El 6 de julio de 1997, en Vallegrande (Bolivia) fueron encontrados en una fosa común los restos del guerrillero argentinocubano Ernesto Che Guevara (1928-1967), después de 30 años de búsqueda, tiempo durante el cual se acumularon los testimonios de otros guerrilleros, militares y campesinos bolivianos.

Recientes pesquisas indicaron que el joven líder fue asesinado en Bolivia el 8 de octubre de 1967, y no el 9, como se pensó originalmente.

Para que los expertos pudiesen dar con los restos mortales del Che y los guerrilleros que lo acompañaban, llevó un tiempo de aproximadamente 30 años, lapso en fueron entrevistados diferentes testigos para verificar cómo ocurrieron los acontecimientos en busca de una pista que diera luz de dónde estaba sepultado su cuerpo.

«La familia quería tener los restos del Che Guevara y nosotros logramos encontrarlos», afirmó el rector de la Universidad de Ciencias Médicas de la Habana y jefe de la expedición científica que dio con el cuerpo del guerrillero, Jorge González, en una entrevista para el portal ‘LaRed21’.    «El mayor resultado o éxito que tuvo la búsqueda de los restos del Che en Bolivia fue la investigación histórica», añadió.    La mayoría de las descripciones oficiales aseguraron que el cadáver había sido incinerado y las cenizas lanzadas desde un avión sobre la selva. Sin embargo, las posteriores investigaciones determinaron que el cadáver fue trasladado desde la localidad de La Higuera, donde fue asesinado, hasta Vallegrande el 11 de octubre de 1969, dos días después de que fuese capturado y ejecutado por el Ejército boliviano en colaboración con la Agencia Central de Inteligencia (CIA).    «Sé que viene a matarme. Dispare, cobarde, que sólo va a matar a un hombre», fue la frase que el Che Guevara dijo ante su asesino, el sargento boliviano Mario Terán.    Aquel 11 de octubre fue trasladado al lavadero del hospital Nuestro Señor de Malta, donde permaneció en exhibición pública y con grandes cantidades de formol para evitar su descomposición. Hasta la zona se acercaron cientos de personas, entre ellas monjas y mujeres de la villa que señalaron su parecido con Jesucristo y le cortaron mechones de pelo para preservarlos como talismanes. Por su parte, los soldados y funcionarios se quedaron con las cosas que el Che llevaba al morir.    Después de la presentación ante los ciudadanos del cuerpo del Che, como estaba previsto y como era común entre los guerrilleros, hicieron desaparecer el cadáver, no sin antes cortarle las manos para conservarlas como prueba de la muerte.

 

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