Reseña de “Tartagal Ñaupa”, de Marta Juárez, publicado por la imprenta Juana Manuela en 2022. El libro de la antropóloga nacida en Tucumán pero radicada en el norte de Salta, aborda la historia de Tartagal desde sus inicios hasta la década de 1920-1930.

La primera página de este libro nos dice que la intenSión de la autora (así, con s) es hacer a los lectores depositarios de la historia de nuestro pueblo. Tartagal, cuna de la ciencia ficción menemista y de las convulsiones sociales más relevantes de principio de este siglo, tiene entre sus asignaturas pendientes una revisión definitiva (y crítica) de su historia: lo fundacional (en Tartagal el Día del Escritor, 13 de junio, siempre pasa desapercibido porque la atención está centrada en el santo patrono, cuando bien podría celebrarse el 25 de septiembre, fecha en que se firma el decreto de su primera Comisión Municipal), el diálogo entre las comunidades ancestrales y sus abusadores patrones criollos e inmigrantes, la repetida oda a los tiempos de bonanza petrolífera y la prejuiciosa demonización de su época moderna. Tartagal ha tenido varios autores que han intentado reconstruir, a través de una sinuosa investigación muchas veces trunca, esa línea temporal para entender el ser y la identidad de este pueblo que juega a ser ciudad: Alejandro Pojasi, Leoncio Rioja, Gregorio Torres, entre otros. Una coincidencia entre todos ellos, y también en “Tartagal Ñaupa” de Marta Juárez, es que centran toda su narrativa histórica en la escenografía fundacional con el ferrocarril como punto de inflexión, mientras que el tono catastrófico de esta perspectiva sociológica y tal vez localista, ubica a YPF como el fin de esa historia. No es casual que la mayoría de los historiadores locales se concentren en el mismo lapso de tiempo, para hablar de las mismas cosas, la misma descripción repetida de las comunidades originarias y del naturalismo bucólico, y los mismos errores de ortografía, edición y diseño.

“Tartagal Ñaupa” (un conjunto de ensayos y narrativas históricas que incluye fotografías y entrevistas a pioneros y viejos residentes, cuenta con 140 páginas, publicadas en papel obra blanco de 80 gr. por la imprenta Juana Manuela de la Ciudad de Salta) tiene un total de 717 errores (setecientos diecisiete faltas de ortografía, errores de puntuación, tildes faltantes, signos de interrogación y admiración incompletos, dobles espacios, vocablos mal redactados y un gravísimo problema con las mayúsculas mal ubicadas) (además, los errores de edición incluyen saltos de página erróneos -en pares e impares-, notas al pie de página mal escritas, fotografías que intervienen modificando la caja de texto generando oraciones truncas, hasta el texto de contratapa donde se citan las menciones honoríficas que la autora ha recibido a lo largo de su carrera).

Marta Juárez nació en Tucumán, pero desde temprana edad reside en el Departamento San Martín. Es Licenciada en Antropología y su tarea como historiadora tiene como nexo principal la tarea periodística: en los primeros años del 2000, fundó la publicación “Norte del Bermejo”, un portal informativo que después pasó a soporte físico: antropología, literatura, historia y noticias. Es por ello que la autora, en su libro, recupera la información histórica con la minuciosidad del periodismo, que precisa de datos fehacientes, muchas veces devorados por el paso del tiempo. Un ejemplo de ello es la fotografía que hace de portada: cuando se erigía en tiempo real el monumento a San Martín en la plaza que actualmente lleva su nombre. Entonces la estructura del libro, dividido en tres secciones o capítulos (“Tartagal y sus riquezas naturales”, “Habitantes originarios” y “Esa forma de ser del tartagalense”), busca establecer una coherencia entre el territorio (su geografía, su misticismo, lo devastado) y lo humano (el hambre y la sed, la corrupción y el ser argentino en el interior del interior).

Marta Juárez es, además, la encargada de confeccionar las “Efemérides de Tartagal”, que aparecen cada mañana en la fanpage oficial del municipio: se consignan hechos relevantes para el desarrollo de lo que entonces era un caserío lleno de mosquitos (sic), fechas institucionales y chusmeríos propios del pueblerino que no serían exactamente efemérides sino rabietas de quienes buscan trascendencia (como el hecho de declarar -por sí misma, por su propia pluma o decisión editorial- el cumpleaños de la propia autora como Efeméride Municipal). Entonces “Tartagal Ñaupa”, en tanto términos utilitarios y funcionales a la institución y lo académico, puede entenderse como eso: un conjunto de efemérides y refritos históricos para consulta de estudiantes de primaria. Pero no.

