Martín Miguel Güemes Arruabarrena
Allá lejos, y hace tiempo (250 años), tuvimos una gran nación hispano americana, con costas en el Pacífico, es el Virreynato del Perú, creado en 1542, el cual fue dividido el 27 de Julio de 1776, en Virreynato del Río de la Plata (tomando la parte sur); esa división al parecer (según historiadores de nota y sus seguidores), fue realizada por los Borbones, por conveniencias del momento, como ser: los obstáculos producidos por las distancias, que dificultaban el buen control de la administración pública. La burocracia virreinal como excusa “estratégica” de la Monarquía borbónica, contraria a la posición esgrimida por la Monarquía de los Austria, fundadora del Imperio Español, donde no se ponía el Sol. Sin olvidar las tensiones que forjaría esta división, también podemos esgrimir otras razones estratégicas, dado el asedio pirata y corsario, al territorio hispano americano, llevada a cabo por el Imperio Británico. Formidables luchas, se produjeron en esos años. Olvidadas por nuestra historia.
Los antecedentes históricos originales de esta creación hispánica, podemos encontrarla en el Imperio Incaico, en 1470, en una región que denominaron: Tawantinsuyo, a la cual dividieron en cuatro regiones, a la cual llamaron: Chinchasuyo NORTE, Continsuyo al Oeste, Antisuyo al Oriente, y Coyasuyo al Sur. Este imperio hidráulico, de notable previsión social para sus habitantes, dominaban el Pacífico, antes de la llegada de los Conquistadores españoles. La dominación del Incario por Hernán Cortés y sus tercios españoles, nos lleva a la creación posterior del Virreynato del Perú. El cual, fue también dividido en Virreynato del Perú, y Virreynato del Río de la Plata. El primero recostado sobre el Pacífico, el segundo sobre el Atlántico. La creación borbónica de un gran fuerte militar, tenía ambos horizontes de sal.
Creado en 1776, el Virreynato del Río de la Plata, fue un bastión continental. Obra estratégica del militar español don Pedro Antonio de Cevallos, oriundo de Santander, quien contuvo y derroto a los Lusitanos, y a los Británicos, combatiendo el contrabando, y las invasiones a territorio hispano americano. Por lógica consecuencia de su accionar militar, convertido en conductor de la unidad rioplatense, fue su primer Virrey, y la guía imperecedera de una geopolítica olvidada e ignorada por las actuales generaciones argentinas, y por sus representantes en el poder nacional. Esta nueva unidad territorial, fue la que añoraron en 1816, los congresales y los libertadores. De tales ramificaciones, tal árbol histórico.
El Imperio español dominó 400 años estos territorios, venciendo sucesivas sublevaciones indígenas, las cuales fueron sofocadas a sangre y fuego. La última confrontación general, fue la protagonizada por Tupac Amarú, a fines del Siglo XVIII; fueron años de liberación aborigen, que culminó en el salvaje descuartizamiento del “indio”, sentenciado a muerte por el absolutismo español. Sin dudas, el Caudillo incaico, fue precursor de la independencia suramericana. Después, en el Alto Perú (actual Bolivia), se producen los movimientos libertarios e independentistas, tales: el 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca, primer grito de libertad, con consecuencias en La Paz, donde se declara la independencia. Sus cabecillas fueron ahorcados, pero la tea que dejaron encendida, no se apagó jamás. Los criollos (españoles americanos), condujeron estos movimientos de libertad e independencia. Los mestizos e indios, combatieron bajos sus órdenes. A pesar de la derrota, este movimiento Alto Peruano de libertad e independencia, se trasladó a Buenos Aires (25.05.1810), y a Tucumán (9.07.1816), en esta úlitma, se declara la Independencia de la Provincias Unidas de Suramérica, Proyecto inconcluso en nuestro tiempo histórico. Ambos pronunciamientos, no pueden explicarse sin el marco histórico europeo (la invasión de Napoleón en España, la claudicación de los Reyes legítimos, y el levantamiento popular de independencia), y sin, los levantamientos aborígenes y criollos, contra España peninsular, el asedio lusitano y del Imperio Británico (1806 /1807). En Nuestra América fueron 15 años de luchas, de sangre, y desgaste humano y material. El objetivo fundamental de los Libertadores (San Martín, Belgrano y Güemes), fue conservar el territorio del Virreynato del Río de la Plata, y unirlo al Virreynato del Perú, tal el proyecto continental, que llamamos: Patria Grande Suramericana. San Martín, Belgrano y Güemes, no olvidaron nunca el Alto Perú, y el Bajo Perú, tampoco el legado del Imperio Incaico, y de las Misiones Jesuíticas. El mestizaje cultural, que