El expediente por el femicidio de Jimena Salas volvió a sacudir el tablero judicial, otra vez, a pocas horas de iniciarse —por fin— un juicio que prometía sacar del limbo ocho años de frustración, silencio y dolor. Este lunes, Javier Nicolás Saavedra, imputado como autor material del crimen y figura central en la acusación, fue hallado muerto en el baño de la Alcaidía de Ciudad Judicial. Se habría quitado la vida. Mañana, 16 de septiembre, debía comenzar el debate oral. No habrá juicio. No habrá respuestas. Y dos niñas seguirán esperando justicia por su mamá.

El Poder Judicial había programado un proceso ordenado, con tribunal colegiado integrado por los jueces José Luis Riera, Mónica Faber y Maximiliano Troyano. La acusación estaría a cargo de la Unidad Fiscal Especial conformada por Mónica Poma, Gabriel González y Leandro Flores. La defensa, a cargo de Marcelo Arancibia. El esquema incluía, además, una querella representando a la familia Salas, y una causa acumulada que sumaba otra acusación a Saavedra: tentativa de homicidio calificado contra Ariel Guantay, chofer de una camioneta del CIF, a quien el imputado habría intentado matar durante un traslado en 2022.

El cronograma judicial era ambicioso: septiembre, octubre, testigos, pruebas genéticas, testimonios clave. Todo eso, hoy, quedó en suspenso. O peor: se volvió a deshilachar. El inicio previsto originalmente para el 1º de septiembre ya se había postergado por un pedido de la defensa. Se reprogramó para el 16. Pero ahora, con la muerte del principal acusado, el proceso se fragmenta otra vez. En lenguaje técnico, se “aplaza”. En lenguaje humano, se repite lo que más duele: otra vez. Y cada “otra vez” se vuelve una piedra más sobre la espalda de quienes aún esperan justicia.

La noticia es brutal y precisa: Javier Nicolás Saavedra fue encontrado sin vida en la Alcaidía. Nada lo anticipaba. Todo estaba listo. Hasta que dejó de estarlo.

No es la primera vez que el nombre de Saavedra lleva esta causa al borde del abismo. En septiembre de 2022 protagonizó un intento de atentado en plena ruta: esposado en la parte trasera de una camioneta del CIF, intentó arrebatarle el control del volante al conductor y chocar contra un camión. No lo logró, pero sumó otro expediente penal. Hoy, tampoco llegó al juicio.

Jimena Beatriz Salas fue asesinada el 27 de enero de 2017 en su casa del barrio San Nicolás, en Vaqueros. La escena fue escalofriante: múltiples puñaladas, sangre por todas partes, sus dos hijas pequeñas encerradas en el baño. Un crimen con saña, que conmovió a toda la provincia.

En 2021 se realizó un primer juicio: fueron absueltos Nicolás Cajal Gauffín, viudo de la víctima, y Sergio Vargas, vendedor ambulante. La Justicia, con el “beneficio de la duda”, los dejó ir. El proceso naufragó entre imprecisiones, pruebas débiles y omisiones. Esa etapa dejó más preguntas que certezas.

Este segundo juicio llegaba con una arquitectura más sólida. Acusaciones más severas, pruebas más robustas, y una narrativa clara: los hermanos Saavedra habrían actuado en conjunto para cometer el crimen. La hipótesis de la Fiscalía y la querella era contundente: Javier Nicolás Saavedra había ingresado a la casa de Jimena usando como señuelo una caniche, valiéndose de la empatía de la víctima con los animales.

Un perfil genético hallado en la escena coincidía con el ADN de Javier Saavedra. Una foto tomada por Jimena antes de ser asesinada mostraba a un hombre con un perro. Y había otros indicios.

Pero no habrá contrainterrogatorio. No habrá peritos explicando detalles bajo juramento. No habrá sentencia. La muerte del imputado central clausura una parte crucial de la verdad que debía construirse en el juicio oral, en ese espacio donde la justicia se pone a prueba. Lo que queda es un expediente que deberá reconfigurarse con los otros dos imputados aún en pie, y un duelo judicial —y social— que sigue abierto.

El femicidio de Jimena Salas envejece sin justicia. Ocho años después, con dos intentos fallidos de llegar a la verdad—uno por absoluciones sin pruebas firmes, otro por el suicidio repentino del principal acusado—, Salta sigue mirando hacia atrás, atrapada en el mismo dolor, en la misma pregunta sin respuesta: ¿Quién mató a Jimena? ¿Y por qué?

Mientras tanto, dos niñas siguen creciendo sin su madre, y sin justicia. En una provincia que prometió no olvidar. Hoy, más que nunca, esa frase se vuelve un grito: Jimena Salas, ¿no será justicia?