No era una chica onlyfanera

 

Lilia Lemoine volvió a demostrar que, en la política argentina, el límite entre dirigente, influencer y protagonista involuntaria de un reality ya desapareció hace tiempo. Para desmentir rumores sobre una supuesta cuenta en OnlyFans, la diputada eligió el método menos institucional posible: publicar ella misma una foto íntima con una expareja. En un país donde los legisladores suelen esconder hasta sus declaraciones juradas, Lemoine decidió defender su honor digital con una estrategia comunicacional digna de alguien que cree que el Congreso es apenas una extensión de Twitter con viáticos.

La escena tuvo algo de tragicomedia libertaria: una diputada nacional aclarando que la foto “ya estaba en Facebook” y sugiriendo que quizá el exnovio la filtró “para figurar”. Todo dicho con la naturalidad de quien comenta un meme y no un episodio que terminó generando debates sobre ética parlamentaria. Mientras algunos colegas recordaban el antecedente de Juan Ameri y discutían posibles sanciones, otros defendían el “derecho” de Lemoine a usar sus redes como quiera. La frontera entre representación institucional y performance permanente parece haberse convertido en un concepto vintage.

Lo más llamativo no fue la foto sino la lógica del espectáculo constante. En el universo político de Lemoine, cada polémica necesita una sobreexposición todavía mayor para ser respondida: si hay rumores, se responde viralizando; si hay críticas, se duplica la apuesta; si hay escándalo, mejor convertirlo en tendencia. La diputada, que empezó haciendo cosplay y terminó legislando, parece convencida de que la política moderna no consiste en discutir leyes sino en mantenerse dentro del algoritmo. Y en eso, hay que admitirlo, tiene una coherencia admirable.