La abogada especializada en relaciones laborales y gestión de conflictos toma el mando de una de las instituciones más complejas de la ciudad, luego de la intervención de Emilio Gutiérrez. ¿Qué futuro le espera al histórico mercado tras los años de dominio muratoriano?
La designación de María Figallo como nueva administradora del Mercado San Miguel marca un punto de inflexión en la historia reciente de uno de los espacios comerciales más icónicos —y también más polémicos— de la ciudad de Salta. Con un perfil técnico y experiencia en el ámbito laboral y jurídico, Figallo llega para reemplazar al interventor Emilio Gutiérrez, cuya gestión transitoria fue clave para ordenar el caos heredado del viejo esquema de poder que durante más de veinte años manejó el mercado con puño de hierro y caja discrecional.
La flamante administradora no es ajena a la función pública: fue Subsecretaria de Trabajo de la Provincia en 2020 y candidata del frente Unidos por Salta en 2021. Ahora, tras formar parte de la Unidad Ejecutora que operó durante la intervención —junto al CPN Dino Camacho y el Arq. Pablo Sánchez—, su nombre queda al frente de un proyecto que busca dar un giro radical: pasar del desorden institucional y el feudo político, a una gestión transparente, moderna y orientada al desarrollo turístico y cultural.
Un mercado en disputa
El Mercado San Miguel fue, durante décadas, mucho más que un centro de abasto. Era el territorio privado de José “Pepe” Muratore, un personaje de la vieja política salteña que supo entrelazar amistades, negocios y estructuras de poder, hasta que el fuego —literal y simbólicamente— puso fin a su reinado.
El incendio en calle Urquiza, ocurrido a fines de 2024, fue el punto de quiebre. Las pérdidas materiales se combinaron con una crisis de legitimidad institucional que dejó al descubierto años de mala administración, opacidad en los manejos financieros y una red de privilegios que beneficiaba a un pequeño grupo de operadores cercanos al poder. Fue entonces cuando la Provincia y el Municipio decidieron intervenir el mercado.
Gutiérrez asumió la intervención con un mandato claro: ordenar, auditar y planificar una salida institucional. La llegada de Figallo, con perfil más técnico que político, indica que el gobierno pretende profundizar ese rumbo.
Reconversión o retirada
En la cocina del poder provincial se cocina una receta que muchos puesteros aún no alcanzan a digerir: el Mercado San Miguel dejará de ser el centro del comercio informal para convertirse en un polo turístico y gastronómico.
El proyecto compartido entre Emiliano Durand y Gustavo Sáenz apunta a una “revalorización” del mercado, con locales modernizados, servicios gastronómicos regionales, ferias temáticas y control estricto sobre la actividad comercial. La intención es clara: que el corazón del microcentro salteño deje de vender zapatillas truchas y empiece a ofrecer empanadas, artesanías y cultura local a los turistas.
El mensaje es tan directo como incómodo: quien no se reconvierta, deberá abandonar el barco. En los pasillos se habla de protocolos gastronómicos, de una futura campaña publicitaria y de inversiones en espera. También se habla, claro, de resistencia: algunos caciques del viejo esquema muratoriano aún ocupan lugares clave en la interna del mercado.
Lo que viene: gobernar sin padrinos
El gran desafío de Figallo será administrar un espacio con múltiples tensiones: los reclamos de los puesteros, la presión de los inversores privados, la vigilancia del poder político y las causas judiciales aún abiertas contra la vieja administración.
No será fácil, pero la diferencia con gestiones anteriores es evidente: esta vez, no hay padrinos políticos detrás, al menos no visibles. Se trata de una apuesta a la profesionalización y al corte definitivo con una etapa signada por la opacidad y la impunidad.
De la intervención se esperan resultados visibles: orden administrativo, balances claros, reglas de juego estables y un nuevo perfil para un mercado que busca dejar atrás su fama de “kiosco del tuerto” para transformarse en postal turística.
Final abierto
Mientras tanto, Pepe Muratore aún mueve piezas en las sombras, con causas judiciales en curso y aliados que resisten el cambio. Pero todo indica que su tiempo ya pasó. La pregunta es si la justicia llegará a tiempo o si, como tantas veces en Salta, la política volverá a proteger a los suyos.
Lo que sí está claro es que María Figallo tendrá que administrar más que un mercado: deberá gestionar una transición compleja, donde lo simbólico pesa tanto como lo comercial. El futuro del San Miguel —y su rol en la ciudad— está en juego. Y por primera vez en mucho tiempo, el tablero no está definido de antemano.







