Se trata de trascender no de pendular

 

ALEJANDRO SARAVIA

 

La derrota de Viktor Orbán en Hungría ha despertado interés en todo el mundo. No sólo porque puso fin a dieciséis años de un liderazgo que parecía inexpugnable, sino porque ofrece pistas sobre cómo pueden ser derrotados electoralmente los nuevos liderazgos de carácter disruptivo, nacional-populista o antisistema.

El análisis difundido por diversos medios internacionales coincide en algunos factores centrales. Péter Magyar no venció a Orbán proponiendo volver al pasado. Tampoco construyó una alianza basada exclusivamente en el rechazo moral al oficialismo. Mucho menos centró su campaña en denunciar permanentemente los excesos verbales o institucionales del gobierno. Hizo algo más complejo y, probablemente, más inteligente.

Comprendió que millones de húngaros compartían buena parte de los diagnósticos que habían llevado a Orbán al poder, pero estaban cansados de la corrupción, del estancamiento económico, de los privilegios de la nueva élite gobernante y de la falta de resultados concretos. Por eso no atacó a los votantes de Orbán. Atacó a la estructura de poder que se había consolidado alrededor de Orbán. Esa diferencia es decisiva.

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En Argentina, gran parte de la oposición sigue creyendo que Javier Milei puede ser derrotado simplemente señalando sus errores, sus contradicciones o sus excesos discursivos. La experiencia internacional indica que eso difícilmente alcance. Quien vote a Milei en 2027 no lo hará porque ignore esos aspectos. Los conoce perfectamente. Los tolera porque considera que el sistema anterior fracasó.

Ese es el primer dato que cualquier estrategia opositora debería asumir

La fórmula húngara muestra que para derrotar a un liderazgo como el de Milei es necesario construir una alternativa que no aparezca como una restauración del orden previo. Magyar provenía del propio espacio político gobernante. Conocía sus mecanismos internos. Hablaba un lenguaje comprensible para quienes habían apoyado a Orbán. No se presentaba como representante del viejo sistema sino como alguien que venía a corregir sus deformaciones.

En Argentina ocurre algo similar. Mientras la oposición aparezca asociada exclusivamente al recuerdo de las gestiones que precedieron a Milei, su capacidad de crecimiento será limitada. La sociedad argentina puede estar desilusionada con algunas políticas actuales, pero eso no significa que quiera regresar automáticamente al esquema anterior.

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La segunda lección es que la crítica debe dirigirse al funcionamiento del poder y no solamente a la personalidad del líder.

Magyar dejó de hablar de Orbán como un dirigente simplemente equivocado. Lo presentó como la cabeza de una estructura de privilegios. Habló de una “mafia estatal”, de una red de negocios, de una captura de instituciones. La discusión dejó de ser ideológica para transformarse en una discusión sobre quién se beneficia realmente con el poder. Esa narrativa resultó mucho más eficaz.

En Argentina, una oposición competitiva debería demostrar no solamente quién pierde con el ajuste, sino también quién gana. Debería explicar qué sectores económicos concentran beneficios, quiénes reciben transferencias de recursos, quiénes obtienen posiciones privilegiadas y cuáles son las consecuencias institucionales y económicas de largo aliento de ese proceso.

La tercera enseñanza es territorial. Un artículo del New York Times destaca un elemento que parece antiguo, pero resultó decisivo: la política cara a cara. Magyar recorrió ciudades, pueblos y regiones donde la oposición tradicional prácticamente había desaparecido. Miles de personas lo vieron personalmente. La construcción digital fue importante, pero no sustituyó el contacto directo.

En Argentina, donde las redes sociales ocupan un lugar central, existe la tentación de creer que la política puede hacerse exclusivamente desde estudios de televisión, plataformas digitales o campañas de marketing. La experiencia húngara demuestra lo contrario. Los liderazgos sólidos siguen construyéndose en el territorio.

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Finalmente, existe una cuarta lección que probablemente sea la más importante. Orbán fue derrotado cuando una mayoría social comenzó a percibir que el cambio que había prometido se había transformado en un nuevo sistema de privilegios. Es decir, perdió cuando dejó de representar una esperanza de futuro.

Milei conserva todavía una ventaja fundamental: para una parte importante de la sociedad sigue encarnando una expectativa. Mientras esa expectativa exista, cualquier oposición basada únicamente en el rechazo tendrá enormes dificultades. Por eso, la pregunta no es cómo denunciar a Milei. La pregunta es quién será capaz de ofrecer una esperanza más creíble. A título personal debo admitir que el actual discurso de Redrado me resulta adecuado en la materia que estamos tratando y, por comparación, deja en un plano absolutamente mezquino al programa oficial de Milei y sus secuaces.

Hungría enseña que los gobiernos fuertes no caen porque la oposición tenga razón. Caen cuando aparece alguien capaz de convencer a los ciudadanos de que existe un futuro mejor que el presente y distinto del pasado. Es decir que supere por ser mejor a lo actual en cara al futuro, sin volver al pasado. Trascender no pendular, es decir, superar no retrotraer. Esa es la cuestión que sigue siendo, en nuestro país, la tarea pendiente.