El juicio a José Figueroa alias “Jota” volvió a convalidar el estigma que pesa sobre la sociedad salteña, a quien le resulta un orgullo más que una herida identitaria, ser conservadora, cerrada y anacrónica. Aunque esta vez se sumó silenciosamente a la pacatería tan resistida por el activismo feminista el circulo femenino local de la muerta y la propia “marea verde” en todas sus versiones. Mercedes ganó, en soledad, gracias a una Fiscala aplicada y feroz que no la conoció en vida. Obtuvo justicia a pesar de un entorno social que no estuvo a la altura de su vida y un feminismo, final, que no está a la altura de su muerte.
Opinión por Mariela Barraza.Comunicadora feminista
Es la jornada de alegatos finales por el crimen de Mercedes Kvedara y pesa una convocatoria pública para acercarle apoyo presencial ante la sarta interminable de consideraciones patriarcales y machistas que profiere el abogado de la defensa, Juan Casabella Dávalos. En algún tramo del juicio deslizó que no recordaba haberse capacitado en Ley Micaela (Ley 27499) que es casualmente quien les pone un coto jurídico a las prácticas de mentalidad machista.
Hacían falta, como nunca, la arenga de #NosVemosEnLaCalle y el grito violáceo de las consignas feministas que internalizamos como mantras, #YoTeCreo, #NoEstásSola o #TocanAUnaYNosTocanATodas. Mercedes fue una víctima más de violencia machista que murió en manos de su pareja en forma cruel y despiadada. El próximo 8M estará estampada en la remera o pancarta de alguna militante. Es un dato más para la estadística de, cada cuántas horas muere una mina y deja tres niños pequeños, huérfanos.
Sin embargo, adolece de requisitos esenciales para la consideración societética salteña: Mercedes tenía plata y era snob. Una suerte de nueva condición social deformada desde el colonialismo del Siglo 18 que requería para la clase dominante blancura, apellido y riqueza.
Su aspecto y sus condiciones materiales no le alcanzaron para la sororidad del feminismo local Y para las suyas, las rubias, era la desobediente esposa, infiel y «mandonita», del reconocido abogado y cuasi propietario del barrio cerrado, en un sentido amplio, El Tipal.
La subse y las rubias
Terminó siendo una bendición involuntaria para la causa feminista la ausencia, de tweets / reels, de la flamante subsecretaria de Mujeres de la Provincia de Salta, Julieta Valencia, un adefesio ideológico que se debatió pesudamente entre asumir en esa Secretaría, tan cara al sentimiento de las mujeres, ser vocera oficial o coordinadora de cursos de ikebana. En términos vulgares, cualquier bondi la dejaba en el Grand Bourg. La sola idea de que Valencia se solidarizara con un femicidio, desde la cocina de su casa con un oufit de cumbianchera, tal como lo hiciera para el 8M, nos causa vergüenza. Evidentemente el común denominador de Casabella Dávalos, su colaboradora Gabriela Martínez y la subsecretaria del área, Valencia Donat, es la distancia mental hasta la perspectiva de género.
En algún momento de las alocuciones legales, temimos, que legaran a justificar las actitudes que ejercía el machirulo de Figueroa por no haberle servido la comida caliente. La peor parte fue cuando una fila de mujeres daba fe de la cantidad de virtudes que tenía el femicida mientras escrutaban en la vida de Mercedes como si la estuviesen juzgando en ausencia. En su mundo los cuernos se llevan brillantes como coronas, no se ponen. Son patrimonio exclusivo de los hombres, que, bajo la forma de maridos o espónsores, les garantizan una vida holgada de viajes, shopping, y mansedumbre.
En cambio, su querella, a cargo del abogado Jorge Ovejero no tuvo tanta suerte. No pudo conseguir tantas testigas de cargo que destacaran cómo padecía Mercedes el control y la voracidad por la guita de su “proveedor”, muy propio de ese perfil. La gran cantidad de sus amigas y allegadas convocadas le esquivaron al testimonio por el peso de la mirada ajena o el emparentamiento social de los respectivos maridos que conocen al reo de otros ámbitos. Qué se van a meter en eso! No queda bien…
De ahí resultó que el bueno de Jota era lo más parecido a la reencarnación de Teresa de Calcuta mientras que a ella le cabían todos y cada uno de los consabidos estereotipos de género tales como que “tenía más tiempo porque no trabajaba”. La pobre mujer criaba tres criaturas pequeñas y estudiaba y bien merecía la muerte porque le pedía al marido que colabore con el cambiado de pañales.

