Martín Miguel Güemes Arruabarrena
“La presidencia del Dr. Marcelo T. De Alvear parecía atravesar sin mayores inconvenientes el pasaje a la democracia de masas estrenada por su antecesor hacia una suerte de gobierno mixto en el cual la eclosión mayoritaria hallábase neutralizada por el efecto de criba que producía la presencia, en la vecindad del Presidente, de un núcleo de personalidades distinguidas que lo asistían como ministros de su gabinete o desde las más sólidas representaciones parlamentarias. Era como si el espíritu fundacional de la Unión Cívica hubiese recuperado el terreno perdido al separarse el radicalismo, o como si éste hubiera vuelto a rendir culto a los manes parsimoniosos de don Bernardo. La república, pues, mediante un proceso de decantación, había traspuesto el istmo en cuyas costas acechaban las rompientes y los acantilados peligrosos, y protegida por los dioses criollos avanzaba mar afuera en próspera singladura. (“La Argentina por dentro” Marcelo Sánchez Sorondo)
Es entonces, cuando Leopoldo Lugones, con su discurso–aniversario de la batalla de Ayacucho (1924), convoca a los dioses de la guerra a cruzar el Rubicón de la normalidad institucional de la República. Se abre la caja de pandora de los Césares salvadores de la Patria. Los cuales no fueron César, ni construyeron un Imperio. Lo que es peor, pasaron de ser gobiernos de facto (1930 /1943), a facciosos “por qué quiero y puedo, y tengo la fuerza”; con la responsabilidad de convertirse en causantes de las liberta duras políticas (1955), de la des argentinización económica (1966), y la desorganización social (1976). Las camarillas militares fueron el motor de esta anomalía del poder, convertido en partido militar, que consagró en sus ministerios económicos, la plana mayor de los liberales intolerantes. De los anarquistas libertarios de ayer y de hoy…
En su obra “La Guerra Gaucha” (1905), Lugones se adelanta al pensamiento conservador militar: la patria argentina no es hija de la política, sino de la espada”, sobre Güemes, en la obra citada, expresa: “(…) Encumbrábase en la frente del caudillo un solemne orgullo… Inauguraba la libertad allá en su monte, resarciéndose de la adversidad con la victoria. Sólo dos podían gloriarse tanto: él en los Andes del Norte; en los del occidente el Otro… En las conferencias, reunidas en su libro: “El Payador” (1916), reivindica a José Hernández, y su obra épica: el Martín Fierro, nuestro primer manifiesto social. Sus conferencias fueron escuchadas por el Presidente Sáenz Peña…
Las creaciones literarias de don Leopoldo Lugones, tiene esta lectura clarividente “(…) Aunque admirador de la soberbia desmesurada en la epopeya de la ‘Guerra Gaucha’ y de la épica salvaje y popular de Martín Fierro, atesoraba Lugones en las canteras de su genio una apetencia de jerarquía que lo llevaba a aborrecer el auge de la mediocridad y el proceso hacia la nivelación irresponsable que desmerece las representaciones del Estado por la descarada conducta de sus usufructuarios”. En su vuelo, con ojo avizor, el Condor identifica la presa. De tales lodos, tales tempestades.
Un salteño precursor del nacionalismo y de la frustración del 30
El Dr. Carlos Ibarguren Uriburu, salteño emparentado por los Castro con los Güemes, Uriburu por su sangre materna, conspicuo integrante del Uriburismo septembrista (interventor federal en Córdoba, el 12.9.1930), es parte esencial de esta pléyade de escritores que impulsan la evocación de la Patria Vieja. Es el puente entre Salta y Buenos Aires, entre el nacionalismo salteño y el bonaerense. Su obra: “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo” (1930), así lo demuestra. Es parte de una elite conservadora, precursora del nacionalismo. En su libro: la inquietud de esta hora (1934), apoya el fascismo que recorre Europa contra el liberalismo y el socialismo. Proponiendo críticas y alternativas, apoya al Cnel. Perón (1943/1945), y su Presidencia (1946 /52); la nacionalización de la Banca, y la reforma constitucional son sus temas más notorios. En su libro: San Martín íntimo (1950), interpreta al Libertador en su pensamiento y acción política. Allí corta lanzas con el Mitrismo, imperante en La Nación (tribuna de toxina al decir del P. Leonardo Castellani). La conspiración del silencio cubre su obra patriótica.
