El telón vuelve a levantarse sobre el sainete de Compañía Privada. Entre vínculos negados, mudanzas fantasmales y fideicomisos dignos de una tragicomedia, Ibarra, Rodríguez y Miguez profundizan la estafa mientras la justicia bosteza. Una historia que mezcla torpeza con impunidad, y que sigue creciendo como una mancha de aceite en el tablero judicial y político de Salta.
El vínculo entre Mercedes Ibarra y Gerardo Miguez, el binomio apuntado por la megaestafa millonaria de Compañía Privada, aparece cada vez con mayor nitidez. Ya no se trata de meras sospechas o de comentarios al pasar en los pasillos tribunales, sino de evidencias que empiezan a acumularse en la investigación. Sin embargo, ambos insisten en negarlo con obstinación ante la justicia. Una estrategia que parece extraída del manual de supervivencia de los estafadores: negar, negar y volver a negar, aunque el castillo de cartas se derrumbe sobre sus cabezas.
La paradoja es que esa negativa no encuentra un contrapunto firme en los investigadores. La fiscalía no se muestra incisiva y la pericia contable, que debía arrojar luz sobre los números oscuros, demoró seis meses en completarse. Un plazo inaudito en casos de este tipo, donde la velocidad suele ser clave para evitar la desaparición de activos y la alteración de pruebas. Aquí, la demora fue funcional: cuando los papeles finalmente se movieron, ya era tarde.
Una escribana en el medio
En este entramado aparece el nombre de la escribana Alejandra Acosta, que hasta ahora no ha sido citada a declarar. Su rol no es menor: distintas operaciones que terminaron en fiasco llevan su firma. No se trata de un detalle burocrático, sino de la validación formal que permitió que muchas de las maniobras de Ibarra y compañía se concretaran sin trabas.
Las escrituras no se firman solas, y los registros tampoco se validan por generación espontánea. A pesar de ello, Acosta sigue fuera del radar judicial, como si su pluma no hubiera tenido nada que ver con la multiplicación de damnificados. Una muestra más de la impunidad selectiva que caracteriza a estas causas.
Una mudanza en madrugada
Uno de los episodios más grotescos de los últimos meses fue el vaciamiento exprés de una de las oficinas de la empresa. Entre las 23:00 y las 6:00 de la mañana, todo lo que había en el lugar desapareció. No quedó ni un mueble, ni una computadora, ni un expediente olvidado en un cajón. El operativo fue tan prolijo que ni siquiera las cortinas quedaron colgadas.
Hubo quienes relataron la extraña mudanza nocturna, realizada con la precisión de una retirada militar. Un ejército de mudadores fantasmas se llevó en pocas horas lo que a la justicia le hubiera llevado meses inventariar. Una señal clara de que alguien, en algún lado, sabía que era momento de cubrir las huellas antes de que llegara la orden de allanamiento.
El tridente y su mamushka de empresas
Mercedes Ibarra, Diego Rodríguez y Gerardo Miguez conforman un tridente que ya no logra ocultar sus torpezas. Lejos de sofisticar la estafa, la multiplicidad de empresas creadas para ocultar la operatoria termina funcionando como un catálogo de pruebas en su contra.
La mamushka empresarial incluye nombres que se repiten: Compañía Privada, Deessa, Saltapor, Neos y Mosto SRL. El mecanismo siempre es el mismo: crear sociedades, captar fondos, simular inversiones y luego desaparecer o reinventarse bajo otro nombre.
Lo absurdo roza lo tragicómico cuando, en las publicidades de Mosto, todavía aparece como contacto el viejo correo electrónico de Deessa. Una chapucería que desbarata cualquier intento de construir un velo de sofisticación. La burla al sentido común es tan grande que ni siquiera se preocuparon por maquillar el reciclaje de la estafa.
Fideicomisos para todos
El fraude no se limitó a captar ahorristas. También se expandió hacia el mercado inmobiliario, con fideicomisos presentados como grandes oportunidades de inversión. Uno de los más emblemáticos es el fideicomiso “Las Mercedes”, un loteo en terrenos privilegiados que se presentó con un masterplan ambicioso y promesas de urbanización que jamás se concretaron.
