Tutorial para entender a Adorni y sus Bitcoins

 

Don Veronelli

 

La confesión pública de Manuel Adorni en LN+ parecía un gesto de transparencia: “En 2013 empiezo a incursionar en el mundo del Bitcoin, en 2014 empiezo a invertir fuerte. Entre 2014 y 2018 ganamos bastante dinero. Reconstruyendo la historia, invertimos $200.000 y ganamos $300.000”, aseguró el actual jefe de Gabinete. Detrás de esa frase se esconde un problema matemático que lo coloca en el centro de una investigación judicial y mediática: los números no cierran.

En enero de 2013, Bitcoin cotizaba apenas a 13 dólares. Al cierre de 2018, se movía en torno a los 3.700. En ese período, sí, hubo un pico histórico cercano a los 19.300 en diciembre de 2017. Pero según el especialista Mario Giménez, “no existe combinación de entrada en 2014 y salida en 2017–2018 que dé una ganancia de $300.000. El escenario más pesimista cuadruplica esa cifra”. La versión de Adorni no resiste el cotejo con la realidad del mercado.

Contradicciones en cadena

Las inconsistencias no se limitan a los números. Adorni participó en dos encuentros públicos donde denotó desconocimiento del tema. En 2020, en el canal de YouTube de Lemon, reconoció que “no estaba muy metido en el tema”. Un año después, en 2021, declaró que no consideraba al Bitcoin una buena inversión. A esto se suma un hallazgo de Santiago Siri: el funcionario recién posteó sobre Bitcoin en X en 2017, sin ninguna referencia previa en 2013 ni 2014. La cronología personal contradice la cronología financiera.

La investigación judicial avanza en paralelo, la causa tramita en el Juzgado Federal N° 4, a cargo de Ariel Lijo. El fiscal Pollicitta pidió a la Dirección de Análisis Financiero (DAFI) un cuadro técnico sobre la evolución histórica del precio del Bitcoin desde 2013 hasta la actualidad, y a la Comisión Nacional de Valores (CNV) un informe sobre qué exchanges operaban en Argentina desde 2012. El objetivo es claro: verificar si las operaciones declaradas por Adorni tienen correlato técnico y documental.

Para comprender todo conviene repasar estos hitos del mercado. En abril de 2013, el precio alcanzó los 266 dólares impulsado por la crisis bancaria de Chipre. En noviembre del mismo año, tocó los 1.000 gracias a la demanda asiática. Pero en febrero de 2014, la quiebra de Mt. Gox —el exchange más grande del mundo— desplomó el precio y lo mantuvo por debajo de los 1.000 hasta enero de 2017. En julio de 2016, el segundo halving redujo la recompensa por bloque y preparó el rally de 2017, que culminó en diciembre con un máximo histórico de 19.300. El año siguiente fue brutal: una corrección del 84% arrastrada por regulaciones en Corea del Sur, China e India y el estallido de la burbuja de las ICOs.

Cualquier inversión de $200.000 en 2013 o 2014 habría generado millones, no cientos de miles. La única ventana que cuadra con la versión de Adorni es una compra en agosto de 2017 a 3.356 dólares y una venta parcial en noviembre a 7.234 y otra en diciembre a 8.000. Ese movimiento habría dado una ganancia cercana a los $300.000. Pero implica haber operado en apenas tres meses de 2017, no “entre 2013 y 2018”.

Otro aspecto a analizar es el método de almacenamiento de los bitcoins. Lo que se transfiere no son “monedas” físicas, sino claves privadas que dan acceso a ellas. Existen dos métodos principales: la cold wallet en pendrive, con software como Electrum o Bitcoin Core en una computadora offline, y la paper wallet combinada con pendrive, donde la clave privada se guarda en soporte físico y digital. Ambos métodos tienen riesgos: obsolescencia del pendrive en cinco años, fallos físicos, puertos USB en desuso, formatos de archivo incompatibles y compromisos de seguridad si el dispositivo se conecta a una PC infectada. La industria recomienda hardware wallets dedicadas como Ledger o Trezor, respaldadas con una seed phrase escrita en papel y guardada en al menos dos ubicaciones distintas.

