Por Mily Ibarra.

Cada 5 de noviembre, en Mendoza, se celebra el Día del Celador. La fecha fue establecida en 1965, en homenaje a San Martín de Porres, ese niño limeño de once años que, impedido de ser religioso por el color de su piel, ingresó al convento como donado y, desde la humildad y el servicio, se convirtió en símbolo de entrega y amor sin medida. En Mendoza, la iniciativa fue firmada por el entonces Director General de Escuelas, Osvaldo Moyano, y buscaba reconocer a quienes cuidan el espacio escolar, lo limpian, lo sostienen, lo hacen posible.

Sin embargo, en Salta —y en tantas otras provincias— el rol del Maestro Celador sigue a la sombra. No tiene día propio, no aparece en los calendarios, se lo incluye —como si fuera lo mismo— dentro del Día del Maestro. Pero no lo es. Porque el Maestro Celador, según el Reglamento General de Escuelas, constituye el grado inicial de la carrera docente. Su tarea específica es reemplazar al maestro de grado cuando este falta. Pero esa definición burocrática no alcanza. Es una línea seca para un trabajo húmedo: el que sostiene lo que el sistema no ve.

El reglamento describe sus funciones con la precisión de una lista: cumplir las tareas del maestro, colaborar con la dirección, velar por la disciplina, cuidar el mobiliario, llegar media hora antes. Y sin embargo, lo que el reglamento no dice —lo que no puede decir— es que el Maestro Celador es muchas veces el puente que evita que el aula se desarme, el que escucha, el que improvisa, el que sostiene.

Paulo Freire decía que “el maestro debe ser humilde, amoroso, valiente, tolerante, decidido y alegre, y también aprender al enseñar”. Esa definición, tan humana, le calza perfectamente al Maestro Celador. Su rol exige flexibilidad, acuerdos, empatía. Durante la pandemia y después de ella, fueron ellos —muchas veces invisibles— quienes garantizaron el derecho a la educación, cubriendo grados, atendiendo salas, gestionando ausencias, resolviendo lo urgente y lo pequeño: eso que sostiene la vida escolar cuando el sistema se ausenta.

Y, sin embargo, la paradoja: en el esquema salarial, el Maestro Celador no está en igualdad de condiciones con el Maestro de grado, aunque el reglamento le exige compensar funciones, resolver situaciones, secundar al director. Cobra menos por hacer más. Tal vez por eso es un cargo poco elegido. Pero quienes lo han ocupado saben que puede ser un rol fértil, cargado de sentido, si se lo piensa como lo que es: un espacio de aprendizaje, de vínculo, de presencia educativa.

Ser Maestro Celador no es estar “de paso”, ni “cubrir un hueco”. Es un oficio educativo en sí mismo. Pero para que eso ocurra, el sistema debe reconocerlo: permitir su participación en las planificaciones, integrarlo como par en las prácticas, invitarlo a jornadas y congresos, construir instancias específicas de formación. Que los niños lo reconozcan, que las familias confíen, que la escuela entienda que educar también es sostener.

Quizás algún gesto político, alguna decisión real —no solo conmemorativa— pueda poner en valor este rol desde su singularidad. Porque poner en valor la palabra maestro es, hoy más que nunca, un desafío costoso, solitario, diario. Pero necesario.
En tiempos de desvalorización y desencanto, recordar el ejemplo de San Martín de Porres y las palabras de Freire no es solo una cita inspiradora: es una brújula.

La educación se sostiene en muchos hombros, no siempre visibles. Algunos, los del Maestro Celador, siguen cargando el aula mientras otros apenas lo notan. Y sin embargo, sin ellos, no habría escuela posible.