protagonizó el Inca Garcilaso de la Vega, y sus Comentarios Reales de los Incas, fue asumido por los libertadores de pueblos. La Monarquía Constitucional temperada, en cabeza de un Inca, con Capital en el Cuzco, proclamado por Belgrano, fue una utopía creativa, que aún resuena en nuestra memoria, como posibilidad cierta de legitimidad para conservar el territorio suramericano. El cautiverio de Juan Bautista Tupac Amaru, en Ceuta, sus cuarenta años de prisión injusta, sus memorias escritas en Buenos Aires, son un testimonio de que el Inca de Manuel Belgrano existía, y era una posibilidad cierta de incorporar a los aborígenes a un proyecto sugestivo de vida en común, en américa del Sur. Lamentablemente, al terminar la guerra de “independencia” (1825), la prolongación de la misma, maquinada por influencias foráneas, provocaron la división de esa “Patria Grande” en estados independientes. Nos convertimos en países, dado el descuartizamiento del territorio INDO HISPANO AMERICANO. En países, que no podían bastarse a sí mismos, y que se ataron al Imperialismo anglo sajón. Como dicen: salimos de Guatemala (la dominación española), para entrar a Guatepeor (la dominación inglesa). El fantasma de Tupac Amarú, recorrió el continente. No olvidemos, que la lengua del Caudillo fue cortada delante de su familia, la cual también fue asesinada. Ese símbolo sangriento, con el tiempo, se asemeja a la lengua de los memoriosos, de los historiadores, que no nos hablan del veneno que se esconde en las entrañas del cadáver de nuestra unidad suramericana. La tarea inconclusa del proyecto de unidad de nuestra declaración de independencia de las provincias unidas de Suramérica, es lograr la unidad cultura, política, económica, para constituirnos en los Estados Unidos de la América del Sur.
La unidad material, sin las fronteras actuales, parece imposible. Sin embargo, entendemos que la política es el arte de hacer posible lo imposible. Para ello, es preciso contar con utopías creativas, con próceres como Belgrano, el político por excelencia de nuestra Patria Grande, constructor de puentes para la unión nacional, intelectual de fuste, que por patriotismo también fue militar, por su disciplina, subordinación y valor a los ideales del patriotismo vigente.
El Cardenal Jorge M. Bergoglio, en su libro: “Educar, elegir la vida. Propuestas para tiempos difíciles” (Ed. Claretiana, julio del 2004), en su capítulo ser creativos para una esperanza activa, escribió: “Belgrano, un creativo en la historia argentina”, afirmó: “(…) Su influencia en los albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone; y por ello puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de incertidumbre pero también de desafío; “como se hace para poner cimientos duraderos en una tarea de creación histórica”. Por cierto, también reconoce que Belgrano vivió en una época de utopías. La nación suramericana por construir, exige utopías, pensamiento y compromiso. Justamente lo que asumió San Martín, el estratega militar de la Patria Grande. Quien salió a libertar pueblos, no a conquistarlos. Quien se negó a desenvainar su espada por partidismos políticos, y sociales. Todo en función del partido americano, se negó a la tiranía de los intereses creados por los vivos de la fuerza.
Para ponernos la Patria al hombro, construyendo un camino de esperanza, basados en la memoria con raíces, pensamos en el galope heroico de Güemes, sus oficiales y milicias gauchas, forjando la epopeya del norte argentino. La soledad de la misión sanmartiniana, que construye la fuerza de la gloria. En este tiempo de agravios, de vuelos gallináceos, de revolcarnos en el charco de nuestras propias impotencias, es preciso reducir la noción del enemigo, del adversario, a dosis homeopáticas, aprender a comprender al compatriota, a compadecernos con su dolor, y a construir caminos para forjar la Patria Grande. El mandato de futuro, que nos viene desde el fondo de nuestra historia, es nuestra independencia de España, y de toda dominación extranjera. La forja de ayer, alimenta el fuego de hoy, aparentemente apagado, adormecido en la siesta localista, y porteña, de un individualismo sin destino manifiesto. Las divisiones de ayer, de nuestro territorio, son el error nefasto, que bien aprendido, debería llevar a superar esas antinomias que construyeron hombres interesados y egoístas, que construyeron estatuas con pies de barro, de aquellos que aceptaron favores con perjuicio de nuestro país. El legado de nuestros padres, no puede ser vendido al mejor postor, y nuestras leyes deben estar sustentadas, en bien de nuestros compatriotas, y de nuestra Patria.