Hay algo más interesante en el libro de Marta Juárez, a pesar de los cientos de errores que hacen difícil e incómoda la lectura: con esa perspectiva aguda que ofrece el periodismo independiente, este libro no es sólo un repaso y la añoranza de las décadas pasadas, sino que también dedica páginas a repensar el presente de acuerdo al pasado: la denuncia y la formulación crítica tienen un gran lugar en este libro con dos problemáticas aún actuales: el agua y la tierra. Mientras estoy escribiendo estas líneas, el centro y otros barrios de Tartagal no tienen agua hace un par de días, y siguen los cortes de ruta de comunidades que reclaman vivienda y cloacas. Leer la historia es leer también nuestro presente.

“El petrolero ypefiano pensaba así porque sus abuelos y los padres, todos eran empleados de la empresa. Eso los llevaba a creer que todas sus generaciones serían ypefianas y que se seguiría así eternamente. Por eso, cuando comenzaron los rumores de que YPF se iba a cerrar, nadie lo creyó. Recuerdo que los combativos, luchadores de todos los tiempos, convocaban a asambleas, y allí iba la gente, menos ypefianos, o muy pocos. En las manifestaciones de las calles no se los veía. Seguían en la comodidad de sus casas acariciando el sueño del bienestar eterno”. (“Nacimiento y muerte de YPF”, página 99. Párrafo corregido por MF para esta nota).

Este párrafo me resulta interesante particularmente porque describe a la perfección un aspecto preponderante del ser tartagalense: caminar de espaldas para ver quién te sigue, dándole la espalda al presente y de frente al pasado, rememorando todo ayer que fue mejor, nos convierte en ciudadanos mutantes, foráneos de nosotros mismos, afincados en la ilusión de que un apellido o condición social son garantía de una identidad completa. En esa ilusión, en lo que Juárez denomina “sueño del bienestar eterno”, es en donde se dinamita todo paisaje posible. Actualmente, Tartagal tiene más de 177 mil habitantes, y el paisaje natural o semi urbano que hoy improvisa se detiene frente a cualquier signo de evolución. La autora del libro habla de penetración cultural y aculturación, sobre todo en los textos dedicados al análisis actual de la situación en que se encuentran las comunidades originarias del Departamento San Martín: básicamente las mismas inquietudes existencias que hace siglos.

“Hoy ya no quedan casi algarrobos, y la chicha y la aloja han sido reemplazadas por el alcohol. El canto del pim pim, el baile nativo, por la cumbia, y los mensajes de los tambores por los celulares que usan los dirigentes que ha encumbrado el poder político para poder manejarlos. Los wichís matacos han entrado sin dudas en el último tramo de un camino sin retorno”. (“El calendario de las cuatro lunas”, página 110. Párrafo corregido por MF para esta nota).

Aunque parezca un tono condenatorio, casi apocalíptico, sobre el destino de las comunidades ancestrales, es en realidad un llamado de atención para preguntarnos qué lugar ocupamos nosotros, supuestos dueños libres, en su cosmovisión. Si bien “Tartagal Ñaupa” y su muy necesaria publicación para incrementar la bibliografía producida sobre la historia de Tartagal, puede ser leído según un carácter escolar (eso de creer que la literatura es solamente “material de consulta”), hay mucha más denuncia y llamado a la acción. En la introducción, Marta Juárez detalla que este volumen abarca “las etapas que van, antes de 1924, sus habitantes, sus modos de vida, la llegada de los invasores blancos, y las décadas fundamentales para el inicio de la nueva etapa de Tartagal, de su historia, que son 1920 y 1930. En un próximo libro continúo con las décadas siguientes”.

Esperemos que, cuando ese próximo libro llegue, esté apropiadamente corregido, revisado y editado. Basta de libros de profesionales que escriben con s en lugar de c.

(*) Mario Flores (Tartagal, 1990) es escritor y editor. Recibió el Premio Literario Provincial de Salta (2018), el Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural (2021 y 2023) y la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021 y 2022). Ha publicado las novelas “Hikaru”, “Cacería” y “El poder de los elementos”, todas a través de Editorial Nudista. Ha sido prejurado del Premio Storni del Ministerio de Cultura de la Nación y jurado en los Juegos Culturales Evita 2021. Desde 2018 dicta el Taller de Literatura & Cine, y actualmente el Taller de Poesía Argentina.