Entre jumpers y batallas culturales: Cruzada moral de la «Manaos» Orozco

 

Su última semana de gestión ha sido, por decir lo menos, una clase magistral de cómo correr el límite de lo digerible manifestándose para la tribuna por el Ni Una Menos pero invitando a Salta a un “cineasta” que justifica la violencia machista.

 

Doña Lita

 

En su incansable cruzada por dar la “batalla cultural desde el norte argentino”, la legisladora libertaria ha logrado edificar una agenda estética y moral para la tribuna y las redes, por el contrario, su agenda legislativa solo se basa en defender las ideas de la libertad avanza pero de proyectos serios ni hablar. Su última semana de gestión ha sido, por decir lo menos, una clase magistral de cómo correr el límite de lo digerible.

Hace apenas unos días, con la épica propia de quien recibe a un prócer de la libertad, «Manaos» Orozco usaba sus redes sociales para inflar el pecho y agradecer la visita a Salta del cineasta Diego Recalde. Lo bendijo como a un “incondicional de la causa”, un valiente dispuesto a plantarle cara a “los mismos de siempre”.

Recalde estuvo en Salta invitado por Emilia «Manaos» Orozco realizando una charla de (de)formación política que tanto les gusta realizar a los libertarios, unas especies de charlas talleres que emplean para lavarles un poco el cráneo a los salteños. 

Pero a la senadora se le pasó por alto el C.V que tiene su invitado. Consiste en un prontuario de todo lo que no queremos de los hombres y para peor de uno que se precie de estar en la cultura del cine y el entretenimiento. En una joya de su archivo musical encontramos una canción dedicada a una chica en edad escolar, donde se autoproclama “adicto al jumper” y celebra las polleritas de hockey que se levantan por el viento. Por si el plano lírico no fuera suficiente, el propio Recalde salió a aclarar los tantos con una delicadeza argumental digna de un tratado de psiquiatría.

Pero hay mucho más. Casi en simultáneo, mientras el país digería el espanto del femicidio de Agostina, Recalde hacía gala de un análisis mediático en calidad de representante libertario y justificó la escena diciendo que “por la actitud física y la soltura de la nena, el remisero pensó que iba a un telo”. El argumento de la “soltura” de una menor, esa vieja confiable del manual del perfecto baboso.

Una apología del horror, deslizando la idea de que en el desenlace fatal habrían mediado “emociones” o provocaciones, en un peligroso revival de la vieja y nefasta teoría de “la culpa es de la víctima”.

“Hay una soltura física que hacen pensar que hay un recorrido y yo a veces comparo. Y te das cuenta”, continuó el cineasta como panelista de tv pero fue fuertemente criticado. “¿Soltura de una nena de 14 años, Diego? Eso es revictimizar a la víctima”, lo cruzó la conductora Julia Eva. “No, pará. No estoy diciendo que es un delito acostarte antes del tiempo que la ley lo permite, lo que te digo es que te das cuenta cuando hay un cuerpo que tiene un tránsito distinto a un cuerpo virgen”, disparó Recalde, en una concreción de su pensamiento al respecto.

Cualquier mortal con un mínimo sentido de la supervivencia política habría optado por un discreto y saludable silencio tras semejante papelón de su invitado estrella. Pero Emilia «Manaos» Orozco no es una mortal común; ella está librando una guerra contra el sentido común.

Resulta fascinante observar el mapa de prioridades de la representación salteña en la Cámara Alta. En una provincia que arrastra históricamente índices alarmantes de violencia de género y emergencias sociales que requerirían debates de fondo, la agenda oficial de su senadora parece reducirse a dos grandes pilares: blindar el derecho inalienable de los hombres grandes a fantasear con uniformes escolares y encontrarle atenuantes a quienes asesinan mujeres.

Aprovechando la fecha de Ni Una Menos se paseó por todos los canales de televisión porteños para hablar de los casos no resueltos en Salta, la provincia que ella representa en el senado. Aprovechó los micrófonos para hablar de las mujeres desaparecidas en la provincia y de criticar como si ella no fuera parte de la clase política responsable de lo que sucede con la violencia machista. Incluso se mostró como si no fuera parte del mismo partido que niega la violencia de género y los femicidios. 

Eso sí, todo camuflado bajo el rugido de cotillón de que “no tenemos miedo”. Y es verdad, no tienen miedo. Al menos, no tienen miedo al ridículo, ni a la obscenidad discursiva, ni a demostrar que, cuando se trata de la seguridad y la dignidad de las pibas, la trinchera de su batalla cultural está perfectamente del lado de los victimarios.