Son evidentes las tensiones entre el PJ ortodoxo conformado por los gobernadores justicialistas y el kirchnerismo duro representado por Carlos “Chino” Zaninni en la fórmula presidencial. En la cuenta de Facebook de Urtubey las referencias y las fotos de Zaninni fueron nulas.    

Aunque Zaninni fue uno de los oradores del acto de ayer en el Teatro Provincial, la referencia que hizo el gobernador salteño en su cuenta de Facebook fue “Junto a Daniel Scioli y Eduardo Fellner evaluamos la realidad regional y provincial”. En las seis fotos que el gobernador decidió subir a la cuenta tampoco aparece el principal operador kirchnerista que no suele contar con la simpatía de los gobernadores e intendente pejotistas que en los últimos meses buscan despegarse de los candidatos y funcionarios vinculados directamente al kirchnerismo duro.

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Zaninni es un referente de ese sector y su historia lo confirma fácilmente. Para recrear la misma extraemos extractos de una nota publicada por este medio el 20 de junio del 2015 y que se tituló “Aquellos tempos de la revolución”:

En los 70 Zaninni estudiaba en Córdoba y militaba en la agrupación estudiantil TUPAC (Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combativa) que surgió en 1969 como el frente universitario de Vanguardia Comunista, el partido de orientación maoísta que había sido fundado cuatro años antes. Militantes y exmilitantes de esa organización precisan que además del frente universitario y de varios abogados que defendían presos políticos, la TUPAC logró insertarse en el sindicalismo clasista de la industria automotriz cordobesa que por entonces protagonizó grandes luchas populares.

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En 1976 fue detenido y trasladado al penal de La Plata mientras muchos de sus compañeros de militancia empezaban a ser víctimas del terrorismo de estado. En diciembre de 1976, por ejemplo, varios militantes de la organización fueron desaparecidos en uno de los casos más renombrados del terrorismo de Estado: el secuestro de las Madres de Plaza de Mayo que se organizaban en torno a la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal de la ciudad de Buenos Aires. Allí y por acción de un Alfredo Astiz -que se infiltró en el grupo para desarticularlo- fueron secuestradas entre los días 8 y 10 de diciembre las monjas francesas Leonié Duquet y Alice Domon, las madres Azucena Villaflor, Mary Ponce y Esther Careaga junto a otros activistas que incluían a cinco miembros de Vanguardia Comunista: Ángela Auad, Raquel Bulit, Gabriel Horane, Horacio Elbert y Patricia Oviedo. Entre junio y agosto de 1978 ocurrió otro golpe que al decir de exmilitantes fue “la más devastadora de las acciones represivas sobre VC”: el secuestro de 60 personas entre militantes y familiares de los cuales 18 continúan desaparecidos. Entre estos se encontraba el Secretario General del partido: Roberto Luis Cristina.

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Carlos Zanni recuperó su libertad. Corría el año 1979 y tras dejar la prisión regresó a Córdoba. Retomó sus estudios y se recibió de abogado en 1983 y mientras vivía de algunos casos judiciales que manos amigas le acercaban, retomó la política sin mucho éxito y de la mano del justicialismo: asesoró al candidato a intendente peronista “Meco” Oliva que perdió las elecciones en ese año que inauguraría la primavera alfonsinista. Sin mucho horizonte, Zaninni siguió los pasos de otros militantes de Vanguardia que habían partido al sur. Dos años después conoció a Néstor Kirchner en la Unidad Básica “Los muchachos peronistas” de Río Gallegos y empezó la larga historia que lo tuvo como asesor y secretario de gobierno de Néstor Kirchner en la intendencia de Rio Gallegos, ministro de Gobierno de Néstor Kirchner gobernador de Santa Cruz, diputado provincial y jefe del bloque K en la provincia patagónica, presidente del Superior Tribunal de Justicia de esa provincia y Secretario Legal y Técnico de la Presidencia de Néstor y Cristina durante 12 años.

Su deslizamiento desde el maoísmo al peronismo nunca fue del todo explicado, aunque algunos aspectos de su vida militante permitan ensayar algunas hipótesis. La inclinación de Zannini por los razonamientos teóricos políticos es uno de ellos; su cautiverio en La Plata con militantes peronistas con los que todavía mantiene la amistad como Carlos Kunkel o Jorge Taiana puede ser otro; e incluso razonamientos más prácticos que lo inclinaran a ver en los Kirchner un atajo para mejorar sus condiciones de vida tras años de clandestinidad, cárcel y precariedad económica.

Hoy, sin embargo, Zannini ha logrado una opinión unánime: la de ser un poderoso operador K, hombre clave en el diseño de objetivos estratégicos y maniobras políticas que ayuden a alcanzarlo, personaje asociado a los despachos y no a las calles, persona cuyo poder se explica por el conocimiento de una enrome cantidad de documentos públicos y secretos que ayudo a elaborar y a la que sólo pocos tienen acceso. Todos aspectos que sus detractores utilizan para pincelarlo como un malvado Rasputín K aunque desde la tribuna K aseguren otras verdades no menos evidentes: Zannini como operador que sin prescindir de las tareas de administración ayudó a generar un pensamiento que acompañe las medidas que revalorizaron el rol del Estado y de la Política; el razonador que puso sus conocimientos y capacidad especulativa al servicio de jefes carismáticos capaces de darle forma concreta a las pasiones políticas que anidan en amplios sectores.

Un Zannini que aspira a hacer desde la vicepresidencia lo que hasta ahora hacía desde otro lugar: resguardar la figura de su actual jefa, acondicionarle el escenario para futuras y eventuales batallas y garantizar que ese aparato electoral que elige candidatos antes de que estos sean presentados ante la ciudadanía siga siendo controlado por la fuerza propia.

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