La marcha del domingo 12 fue una de las movilizaciones más importantes de los últimos años en Salta: 40 mil personas avanzaron por las calles. Hubo pocos enfrentamientos motivados por los sectores más extremistas del feminismo y el catolicismo que no empañaron el esfuerzo de la Comisión Organizadora salteña. (Federico Anzardi)
A las siete de la tarde, la zona del Monumento 20 de Febrero luce exactamente igual que todos los domingos del año. Hay niños jugando en el parque, el tránsito no es mucho alrededor de la rotonda y los vendedores ambulantes apuntan al Hospital Materno Infantil.
Lejos, en otro parque, el San Martín, unas diez cuadras repletas de chicas, señoras e infantas de todo el país y naciones vecinas, comienzan a marchar en el segundo día del XXIX Encuentro Nacional de Mujeres. La concentración se hace debajo del Teleférico. Desde ahí parten, mezclándose entre las habituales idas y venidas de personas que recorren la zona de feria de precios bajos que nada tiene que ver con su hermana cheta de la Balcarce. Mientras avanzan, vistiendo colores distintos, banderas con diferentes consignas y carteles que muestran sus posturas políticas, muchos las miran, sacan fotos y graban con sus celulares.
Más adelante, un hombre parado sobre la tierra del parque se persigna mirando a las chicas a los ojos. Algunas reaccionan y le dicen que abra la mente. Se señalan la frente con los dos índices. Otras siguen de largo sin prestarle atención. La señal de la cruz trae otra señal oculta: la de la provocación que comenzó hace varias semanas, cuando aparecieron distintos carteles, folletos y páginas web hablando mal de las participantes del Encuentro. La campaña de desprestigio instalada por los sectores más conservadores de la provincia, que no se identificaron nunca, intentó encasillar a estas mujeres como violentas, irrespetuosas con la fe católica que es mayoría en Salta.
Lo que se escucha en la marcha depende del partido político que lo motive. Hay cantos a favor de Cristina Kirchner. Hay carteles en contra de Cristina Kirchner. La marcha es de diez cuadras, larguísima. Tarda media hora en pasar por un lugar. Hay Soldadas de Cristina, muchachas del MTS, del PO, de la JP. Los negocios están abiertos. El único punto en común entre todas es cuando entonan qué momento qué momento: a pesar de todo, les hicimos el Encuentro. Otras cantan mujeres en lucha, aguante la cachucha.
Una mina de pelo planchado, tacos, vestido y anteojos oscuros cruza la avenida San Martín atravesando la marcha sin detenerse. La dirección y su vestimenta diferente la convierten en una extraña. Más lejos, en una esquina, un cartel de una señora con cara de no tener humor dice basta de ajuste K. Hay banderas de Misiones, Corrientes, Córdoba, Buenos Aires, Mendoza, Río Negro, Tucumán, y muchísimos lados más.
Cuando la marcha ya tomó dos cuadras de la Jujuy, un pibe saca un aerosol y escribe ni en la cocina, ni lavando: ¡Luchando! Lo hace en la pared del boliche Puerto, que presenta a algunos curiosos pasivos desde su estacionamiento.
El tránsito no está cortado en todas las calles. En España y Sarmiento una fila de automovilistas se aprende de memoria los cantos por estar estancada sin mucho más que hacer. Nadie les avisó a los conductores que no debían pasar por ahí ni se ocupó de preparar el terreno a tiempo para desviar los vehículos.
Un cartel pide igual salario por igual trabajo. En algunos tramos no se ve ni a un solo hombre caminando junto a la marcha. Son, simplemente, cuarenta mil mujeres avanzando como nunca antes viste. Nunca viste tantas minas juntas en tu vida. Hay más que en un recital de Babasonicos o una barata de ropa (aunque esto no debería decirse).
Al llegar a Belgrano y Sarmiento, una piba despeinada, en corpiño, con una teta colgando y la bandera LGBT en la espalda, saca fotos al frente de la marcha, que está encabezada por las chicas de la Comisión Organizadora, todas salteñas, acusadas por otras mujeres de haber arreglado con el gobierno provincial para que el recorrido no pase por la catedral.
Ya en la Avenida Belgrano, una chica de no más de 25 años pinta una A anárquico-lésbica en la pared del Banco Santander Río. La misma que tiene tatuada en el hombro. Más atrás, un cartel enorme pide justicia por la docente asesinada en El Bobadal y dice todos somos Evelia Murillo.
En Belgrano y 25 de Mayo la cosa empieza, de a poco, a desbandarse. Algunas mujeres caminan hacia la 9 de Julio mientras el grueso continúa hacia el Monumento 20 de Febrero. Ustedes sigan, que nosotros vamos a la catedral, ordena una chica a una de sus compañeras. Más adelante, en 25 de Mayo y Entre Ríos, se produce el quiebre más importante. La Comisión Organizadora y sus adeptas respetan el tramo original. Otras, como las del Plenario de Trabajadoras, que representa al Partido Obrero, doblan con destino a la Legislatura y a la plaza.
