En Salta hay una costumbre que parece tener más vidas que un gato: sacar al perro sin correa, dejarlo suelto en la calle y confiar ciegamente en el célebre “no hace nada”. El problema es que los hospitales públicos no parecen compartir tanta confianza. Entre enero y agosto, los hospitales Materno Infantil, Señor del Milagro y Papa Francisco asistieron a 236 personas mordidas por perros, un promedio de casi 30 casos por mes. Marzo fue directamente un festival de la confianza: 61 personas terminaron necesitando atención médica. Y mientras tanto, el bozal sigue teniendo en muchas casas la misma función que un objeto decorativo: está, existe, pero nadie parece recordar exactamente para qué sirve.
La provincia ya acumula 304 mordeduras de perro notificadas hasta comienzos de mayo, con Capital concentrando el 58,2% de los casos. No todos los perros son peligrosos, naturalmente; el problema es esa vieja costumbre humana de decidirlo por ellos: “es bueno”, “nunca mordió a nadie”, “se asusta si le ponen bozal”, “yo lo tengo controlado”. Hasta que no. En 2020, una mujer murió después de ser mordida por un perro en Salta y su propietaria fue condenada por homicidio culposo por incumplir los deberes de cuidado. Tal vez convendría asumir, de una vez, que la calle no es el patio de casa, que la correa no es un accesorio de moda y que el “no hace nada” no constituye un certificado de seguridad. Porque cuando el perro termina haciendo algo, generalmente ya es demasiado tarde para explicar que “nunca lo había hecho”.




