“Domadora de bombillas”

 

Mientras en el Gobierno aseguran que no hay internas, Lilia Lemoine decidió bautizar a Victoria Villarruel con un nuevo apodo: “domadora de bombillas”. La diputada libertaria, siempre lista para convertir Twitter en un casting de stand up político, reaccionó así a los afiches donde la vicepresidenta aparece disfrazada de gaucho patriótico, como si estuviera por conducir un festival de doma y folklore en vez del Senado. Según Lemoine, detrás del poncho, las bombachas de campo y la pose criolla se escondería algo mucho más peligroso: una candidatura propia. En La Libertad Avanza, aparentemente, usar boina ya cuenta como intento de golpe palaciego.

La pelea dejó de ser una discusión política para convertirse en un spin-off extraño entre cosplay, peronismo vintage y teorías cortesanas. Desde el famoso “triángulo de hierro” miran a Villarruel con la misma confianza con la que un gato mira una licuadora prendida. Y Lemoine, convertida en vocera emocional del karinismo, no pierde oportunidad de recordarle que cualquier gesto autónomo será interpretado como traición, infiltración o, peor aún, moderación. La foto con Claudia Rucci terminó de completar el bingo simbólico: gauchos, sindicalismo, liturgia nacional y rumores de armado propio. Solo faltó un caballo blanco entrando al Senado.

La relación entre Milei y Villarruel ya ni siquiera necesita analistas: se comenta sola. Hace unos días Lemoine había hablado de “Vichacruel” y denunciado operaciones de “villarruelines” financiados desde el Senado, en una narrativa donde la política argentina parece escrita por guionistas insomnes de televisión por cable. Mientras tanto, Milei acusa a su vice de acercarse demasiado a “la casta”, y Villarruel cultiva silencio estratégico, esa vieja costumbre de la alta política que el oficialismo dice odiar… hasta que la practica. En el fondo, la disputa parece menos ideológica que estética: unos quieren dinamitar el sistema y otros prefieren hacerlo vestidos de gaucho.