POR ALEJANDRO SARAVIA


Y sí, es lo que hay, con los mismos ingredientes con que se creó ese dicho que mixtura resignación y una cierta dosis de desconfianza frente a lo que ofrece una realidad bastante mezquina. Y, ¿qué es lo que ésta, la realidad, ofrece? Pues, un tuitero y panelista como presidente respecto del que cuesta aún hoy, a dos meses y chirola después, verlo como tal, es decir, como presidente. Dicen que es medio loco, hasta un libro biográfico se titula precisamente así: “El loco”. En una de esas, como decía alguien, se hace el loco para pasarla mejor. Pero simulada o no esa locura la cuestión es que dice, en serio, que sus asesores son sus perros, uno de ellos, para peor, muerto. Éste, el muerto, Conan, su asesor principal, es el que sirvió de base para clonarlos a los otros, a los vivos. Cuatro vivos y un muerto son los que lo asesoran. Muy normal no parece la cosa. Aún así, en su rol de tuitero es el más seguido a nivel mundial después de Trump y de Biden. Después de ellos viene nuestro tuitero, a la sazón presidente de la República, y lo antecede a Putin y a Volodomir Zelenski. Casi nada.


Y, de frente al tuitero, una realidad política que ofrece, por un lado, una runfla de forajidos que es la que nos trajo hasta aquí después de 20 años que les llevó fundir a este bendito y generoso país, que pintaba para otra cosa. La jefa de la runfla todavía insiste en decir que todo se resuelve emitiendo papelitos de colores; que estos papelitos emitidos sin límite no son inflacionarios; y que la historia ya la absolvió y le tiene reservado un lugar equivalente al de San Martín porque ella, en otro tiempo, hubiese sido la amante de Belgrano. La verdad es que a su lado, el loco que tenemos ahora no desentona mucho.


Integrando esa runfla, el ex presidente Alberto Fernández, exiliado ya en España por propia voluntad y por las dudas, con sus ahorros se compró en Madrid una SUV Mercedes Benz y se alquiló un piso en el barrio más costoso de esa linda ciudad, el barrio de Salamanca, rodeado de jardines y de embajadas ¿Se dan cuenta de la generosidad de este país? ¿A ningún fiscal, aún, se le ocurrió promover una acción penal por enriquecimiento ilícito, figura creada por Illía en 1964, que tiene la particularidad de que el funcionario o ex funcionario es el que tiene que probar que las manifestaciones de riqueza tienen origen lícito? El tipo, con su querida Fabiola y Francisquito, se da la gran vida con sus “insospechados” ahorros, en la España gobernada, por ahora, por su amigo Pedro Sánchez.
El otro integrante principal de la runfla, el inefable “ventajita” Sergio Massa, candidato perdidoso en el balotaje con el actual y tuitero presidente, es, paradójicamente, el creador de esta singular figura. Como se dio cuenta de que fabricando un “liberal” más ruidoso que los “prolijitos” de Macri y Bullrich, los votos de la derecha se iban a dividir y el ganancioso iba a ser él. Pero el “ruidoso” hizo tanto ruido que no sólo se fueron tras él los votos de la supuesta derecha sino que se fueron tras el invento también “los villeros” y “planeros” que supuestamente estaban ya inventariados por el entonces oficialismo, pero que en realidad estaban ya hartos de ser utilizados como carne de cañón. La cuestión es que lo votaron al “ruidoso” porque precisamente hacía más ruido y prometía romper todo. Y así fue, ganó el ruidoso y tuitero pero, hombre agradecido, putea sin filtro a todo el mundo menos a aquellos que le sirvieron la presidencia en bandeja: Ventajita y ella, la amante de Belgrano.


¿Qué hacer ahora en esta situación? Pues, lo que nuestras abuelas siempre recomendaban: hacer de la necesidad virtud. De eso se trata. Primero, tomar debida conciencia de dónde y cómo estamos. Luego, el por qué llegamos acá. ¿Recuerdan cuando se hablaba de la necesidad de hacer “sintonía fina” allá en los comienzos del segundo gobierno del kirchnerato? Bueno, no se hizo sino que se profundizó el quilombo. Eso nos trajo adonde estamos. Macri no se animó a ordenar el desorden, es decir “sintonizar finamente”, sino que el desorden lo arrastró a él y a su gobierno. ¿Qué, entonces, mejor que un loco para acomodar las cosas? Los cuerdos no se animaron y tampoco convencieron. Entonces, un loco.


Lo que hay que hacer, y se está haciendo, es lo que se llama, con el perdón de la palabra, “un ajuste”. Un ajuste no es sólo acomodar las cosas, por el contrario. El ajuste es desarmar el desorden a que nos había llevado la irresponsabilidad de los que nos trajeron hasta acá y, una vez desarmado ese desorden, hay que armar un orden nuevo. Pero para ese armado, no nos sirve el loco por la sencilla razón de que como él mismo se autodenomina “liberal-libertario”, “anarco-capitalista”, por definición no cree en un orden. Piensa que el mercado es el ordenador natural, pero eso es sólo en los libros libertarios porque en realidad se necesita un instrumento ordenador eficiente y eficaz. Como denosta el rol del Estado, en su condición de anarquista, nos mete en el segundo acto de este drama en un callejón sin salida. Hablamos, obviamente, de un Estado en serio, no de la cueva de Alí Babá que armaron los que se fueron.


Le diría, en conclusión, a todo el espectro político lo siguiente: como a un buen loco a éste hay que correrlo para el lugar que dispara. Eso sí, sin sumarse a la locura y poniendo ciertos límites. Una vez hecha su tarea, que es la de desarmar este quilombo que nos dejaron los compañeros, hay que armar un nuevo orden. Pero para eso, muchachos, hay que prepararse, hay que dejar de improvisar. Leer la Constitución y el Código Penal. Hay que pensar, estudiar, recorrer el interior del país, que es el productivo, y absolutamente diferente al del AMBA. Mirar poco los medios nacionales que son una bazofia y, como dice el loco, son seguidores de pautas y negocios amañados. Y, fundamentalmente, seguir haciendo los que nos decían nuestras abuelas: “hacer de la necesidad, virtud”. Las viejas eran sabias…