La blockchain, por su parte, es un libro contable público, inmutable y descentralizado. Cada transacción queda registrada para siempre en miles de computadoras alrededor del mundo. Ejemplos como el bloque #820.000 muestran cómo cada operación puede verificarse con precisión: hash, timestamp, transacciones incluidas, direcciones de origen y destino, comisiones y confirmaciones. Si Adorni realmente operó entre 2013 y 2018, esas transacciones existen y son rastreables si se conocen las direcciones de sus wallets.

La investigación se centra en reconstruir esas operaciones y los analistas trazaron escenarios hipotéticos:

Ventana A: Compra en 2013 a 15 dólares y venta en diciembre a 900. Resultado: 11,9 millones.

Ventana B: Compra en 2014 a 320 y venta en 2017 a 19.000. Resultado: 11,8 millones.

Ventana C: Compra en 2017 a 3.356 y venta en 2018 a 14.000. Resultado: 812.000.

Ventana D: Compra en 2017 a 3.356 y venta parcial en noviembre y diciembre. Resultado: 490.000–520.000. Ganancia: 290.000–320.000.

Solo la última ventana coincide con la versión oficial.

Lo que se transfiere no son “bitcoins” en sí, sino las claves privadas que dan acceso a ellos. Existen dos métodos principales:

Cold wallet en pendrive (software)

Se genera una wallet con Electrum o Bitcoin Core en una computadora offline. Se exporta el archivo wallet.dat al pendrive. El pendrive debe estar cifrado con VeraCrypt o BitLocker. Sin la clave de cifrado, el archivo es ilegible.

Paper wallet + pendrive

Se genera un par de claves (pública + privada) offline. La clave privada se guarda en el pendrive y también impresa en papel (redundancia). La clave pública es la dirección a la que otros envían Bitcoin.

El famoso pendrive

Los pendrives tienen vida útil de 5–10 años con uso normal, pero el almacenamiento sin uso puede degradarse por pérdida de carga en los capacitores. Tasa de fallo estimada: 20–40% a los 10 años.

USB-A ya está siendo reemplazado por USB-C y Thunderbolt. En 5 años puede no haber puertos compatibles en equipos nuevos sin adaptadores.

Los sistemas de archivos (FAT32, NTFS, exFAT) son estables, pero el software de wallet puede dejar de ser compatible con versiones viejas de archivos de claves.

Si el pendrive fue conectado a una PC infectada en algún momento, las claves pudieron ser copiadas. Un solo acceso no autorizado es suficiente para vaciar la wallet.

La recomendación de la industria es usar una hardware wallet dedicada (Ledger, Trezor) respaldada con una seed phrase de 12–24 palabras escrita en papel y guardada en al menos dos ubicaciones físicas distintas. El pendrive solo como backup adicional, nunca como único soporte.

Cualquier transacción puede verificarse en sitios como Blockchair.com, Mempool.space o Blockchain.com/explorer ingresando el TXID o la dirección de wallet. Si Adorni operó Bitcoin entre 2013 y 2018, esas transacciones existen en la blockchain y son técnicamente rastreables si se conocen las direcciones de sus wallets. La blockchain de Bitcoin es un libro contable público, inmutable y descentralizado. Cada transacción queda registrada para siempre en miles de computadoras alrededor del mundo.

El caso Adorni expone una tensión entre relato y evidencia. La narrativa de una inversión temprana y moderada choca con la realidad de un mercado que multiplicó fortunas. Las contradicciones públicas, la ausencia de registros en redes y la investigación judicial dibujan un panorama complejo. En el fondo, la pregunta es si el jefe de Gabinete intentó simplificar una historia demasiado técnica para el gran público o si, directamente, falseó los números. La respuesta, como siempre, está en la blockchain: un registro inmutable que no admite relatos alternativos.