En un giro sorpresivo que parece más propio de una trama política que de una decisión fundada en la salud pública, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, ha decidido eliminar el REPROCANN, el registro de usuarios de cannabis medicinal. Un acto que, según sus palabras, busca “corregir el descontrol” del sistema, pero que en realidad condena a más de 300,000 personas a perder el acceso a un tratamiento que, para muchos, representa su última esperanza.
El anuncio de Patricia Bullrich de dar de baja los permisos de acceso al cannabis medicinal a través del REPROCANN es una movida que ha dejado atónitos a los sectores más comprometidos con la causa. Asegura que el programa sufre un “descontrol total y absoluto” y que la inscripción de más de 300,000 usuarios y 30,000 cultivadores habilitados ha sido el germen de un caos que, al parecer, no tiene solución más que su eliminación directa. ¿La solución? Anular todo y empezar de cero. Tal parece que en el universo libertario el borrón y cuenta nueva, en cualquier área del gobierno, es siempre la medida más efectiva.
Pero lo que no menciona la ministra es que esta supuesta “desviación” podría haberse corregido mediante regulaciones más estrictas, mayor control o incluso una mejor estructura administrativa. Sin embargo, parece que la opción más fácil es simplemente cerrar los ojos y eliminar la posibilidad de acceso al tratamiento para quienes, según médicos y pacientes, se han visto beneficiados por el cannabis medicinal. ¿Descontrol? O tal vez simplemente una oportunidad para reconfigurar el sistema bajo una lógica más autoritaria, que no permite lugar para la pluralidad de opciones terapéuticas.
Criminalización disfrazada de orden
El mayor riesgo de esta medida no es solo la eliminación del REPROCANN, sino lo que implica: la potencial criminalización de quienes, al no contar con el acceso a la planta de manera legal, recurrirán a la autogestión del cultivo o la compra en mercados informales. Aparentemente, Bullrich tiene una concepción de la seguridad pública que no contempla ni por asomo las libertades individuales, sino más bien el castigo a quienes, de manera responsable y bajo prescripción médica, cultivan para su propio consumo terapéutico.
La advertencia de expertos y defensores de los derechos humanos es clara: esta medida abre la puerta a la persecución de miles de personas que, lejos de representar una amenaza para la sociedad, simplemente luchan por su bienestar. La ministra no parece reparar en las consecuencias de su decisión, que podría llevar a que pacientes con graves condiciones de salud se enfrenten a situaciones legales complejas, como si el hecho de cultivar una planta medicinal fuera un crimen de alta peligrosidad. Si esto no es retroceder, ¿qué lo es?
Pacientes vulnerables
Lo más indignante de esta maniobra política es el precio que tendrán que pagar los pacientes. Muchos de los que dependen del cannabis para controlar enfermedades crónicas o raras, que no tienen otros recursos a su alcance, se verán despojados de un tratamiento crucial. Esta medida no solo carece de humanidad, sino que es una bofetada a aquellos que ya luchan con lo que les toca, que no tienen más alternativa que recurrir a lo que consideran su última oportunidad para llevar una vida más digna.
El cannabis medicinal ha sido para muchos un salvavidas, y ahora, de un plumazo, la doctrina Bullrich decide cortar ese lazo. Y lo más irónico de todo es que la ministra pretende justificar esta acción sin un análisis serio o un plan alternativo. En lugar de asegurar un acceso más seguro, regulado y transparente, se opta por la vía fácil: hacer desaparecer lo que no encaja en su visión del orden. Como si la salud de miles de personas fuera un simple detalle administrativo.
Políticas de la ignorancia
Es alarmante que una medida tan trascendental se base en un supuesto descontrol sin mayor evidencia empírica ni científica. Las críticas a la falta de un enfoque serio y documentado se hacen inevitables: ¿dónde está el análisis real sobre los efectos de esta política en la salud pública? ¿Dónde está el respaldo de los expertos en cannabis medicinal? En lugar de escuchar a los profesionales, Bullrich parece más interesada en poner parches superficiales sin considerar las repercusiones a largo plazo. Lo que se necesita es un sistema que garantice calidad, seguridad y acceso, no un ataque indiscriminado a un colectivo que, por motivos médicos, debe recurrir a esta opción terapéutica.
La ministra, lejos de enfocarse en la evidencia científica, se dedica a dictar decretos sin considerar la cantidad de investigaciones que afirman la efectividad del cannabis en tratamientos de epilepsias, esclerosis múltiple y otras patologías graves. No solo parece no entender el asunto, sino que además avanza con una solución que se basa en la desinformación y el desconocimiento de un tema que, claramente, es mucho más complejo de lo que su enfoque superficial sugiere.
La eliminación del REPROCANN no solo es una decisión irresponsable, sino también una flagrante violación de los derechos fundamentales de los pacientes. El cannabis medicinal es una herramienta terapéutica que ha mejorado la calidad de vida de miles de personas, y ahora se les está arrebantando esa posibilidad con una resolución administrativa que carece de base lógica o médica.
No hay justificación posible para esta medida, que no resuelve los problemas reales, sino que los agrava, mientras deja a los pacientes más vulnerables en la cuerda floja. Este es el verdadero “avance” que promueve la ministra Bullrich: un retroceso en los derechos humanos, una toma de decisiones autoritaria y una muestra de cómo la política de la ignorancia puede ser peligrosa cuando se juega con la vida de las personas.
El cáñamo: La gran industria desaprovechada

A contramano de lo que ocurre en Argentina, en el mundo la industria del cáñamo está experimentando un renacimiento, gracias a sus múltiples beneficios medioambientales y sus aplicaciones en diversos sectores. Este cultivo, que requiere pocos pesticidas y crece rápidamente, es una fuente renovable para productos como bioplásticos, textiles, alimentos, cosméticos, y materiales de construcción. Además, el cáñamo es reconocido por su capacidad para mejorar la calidad del suelo, contribuyendo a la sostenibilidad agrícola.
Un ejemplo emblemático de la innovación con cáñamo fue el auto diseñado por Henry Ford en la década de 1940. Este vehículo, conocido como “Hemp Car”, fue fabricado con un plástico derivado del cáñamo, la soja y otras fibras vegetales. El coche era notablemente liviano, pesando solo 900 kilos, aproximadamente la mitad que los autos tradicionales de la época. Además, sus paneles de plástico eran tan resistentes que Ford demostró su durabilidad al golpearlo con un hacha sin causar daño. Este proyecto pionero no solo era una muestra de la resistencia del cáñamo como material, sino también de su potencial como alternativa ecológica al acero, un recurso escaso durante la Segunda Guerra Mundial.
El “Hemp Car” subraya el impacto potencial del cáñamo en la industria automotriz y en otros campos. Su uso podría reducir la huella de carbono de los productos manufacturados, promoviendo soluciones más verdes y sostenibles.