En Salta, dadas sus diferencias con el Dr. Robustiano Patrón Costas y epígonos, es silenciado en el ambiente conservador. En el país cosmopolita, liberales, socialistas y comunistas, lo detestan. Su apoyo al peronismo es ignorado por los justicialistas. Ser tradicionalista, conservador y nacionalista, es un pecado imperdonable. Casi tan odioso, como ser populista.
En La Historia que yo he vivido (que es leída por todos sus adversarios y enemigos), evoca la “invasión” de Felipe Varela, con nostalgia familiar: “(…) Mi tía doña Rosaura Castro de Güemes, esposa de mi tío Luis Güemes Puch, fue amenazada de muerte por uno de los forajidos que le apuntaban con su trabuco; entonces ella exclamó: ¡No me mate, soy la hija del general Güemes! Ante este nombre el asaltante, desconcertado, desistió de su criminal intento, y se limitó a exigir se le entregaran un par de botas y otros objetos que vio en la casa. La llegada de las tropas provinciales al mando del coronel Martín Cornejo obligó a huir a la montonera que fugó rumbo a Bolivia”.
En este relato histórico nos pinta con veracidad familiar, el respeto del gaucho a la memoria de Güemes. Es por cierto, una visión criolla, sobre esta montonera federal, guardada en la memoria de un protagonista de la dirigencia nacionalista. Vuelvo al tiempo de la independencia, como hilo conductor del pensamiento de Carlos Ibarguren. Güemes asume la gobernación de Salta (1815), apoyado por los pudientes y el gauchaje. La autonomía de su gobierno ante Buenos Aires, está respaldada por la unión social de los salteños, y norteños. La que dará sus frutos, en el Pacto de los Cerrillos (22.03.1816), pacto preexistente de la unión nacional para la Independencia Suramericana. Don Carlos Ibarguren no estaba lejos, en su esperanza patriótica, de lograr una raigal interpretación de la historia de la Patria Vieja. Los libros de Lugones y de Ibarguren son incomparables, imprescindibles, para rastrear huellas perdidas, y arriar sueños olvidados. Otros libros siguen las huellas del galope heroico.
El Círculo Militar, a través de la Biblioteca del Oficial, en 1933, edita: “El General Güemes, su actuación en la guerra de la independencia y su justificación ante la posteridad.” (1806 – 1807) del Gral. de División (R.A) Ricardo Solá. Este lo dedica: A la memoria de mi padre, el Coronel Juan Solá, gran admirador del General Güemes. Su esposa: Ana Fleming, en actitud generosa y patriótica, es la donante del terreno donde se levantará el Monumento a Güemes.
Como contrapartida, se publican las “Memorias de Dámaso de Uriburu 1794 – 1857” (1934). Un comentario en el diario “La Nación”, en Julio de 1935, expresa: “(…) El culto por los antepasados, que indujo años atrás a D. José Evaristo Uriburu a escribir la historia del General Arenales, lo ha llevado ahora a exhumar de los archivos familiares las memorias de otro de sus mayores y darles la difusión del libro.”. Es importante investigar el papel cumplido por Dámaso de Uriburu, enemigo del sistema güemesiano, después de muerto Güemes. Su relación con los intereses mineros en el Alto Perú, y su asociación con los ingleses, en empresas de explotación minera. Puede esclarecer el accionar del Imperio, a través de las logias, para separar la actual Bolivia de la Argentina. Es menester, para comprender la influencia de los precursores de este movimiento histórico revisionista, al cual llamamos nacionalismo, comprender profundamente, como patriotas, el papel cumplido por el poeta Leopoldo Lugones, el más importante de esos tiempos; y a ese escritor notable, conocedor de la historia del País de los argentinos, que fue el Dr. Carlos Ibarguren Uriburu, nacido en el seno familiar y provincial, de la Patria Vieja. Que la tierra quiera salvarlos del olvido, por los años que en ella han servido.




