Diputadas que supimos conseguir

 

Seguimos con el análisis de perfiles en redes sociales de los diputados que votaste. En qué andan, qué imagen quieren mostrarnos, en qué se muestran interesados.

 

Leona Del Monte

 

De diferentes colores partidarios en el fondo en algo concuerdan todos y es en el cinismo institucional que propagan. A falta de proyectos, buenas publicaciones o no tan buenos contenidos. Veamos en esta edición el perfil de algunas diputadas.

La Sole

Qué época dorada para la democracia salteña. Atrás quedaron esos tiempos grises donde la labor de un legislador se medía en la densidad de sus proyectos de ley o en las horas de debate en el recinto. Hoy, el verdadero pulso de la provincia se define en un Reel de quince segundos con música en tendencia y un filtro que disimule el cansancio del café legislativo.

El análisis es claro y, sobre todo, conmovedor. La diputada de la UCR Soledad Farfán cuenta con 1237 seguidores en su cuenta de instagram y nos ofrece una coreografía digital perfecta: la dosis justa de indignación republicana en X (Twitter), combinada con la calidez de una foto movida en territorio para Instagram, ideal para recordarle al algoritmo que la militancia no solo tiene doctrina, sino también saturación de color. Es la magia de la «burbuja orgánica»: un espacio de resistencia donde militantes de la UCR y la Franja Morada se dan like mutuamente en un bucle infinito de validación partidaria, mientras el ciudadano común y corriente intenta descifrar si el «fortalecimiento institucional» sirve para pagar la boleta de la luz.

Al final, la comunicación política actual es como una buena empanada salteña: tiene que entrar por los ojos, venir en formato compacto y, si es posible, no quemar a nadie.

No hay nada más tierno que el análisis de redes de un diputado provincial. Nos esforzamos por encontrar «ejes discursivos», «estrategias de cercanía» y «ecosistemas digitales» donde, seamos honestos, la mayoría de las veces solo hay un asesor subiendo una foto con el texto: «Hoy participamos de la sesión ordinaria, defendiendo los intereses de los salteños». Fin del comunicado.

El caso de la diputada Farfán es un manual ilustrado de la supervivencia digital opositora. El diseño de su estrategia es de una sofisticación conmovedora: pararse en ese «medio» que a nadie le importa en la era del streaming enfurecido y los gritos libertarios. Mientras el país se debate en un ring de boxeo digital, el radicalismo salteño insiste en usar X para defender la institucionalidad, una plataforma que hoy premia el insulto creativo y el meme bizarro. Es como ir con un tenedor a una guerra de misiles.

Pero el verdadero monumento a la fe es el concepto de engagement con la comunidad. Ese selecto grupo de trescientos afiliados que comentan «¡Vamos Adriana, firmes junto al pueblo!» en cada publicación, logrando el milagro metafísico de romper la burbuja… para meterse en otra burbuja más chica. Al menos nos queda el consuelo de saber que, si la gestión pública no prospera, siempre quedará un hermoso feed ordenado por estricta paleta de colores.

Frida

Si el análisis de la UCR era un monumento a la fe institucional, el perfil digital de Frida Fonseca es una clase magistral de realismo político salteño adaptado al formato Full HD. Acá no hay romanticismo de comité; hay pragmatismo puro, del que sobrevive a secretarías, ministerios, concejos y cualquier cambio de viento en el Grand Bourg.

El feed de Frida es un poema a la transversalidad. Un día te encontrás con la rigidez protocolar de la gestión pública —con fotos de convenios firmados, escritorios brillantes y la clásica pose de «escucha activa» frente a un vecino— y al día siguiente, una ráfaga de mística peronista o vecinalista, según lo dicte el frente electoral de turno. Su estrategia discursiva es infalible: hablar de la «justicia social» y la «gestión en territorio» con una plasticidad ideológica tan aceitada que el algoritmo de Meta se rinde a sus pies. Sus redes no buscan educar al ciudadano en el republicanismo decimonónico; buscan demostrar eficacia, permanencia y, sobre todo, que no importa quién sea el gobernador, ella siempre va a tener una oficina con buena luz para sacarse fotos de gestión.

Las mil secretarías

Analizar las redes de Frida Fonseca es sumergirse en el corazón mismo del «Estado presente» (y filmado). Mientras otros legisladores se pierden en el laberinto teórico de X debatiendo la macroeconomía, la comunicación de Frida va al grano, es decir, al plano corto: la entrega de un subsidio, la inauguración de un taller de oficios o la foto grupal con las vecinas de algún barrio de la zona oeste.

El verdadero milagro de su engagement digital es que logra unificar mundos que la teoría política considera irreconciliables. Su comunidad no es la juventud universitaria que debate a las tres de la mañana; es la red real de punteros, vecinalistas, cooperativistas y empleados públicos que saben perfectamente que un like a tiempo en el Instagram de Frida es un voto de confianza a la gestión del día a día. Su tono es una mezcla fascinante de funcionaria rigurosa y madre protectora de la comunidad, siempre lista para el Reel emotivo con música de piano de fondo. El diseño de su estrategia es brillante por lo simple: no te pelees por la ideología, adueñate del banner institucional. Mientras dure el presupuesto, habrá contenido.