ALEJANDRO SARAVIA
Nadie puede dudar de que este es un país en que suceden cosas insólitas. Pasadas las elecciones intermedias del 26 de octubre, el que se daba por perdidoso, el oficialismo nacional, ganó por paliza, y lo hizo por y con la ayuda insoslayable del presidente, y su secretario del Tesoro, de Estados Unidos, un país con el que históricamente tuvimos una mala relación, y no sólo eso, con el que tenemos una economía en competencia en un sector que para nosotros es clave, como el agropecuario, aunque para ellos no tanto por tener otros preeminentes.
Es por ello que los resultados de esa elección causaron sorpresa generalizada. Entre los que ganaron y los que perdieron. Los de adentro y los de afuera. Y generaron esa sorpresa porque ese resultado fue producto de una jugada de un viejo tahúr, Donald Trump, que al igual que su otro equivalente euroasiático se propusieron acomodar sus respectivos patios traseros. El otro equivalente es, claro está, Vladimir Putin, el que lo está acomodando comenzando por Ucrania, mientras Trump hace como si eso le molestara. En realidad, no le molesta nada porque la disimulada luz verde allá enciende otra luz verde acá, en el patio trasero de Trump, más propiamente en Venezuela y zonas aledañas.
Insólitamente, en un país tan encarajinado como el nuestro, la dinámica política quedó en manos de una persona a la que, hasta hace unos cuantos meses, sólo preocupaban las cartas del tarot y algunas recetas culinarias de repostería y, hoy, maneja esos resortes como si hubiese nacido para eso, no tanto por los resultados sino por el desparpajo con que lo hace. Tanto es así que hasta el designado electoralmente como cabeza del Estado, es decir, Javier Milei, le dice El Jefe y, lo que es peor, la acata efectivamente como si así fuera.
Con esa elección se dirimió una interna entre los integrantes del denominado “triángulo de hierro”, el que, obviamente, dejó de ser tal. Aún no se sabe si ese resultado habrá de ser para bien o para mal, ya que el contradictor, Santiago Caputo, es en definitiva un loquito con insólitas ornamentaciones y reminiscencias imperiales que podrían ser una mala influencia en una persona emocionalmente tan maleable como el presidente Milei. No hay mal que por bien no venga, dirían nuestras abuelas. Ya veremos qué sale de todo eso.
Es insólito que a leyes sancionadas por el Poder legislativo y promulgadas por el Ejecutivo no se las cumpla. Esa es una vieja práctica de nuestro pasado colonial de cuando normas ideadas en la metrópoli, España, eran acatadas pero no cumplidas en las colonias, las que usaban, en efecto, esa fórmula: se acata pero no se cumple. Lo insólito es que aquella fórmula, generadora de una inveterada costumbre de mantenernos al margen de la ley, como decía Carlos Nino, si bien tendría la explicación de no poder cumplirse porque no contemplaban la realidad concreta de las colonias por la distancia o bien por el desconocimiento, sea revivida ahora, in situ, in locu, por las autoridades legítimas de un Estado que es, en definitiva, el propio creador de esas normas que se acatan pero no se cumplen y las cosas siguen como si nada, como si sólo fuese una lluvia de verano.
Es insólito que los contenidos de los diálogos de los funcionarios argentinos con las autoridades norteamericanas respecto a las negociaciones comerciales que dieron lugar a un convenio comercial con ese país que, por lo que se ve, es exclusivamente conveniente en esos términos para la potencia del norte pero nada para la impotencia del sur, salvo, claro está, la oxigenación que le da a un gobierno que no podia salir del área chica propia. En una república, muchachos, no hay secretos ni confidencialidad que valga.
Uno de los acusados en el caso de los cuadernos de las coimas, el extitular de la Cámara Argentina de la Construcción, Carlos Wagner, envió una nota al tribunal que lleva adelante el proceso para oponerse a la posibilidad de que se agreguen más audiencias por semana al juicio y que sean presenciales. Eso, que de por sí ya es insólito, se suma a la dinámica impresa a ese juicio, al que gustan denominarlo como el del siglo en materia de corrupción, deporte predilecto de los argentinos al decir del expresidente uruguayo Jorge Batlle.
Tengo la impresión de que los muchachos del tribunal oral que lo están protagonizando se fueron en poncho en la materia procesal penal, especialmente en aquella que trata del principio de inmediatez. Ésta, la inmediatez, alude no sólo al lugar sino también al tiempo. ¿A quién se le puede ocurrir hacer un juicio oral previsto para durar cuatro años? ¿Cómo, los jueces y las partes, van a recordar qué sucedió en los primeros actos procesales? ¿Con las filmaciones? ¿Y la inmediatez? De seguírselo haciendo a este ritmo y por zoom la nulidad del juicio está asegurada. Aviso.
Insólitamente, en nuestra provincia, se presentó una iniciativa de reforma constitucional. Otra vez sopa. La presentó un senador provincial, respecto de lo cual yo recomendaría, fervientemente, que se la reforme pero para suprimir, precisamente, esa cámara, la de senadores, ya que en nuestra provincia existen 84 legisladores que representan, es un decir, lo mismo y lo único que hacen es presentar proyectos de declaraciones acerca de que verían con agrado unas u otras cosas que a nadie interesan. Y, en cuanto al control sobre el Poder Ejecutivo, lo único que controlan es el humor de éste para, de ese modo, levantar la mano con la premura del caso. Un gasto absolutamente inútil.
Llama la atención, también, por lo insólito, el uso que se le da al concepto de “federalismo”. Éste, el federalismo, es un sistema de organización del Estado que en virtud de acuerdos o convenios otorga autonomía a las partes integrantes. Esa autonomía es, en la práctica, un autogobierno en base a los elementos o ingredientes reconocidos en aquel pacto o convenio fundante, la Constitución. Federalismo es, entonces, hacer respetar ese pacto originario y no depender de la buena o mala voluntad del gobierno central de turno.
En la Constitución Nacional de 1853 se establecía que cada provincia se financiara con recursos propios y la Nación con la recaudación de los allí previstos, procurando que en cada jurisdicción se consagrase el interjuego eficiente de la responsabilidad fiscal con la representación política. El sistema actual de coparticipación, que debió ser modificado por imperio constitucional en el año 1996, consagra una redistribución de recursos que convierten a las provincias que no son gobernadas eficientemente en mendicantes. Eso no es federalismo, es dependencia de los gobiernos centrales que, precisamente, es la contracara del mismo. Se tapa la ineficiencia con mendicidad grandilocuente.
Este es, sin dudas, un país en el que suceden cosas insólitas. La principal de ellas es que sigamos existiendo a pesar de la dirigencia que supimos conseguir.