Es violencia eso, dice un grupo de mujeres, mientras observan cómo llegan frente a la catedral las chicas de la agrupación Ana María Villareal (esposa del líder del ERP Mario Roberto Santucho, fusilada en la Masacre de Trelew en 1972). Están tapadas con pañuelos palestinos y agitan los brazos hacia el templo.
La plaza está repleta de turistas y vendedores ambulantes con sus productos en el suelo, pero frente a la catedral hay poca gente: son las quince o veinte chicas de la Villarreal enfrentándose a los cien católicos que se instalaron delante de la valla que protege el templo. Hoy es domingo pero no hay misa en ninguna iglesia del centro. Todas están valladas y controladas por policías.
Apenas se encuentran los dos grupos comienzan las discusiones, los gritos, el pedido de respeto, el viva la vida, que se vayan los zurdos, el sí a la educación religiosa, el grito de curas pedófilos de una iglesia basura que es la dictadura. Y llegan las piñas entre no más de cuatro personas. Las cámaras que rodean el mini enfrentamiento son más de quince. Hay provocaciones y reacciones violentas de los dos sectores. Por la falta de apoyo que tienen, ninguno parece representar lo que supuestamente defiende.
Los pro catolicismo rezan el Ave María. Las chicas se ponen en bolas y gritan de todo. Tironean una bandera. Una mujer dice que hace diez años no había hombres en los encuentros y se indigna. Un pibe de lentes y fe cristiana dice somos mayoría, somos mayoría. Todos discuten. Suena la música de cajita de bailarina que suele emitir la catedral, musicalizando el bardo. Un tipo que observa todo de cerca gira y le dice a uno de sus amigos che, pero es el culo de cada uno, ¿qué no? Aroldo Tonini, el ex concejal que aseguró que la homosexualidad es un problema físico, moral, espiritual y psíquico, pregunta por su hija. Los defensores de la Iglesia gritan Argentina, Argentina. Un pibe de remera de Los Redondos se arrodilla para rezar junto a otro que viste una de Las Pastillas del Abuelo. Un hombre canoso de rulos y camisa está sacadísimo, reza a los gritos y transpira. Abre los ojos como platos y frunce el ceño para subrayar su defensa. Los policías se mantienen entre la valla y la catedral, con los brazos detrás de la espalda.
Cuando ya pasó más de media hora de entredichos, los católicos empiezan a decir que está viniendo un grupo mucho más grande de mujeres. Vamos a rezar a la casa, pide una señora. No me voy a ir, no me voy a ir, grita el canoso de rulos, que después tiene que ser escoltado por sus amigos y escondido en un drugstore de la Belgrano. Somos pocos, retruca la señora. Antes de retirarse, un tipo grita viva Cristo Rey, viva la Iglesia Católica. Recibe varios viva enérgicos de respuesta.
De repente, en la esquina de Zuviría y España aparece el Plenario de Trabajadoras. Es conveniente que nos retiremos, dice Tonini, observando hacia esa esquina. Docentes Unidos encabeza la marcha. Dan vuelta a la plaza hasta llegar a Mitre y España y se instalan allí. Ocupan una cuadra entera.
El PC pasa frente a la catedral, al borde del vallado. El resto se queda al costado, sobre Mitre. La empanada gigante que reparte folletos hace juego con el color naranja de las chicas del PO. De golpe hay corridas, pero no es nada, falsa alarma.
Por España y Zuviría entra otro bloque que se manda directamente a la catedral. Una chica con zancos aparece disfrazada de Virgen María embarazada. Camina y habla por un megáfono que no anda. Igual es aplaudida.
Entran Las Brujas en Resistencia. Llevan un cartel que dice vivan las heroicas guerrilleras kurdas. A cada rato aparece el grito aindiado de las muchachas, una “u” estirada muy apropiada frente a la catedral un 12 de octubre.
Las chicas hacen una fogata enorme en la calle, justo frente a la puerta de la catedral. Queman un Código Civil falso. Corren alrededor, con las caras tapadas y las tetas colgando. Casi todos los defensores de la Iglesia desaparecieron. Las chicas ya tomaron la plaza. La cana sigue tranca detrás del vallado.
Los incidentes van a servir de excusa para los que están en contra del Encuentro. Al otro día, el lunes 13, los portales informativos de la provincia encabezarán sus rankings de notas más leídas con textos sobre esas peleas y fotos de las chicas en tetas. Las cámaras de los noticieros harán zoom anatómico y mostrarán principalmente el morbo de los pechos colgando y las mujeres besándose. Nadie se acordará del debate de los más de sesenta talleres. Aparecerá la sensación de que el berrinche anticlerical es funcional a los conservadores.

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