Las tierras, 27 hectáreas adquiridas a un empresario de apellido Vidal Frías, no fueron compradas en dinero sino permutadas por departamentos que nunca se entregaron. Un negocio circular en el que siempre ganaba Ibarra y siempre perdían los demás.
Al frente de ese proyecto se levantó también Las Mercedes II, mientras cerca se encontraba La Eulogia, otro fiasco inmobiliario que dejó un tendal de familias estafadas. El remate del fideicomiso Las Mercedes, realizado el 4 de septiembre pasado, fue la confirmación de que la ilusión se había convertido en ruina. La base: $2.500 millones. La burla: que el fideicomiso llevaba el nombre de su propia creadora, una ironía que mezcla impunidad con desdén.
La jueza de concursos y quiebras, Victoria Ambrosini de Coraita, había dictado en mayo de 2024 la intimación a los fiduciarios y terceros para entregar toda la documentación, además de prohibir cualquier pago a la fiduciaria. El fallo llegó tarde: el dinero ya había volado, los papeles ya estaban alterados y los damnificados sumaban decenas.
Oficinas al mejor postor
La quiebra de Compañía Privada continúa con un desfile de subastas. El jueves 11 de septiembre se concretó el remate de una de las oficinas principales de la empresa, ubicada en Leguizamón 753, pleno centro de Salta.
La pieza subastada incluía la oficina y todo su mobiliario, con una base de 371.000 dólares más 30 millones de pesos por los bienes muebles. La subasta se realizó en la sede de España 955 a las 17:00 horas, bajo la órbita del Juzgado de 1° instancia de concursos, quiebras y sociedades de 2° nominación.
Hasta ahora no trascendió quién adquirió el inmueble. Pero las sospechas apuntan al círculo de Rodríguez, en un movimiento típico: los mismos que fundieron la empresa terminan recuperando activos a precio vil en las subastas.
Squash y desvíos millonarios
El desvío de fondos también encontró un canal inesperado: el squash, deporte favorito de Ibarra. Parte del dinero de Compañía Privada fue utilizado para construir una cancha en Gimnasia y Tiro, club donde Ibarra desplegó su fanatismo.
Incluso organizó torneos bajo el patrocinio de Deessa SRL, usando como fachada el auspicio deportivo para lavar dinero. Un esquema de triangulación burdo: sacar dinero de una empresa quebrada para depositarlo en el prestigio social de un club tradicional.
La nueva denuncia: edificio Rivadavia
La historia sumó un nuevo capítulo con la denuncia penal presentada en la fiscalía N° 5 por la venta fraudulenta de departamentos en la Torre Piazza, ubicada en Rivadavia 1750. El fideicomiso asociado a ese edificio repitió el mismo mecanismo perverso: captar depósitos con promesas de rentabilidad mensual que nunca se cumplieron.
Cuando los inversores reclamaban, Ibarra ofrecía como garantía la cesión de departamentos en el edificio. El problema es que esas unidades ya habían sido adjudicadas a otros propietarios. Es decir: doble venta, doble estafa, doble perjuicio. Una modalidad que consolida la impunidad como sistema.
El caso Compañía Privada no es solo una estafa económica. Es un espejo de cómo funciona la trama de negocios turbios en Salta: complicidad empresarial, avales notariales, inacción judicial y una impunidad que se envalentona con cada operación fallida.
La mamushka de Ibarra, Rodríguez y Miguez sigue revelando piezas, cada una más grotesca que la anterior. El fideicomiso que lleva el nombre de su creadora, la mudanza fantasma de oficinas en plena madrugada, el reciclaje torpe de correos electrónicos en empresas de papel y las canchas de squash construidas con dinero ajeno son capítulos de una saga que aún no terminó.
La pregunta no es si habrá más revelaciones, sino cuántas más se necesitarán para que la justicia decida romper su letargo.