Militantes de salón
Ni las mujeres agrupadas en diferentes luchas y colectivos tales como Asamblea Trasnlevofeministas, Multisectorial de Mujeres, Mumalá, Pan y Rosas, Cristina Libre, Comunicadoras Feministas, Católicas por el derecho a elegir, Ramas Femeninas de diferentes partidos y mucho menos las nucleadas en organismos estatales como el Observatorio de Violencia contra las mujeres o el intercultural, se hicieron presentes en el “aguante” a Mercedes Kvedaras convocado por redes sociales y mensajes durante los alegatos que determinarían la situación penal de su asesino, José Figueroa. La suma de excusas como el horario, el laburo, los chicos, y el silencio a escala del Colectivo en cuestión no alcanzan para justificar tamaño desaire a una víctima de femicidio como fue Mercedes Kvedaras.
Algunas que otras mujeres que fueran referentes feministas durante alguna campaña, viraron desde su contenido de lucha y convicción a la insulsa selfie diaria bien cuidada en redes sociales destacando un merchandising de remeras, gorras y sonrisas tiesas. Ni feministas flácidas o radicalizadas que se institucionalizaron en el movimiento local a pesar de sus métodos y las alas político-partidarias que aglutinan mujeres tampoco fueron de la partida.
Mercedes no logró convocar adhesión, ni entre los colectivos feministas ni entre las «cholas» que se sintieran seducidas a poner el cuerpo en un evento crucial para las mujeres: la dicotomía entre las categorías legales de emoción violenta o femicidio. En mitad de la mañana, unas sentidas palabras alusivas a Mercedes se viralizaban en los teléfonos. Cuestionan su vida para justificar su muerte, escribía Santiago Mendieta. Un varón.
De ahí que la única aliada de Mercedes Kvedaras, paradójicamente, terminó siendo la fiscala Luján Sodero Calvet. Intensa, precisa y sin desbordes emocionales ordinarios la mujer enumeró en detalle y durante horas pruebas, mientras diseccionó los testimonios del club de amigos de Jota que ocupaba gran parte de las sillas de la Sala. Se debe llamar capacidad técnica, pero en nuestro idioma se llama sororidad.
Afuera, del lado de las flores que pusieron en las rejas del ingreso a Ciudad Judicial, estaban los dedos de una sola mano de militantes feministas, entre las que destacaba Victoria Liendro, una de sus valientes testigas, Carolina Wayar aparte de un par de amigas, de esas que hay que tener en la vida, y Mercedes las tuvo.
Ese manojo escueto e improvisado de mujeres se abrazaron victoriosas cuando escucharon que su abogado, Jorge Ovejero, arrancaba su alocución afirmando #MercedesNoFueTuCulpa.

Je suis Mercedes
Por Santiago Mendieta
Escribir «Je suis Mercedes» no es solo un acto de solidaridad, es un grito de resistencia frente a una sociedad que todavía se atreve a preguntar qué hizo ella para «provocar» su propio final. Ser Mercedes es llevar en el bolsillo una lista de deseos truncos; es haber sentido el pánico temblando en los huesos y, aun así, haber intentado apostar por la paz. El 4 de agosto de 2023, cuando la asfixiaron, le robaron todo. Todo lo que fue: mujer, estudiante, hija, trabajadora, madre… Y todo lo que pudo haber sido: una mujer plena, dueña de su carrera y, sobre todo, de su libertad.
Je suis Mercedes porque su tragedia es la de todas las mujeres a las que se les exige una perfección imposible para ser consideradas víctimas legítimas. Mientras los tribunales debaten sobre «diques rotos» y «fracturas psíquicas», nosotros recordamos que Mercedes no fue un «disparador» emocional, sino una mujer que buscaba graduarse, amar y ver a sus hijos crecer en libertad. Si la de Mercedes no es causa común, se habrá probado que un hombre puede hacer cualquier cosa contra una mujer, sin que nada pase.
Como bien advirtió Jorge Luis Borges, “Nadie es la patria, porque todos la somos”. De la misma manera, nadie dejará de pedir Justicia por Mercedes si todos somos Mercedes. Cuestionar su vida para justificar su muerte es asesinarla de nuevo. Por eso, hoy todos somos ese sticker pegado en el celular, ese anhelo de una vida nueva que ninguna mano soberbia tiene derecho a sofocar.
Je suis Mercedes, porque el silencio de El Tipal ya no nos pertenece; hoy su nombre es bandera de justicia y libertad. Por todo esto: Je suis Mercdes.





