Hay imágenes que parecen sacadas de una comedia absurda, pero que en realidad sirven para explicar bastante bien el estado de algunas cosas. Decenas de chivos y cabras invadiendo el cementerio de Joaquín V. González, comiendo, caminando y hasta trepándose sobre las tumbas ya no es solamente una postal insólita: es una noticia. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cómo puede ser que hayamos llegado al punto en que una manada de chivos suelta dentro de un cementerio necesite ser registrada por los vecinos para que alguien advierta el problema? Porque una cosa es que aparezca un chivo perdido en un lugar inesperado y otra muy distinta es que decenas de animales conviertan el cementerio en una suerte de parque recreativo, con tumbas incluidas.
Lo más llamativo es que semejante escena no debería ser una anécdota pintoresca sino un problema básico de mantenimiento, control y respeto por un espacio público. Los vecinos tienen que preocuparse por sus familiares fallecidos mientras los chivos hacen turismo funerario, comen pasto y practican escalada sobre los nichos. En cualquier ciudad medianamente organizada, la noticia sería que apareció un animal dentro del cementerio y rápidamente fue retirado. Acá, en cambio, tenemos una invasión caprina con daño a tumbas y todavía discutimos como si se tratara de una curiosidad del paisaje.




