Hace algunos años, alguien me preguntó acerca de los textos que más me impresionaron e influenciaron para desarrollar mis consideraciones sobre política. Contesté que el libro que más me afectó fue Los Elementos de Euclides.

Una vez que descifré el contenido y la intención de ese tratado matemático y geométrico se me abrió un mundo de posibilidades para mi capacidad de análisis. A partir de ahí, me sumergí en el mundo de la geometría y empecé, en él, a reconocer ideas y métodos que fueron moldeando las  conductas humanas a través del tiempo. Ideas, estas, que sospeché ocultas  por alguna razón hermética o por el desgaste que produce el tiempo -y algunos intereses- en las valoraciones. En las figuras encontré nociones y en los cuerpos comprendí su función y acción. No tardé demasiado en saltar a la física y husmear las propiedades de la materia y la energía. Para todo lo anteriormente aprendido me procuré el olvido y desvanecí  todos los preconceptos, entonces, me  lancé a la aventura de entender sin textos tutoriales e intenté construir un pensamiento propio que, debo confesar, me ha generado un tránsito amargo pero altamente fértil a la prosperidad filosófica. Mi hallazgo capital fue concluir en que las nociones son transdisciplinarias. Intentaré economizar palabras y centrarme en la idea de manera muy básica para explicar la figura que armó mi primera reflexión en el estudio de los comportamientos políticos elementales de la sociedad.

La simetría axial y radial nos abre camino  a las fuerzas del mismo nombre. Imaginemos una cruz simétrica tridimensional en el espacio y démosle una denominación a cada  barra. La vertical (árbol) es el poder y la horizontal (travesaño) es la organización. Estos ejes que se cruzan conformarán, para empezar, la estructura política para desarrollar el análisis.  Cuando hablamos de política nos referimos a la administración de una sociedad, la administración de las condiciones para la convivencia y el  abasto de sus necesidades básicas; en un intento por justificar la anomalía de la ventaja – fuerza desmedida- por sobre el equilibrio, se incorporó a “la lucha por el poder” como un componente relevante. Para el ciudadano promedio hablar de política es hablar de esa disputa por el poder, la conspiración y la lógica hegeliana del reconocimiento del esclavo al amo. Obviamente, lo hace sin saber. Es importante decir que el poder es la facultad de hacer algo sin impedimentos; el poder es una ideología que no contempla en su concepción la distribución de fuerzas a la totalidad sino que las concentra en una parte. Dos formas existen de  ejercer el poder: la coerción o el consenso inducido. Otro error común es tomar por sinónimos al poder y el liderazgo. El liderazgo es natural al igual que la organización; en este caso, el consenso tiene sentido. El liderazgo surge de la organización y viceversa. Aquí nos referimos al eje transversal, el de la organización, vector que usamos para graficar la dirección de la fuerza que se transformará en un cuerpo, más adelante.  No se puede liderar el caos y la organización no tiene destino sin conducción. La conducción es la administración de la dinámica organizativa.

Ahora, volvamos a la cruz tridimensional. Envolvámosla  en una esfera; ese es el campo político y no es otra cosa que la totalidad de la sociedad. Acto seguido, desde su núcleo,  visualice una multitud de radios que conformaran la totalidad de la masa- reemplazando al eje horizontal que usamos de guía-  y al eje central, que concentra la fuerza del movimiento, vacíelo y ya no lo llame poder sino gobierno o liderazgo. Esa  fuerza concéntrica  mantiene la unidad en función de la totalidad – cuya fuerza es excéntrica y distributiva- y en ese equilibrio está la finalidad de la política: la organización de las ideas y las actividades de una sociedad para su usufructo con un centro que gobierna y administra conductas  con un límite rector y contenedor que podemos identificar como la constitución de leyes del estado que es resultante del consenso. El centro que es un punto y un vacío, a la vez, posibilita el movimiento. Lo central es la nada y de esa nada surge el todo. Si llenamos ese vacío con la creencia  del poder vamos a invertir todas las fuerzas radiales, devolviéndolas al núcleo, generando inacción y densidad, lo que nos lleva a la destrucción del sistema y la fragmentación del tejido.

Ya que estamos en el eje del gobierno, de cuyo punto central surgen la multitud de radios que hacen a la masa de la esfera, digamos que el poder es ajeno a la naturaleza política, por tanto, es un punto ajeno a la línea que constituye el eje axial. Entonces, según el axioma de playfair, que se puede usar en lugar del quinto postulado de Euclides: “Dada una línea y un punto que no está en ella,  por ese punto pasa una línea paralela a la primera”. Ese es el poder, una línea de conducción ligeramente corrida del centro (cuerda) y corruptora del movimiento y las de fuerzas que mantienen el equilibrio; la existencia de esa paralela, también, desnaturaliza al eje original convirtiéndolo en la línea que surge de un punto ajeno a la segunda. La idea de las paralelas, por otro lado, cuando son rectas iguales y equidistantes nos recuerdan a la idea del bipartidismo, a la derecha y la izquierda y a toda división aparentemente simétrica de fuerzas opuestas que, a su vez, contiene, en cada parte, una fuerza divisora que ejecuta antagonismos internos menores, dispersora de vínculos, que obstaculiza nexos y genera convencionalismos  improductivos generadores de consensos raquíticos. Si usted quiere profundizar su entendimiento del poder lea a Michell Foucault pero si le resulta arduo, lea a William Shakespeare para entender el nefasto ritual del ejercicio del poder o ventaja absoluta. Bueno, ahora relájese y salga a  caminar sin rumbo durante un tiempo tomando conciencia de sus ejes (longitudinal, antero-posterior y transversal)  y, también,  en sus planos (sagital, frontal y transversal),  asuma que fue engañado por el mercado y dispóngase a madurar políticamente, usted es parte de esto aunque le digan lo contrario. Abandone   esa sucia costumbre de asumir ideas que no son de su conveniencia; evite  dominar y aceptar la sumisión como forma de vida e intente volver a vincularse sanamente con el resto de la gente ¡eso es hacer política!… aunque usted no lo crea. Las nociones son transdisciplinarias, si usted hace bien algunas cosas puede llegar a hacerlas bien todas.

 

 

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