa como una fuerza domesticada y servil a ese mismo poder. Claro que no llegó al poder prometiendo entrega, pobreza y desocupación, pero fue convalidado por la sociedad en su gran mayoría.

Permanencias

Entonces ¿cómo se explica la permanencia de una fuerza política que sigue generando pasiones a favor como en contra? Desarrollamos tres hipótesis sobre la duración del peronismo como fuerza política, como identidad popular y proyecto contrahegemónico.

En primer lugar comenzaremos con lo obvio: no existe, no surgió en toda esta etapa histórica, una fuerza, movimiento o partido que haya sido capaz de igualar, menos superar a los logros de los sucesivos gobiernos peronistas. Tomando como referencia la transformación social de los dos primeros gobiernos, desde allí se sobrevinieron otros nunca mejores pero sus sucesores (dictaduras militares, Frondizi, Alfonsín, De la Rúa) no tuvieron ni la voluntad ni la capacidad de tomar y continuar para luego superar los logros de los gobiernos peronistas. Pensemos la oportunidad histórica de la Alianza sucesora de la nefasta década menemista. Se pensaba que nada podía ser peor y sin embargo (robando la consigna menemista) el radicalismo lo hizo. Desde la izquierda, algo similar ya que navegó entre el antiperonismo sarmientino (con fundamento marxista) y el dolor de ya no ser la representación de la clase obrera. Para peor en los setenta y ochenta en varios casos terminaron apoyando al sector más reaccionario del peronismo mientras otros permanecían y permanecen en una postura vanguardista y de elite esclarecida a la espera de una hecatombe política que cuando llegó no supieron aprovecharla.

Segunda hipótesis: dado lo primero, surge entonces la fuerza del mito. Concepto mariateguiano (José Carlos Mariátegui, intelectual, político y revolucionario peruano) que escapando al racionalismo marxista ortodoxo incorpora elementos de la cultura popular (no racionales) en la construcción de su identidad política (contra hegemónica, revolucionaria). El mito entonces se expresa como fuente de inspiración, génesis de un discurso que construye conciencia, en ese mito la religiosidad, la Fe, ocupa un lugar central. Ahora bien, el peronismo se ubica en el espacio ideal del mito: dada la primera hipótesis, sus fundamentos, su historia se reconvierte, se mitifica, alcanza grados insospechables de magnitud en la memoria popular, claro que alimentados por un aparato cultural, mediático, educativo oficial altamente organizado. Pero no es esta la causa central. Finalmente las clases populares, subalternas vuelven a un espacio propio que les da voz y presta oído, en tanto perciben el oportunismo y el rechazo de aquellos que periódicamente se acercan a ellos en la única búsqueda de votos. Una cuestión interesante de esta etapa es la incorporación al mito fundante del mito setentista, logrando así sumar tantos más adherentes como enemigos. La dicotomía populista.

La tercera hipótesis se basa ya en los sujetos identificados con el peronismo: la cultura política como factor social de construcción de identidades y formas de representación. Centrándonos en los sectores populares vemos como una línea o conducta histórica los recorre en su identidad y elección. Desde la conquista, pasando por la emancipación, la organización nacional, las construcciones eclécticas recorren nuestra historia de manera lógica: somos el resultado de confluencias (violentas por otro lado) de identidades étnicas, religiosas, culturales distintas; confluencias desiguales impuestas sobre la base de la dominación, la explotación, la resistencia. Tupac Amarú, Güemes, Artigas, Dorrego, Rosas, el Chacho Peñaloza, Yrigoyen forman parte de esa cultura política basada en liderazgos personales, caudillos. Bien lo expresaba Jauretche cuando definió al caudillo como “el sindicato de los gauchos”. Así lo que expresa el peronismo es en su base plebeya el cuestionamiento a la democracia liberal burguesa, constreñida. Entonces el peronismo no es un hecho anómalo en la historia, es la normalidad, y aun en sus elementos negativos sigue siendo el espacio donde el pueblo cuestiona al poder establecido, donde el pueblo construye sus propias formas de participación (aunque no les guste ni a ciertas izquierdas y muchas derechas). Proyectado esto hacia el resto de la sociedad, los políticos y partidos que representan a la clase media ¿no reproducen el formato “populista” clásico que tanto denuncian? Pensemos en el discurso y acción de Macri, Carrió, Massa. La clase media abusando de su hegemonía cultural tiene la mala costumbre de mirar la paja en el ojo ajeno y no la enorme viga en el propio.

Setenta años de peronismos, setenta años de identidad popular. ¿Cuántos más? Seguro que muchos más, en tanto sea la voluntad consciente de millones personas llamadas cabecitas negras, descamisados, negros, gauchos, laburantes, trabajadores, obreros, villeros, pobres, grasitas pero que son (somos) el subsuelo que sigue haciendo temblar al país.