Sobre La jugadora de pádel, de Fabio Martínez (Editorial Antipop, 2025)

 

Por Mario Flores

 

 

En la literatura de Fabio Martínez hay picos y hondonadas reconocibles: si Los pibes suicidas se mantuvo -hasta hoy- como una de las novelas más necesarias de la Salta contemporánea y alternativa del guión oficial, el procedimiento completamente diferente al posicionamiento de escritura que llevó a la confección de La asombrosa laguna del cielo, decididamente juvenil y emparentada con rincones más luminosos que el realismo velocista cargado de referencias a un pasado tan reciente como hostil: el paisaje se recupera con otras connotaciones, el narrador se involucra aunque no se entromete (la Capitana le contó la historia, él prometió que la escribiría algún día), y en ese juego del desdoblamiento y la apuesta por esa voz que supo narrar con destreza a velocidad crucero, aparece La jugadora de pádel. Novela corta o cuento largo, libro de bolsillo que inaugura una colección en su propio sello, Editorial Antipop, pequeño pero pesado, ligero pero contundente. No son palabras que no se hayan utilizado anteriormente a la hora de hablar sobre las novelas de Fabio Martínez (en especial Los pibes suicidas o El grupo antipop del norte argentino), y como los antecedentes sobran, es fácil citar esos tres momentos.

  1. “Yo vuelvo a Tartagal a través de la literatura”. Entrevista en La Gaceta, noviembre de 2014 (o sea, entre la publicación de Los pibes suicidas y el Premio Literario Provincial de Salta por Dioses del fuego y otros relatos). La fuerza de la cadencia narrativa reside en la articulación de una evocación que huele a piquete y cambio de siglo, a pueblo de literatura que cobró vida propia a pesar del pueblo verosímil (o el del mundo real). Los cuentos de Fabio por ese entonces son sonámbulos y decadentes, sus panoramas citadinos son la trastienda de la hostilidad y el descubrimiento del horror: acostumbrados a vivir en el límite de la humanidad, los personajes como el Abuelo o los protagonistas de “Llueve en Tartagal”, tal vez el docente de “El suplente”, viven la narración como un camión que les pasa por encima. Claro que aparece Tartagal, sus improvisaciones y enchastres históricos, pero a pesar de su violencia genética, Fabio Martínez inaugura lo que ayudará a posicionar a Salta en un plano mucho más interesante que las coplas y las asociaciones de poetas: el desenfado del narrador. Con soltura y naturalidad, construye la obra que servirá como lectura casi obligatoria para entender el norte argentino y, a la vez, desacralizar la falopa literaria donde el soundtrack de esta vida es Él mató a un policía motorizado y no La Bersuit. Recupera pero no rememora: la implosión de la historia se transmite en la sangre. Eso: la etapa sanguínea.

 

  1. “Que la ficción sirva para que la gente soporte estos momentos terribles”. Entrevista en Página 12, noviembre de 2020 (o sea, luego de publicar En el día de la primavera y antes del Premio Literario Provincial de Salta por La asombrosa laguna del cielo). Docente de lengua y literatura, Fabio Martínez convierte aulas en laboratorios de lectura y escritura: son variadas y encantadoras las historias sobre el autor y sus alumnos (el relato que da pie a “El amigo de Franki Porta”, tomado directamente de un estudiante, o “La novia de Goku”, narrado a partir de una adolescencia escolar cerrada). Es decir, el autor está acostumbrado a convivir entre historias y operaciones del lenguaje que, como disparadores de una escritura mental y notarial que excede la charla o la anécdota de asado, compone una pericia en la tonalidad y la correspondencia: todos los libros de Fabio Martínez son, en efecto, libros de Fabio Martínez. Es imposible no reconocerlo: no la reiteración, sino la conversación. Cuando la primavera se hace presente, cuando lo generacional impacta de tal modo que no está “adecuando” el texto para que lo lean adolescentes sino que está “leyendo” esa escritura según aquel universo, el recurso de lo sobrenatural corre en su última versión. En esta etapa, el horror y el vértigo reemplazan el estallido social exypefiano de las narrativas del dosmildiez: ahora son los miedos cárnicos y atávicos los que generan la tensión. El premio Oscar Montenegro (línea dedicada exclusivamente al género infantil y juvenil) es el que recibe Fabio por La asombrosa laguna del cielo, novela dedicada “a los pueblos originarios de Tartagal, que por mucho tiempo no supe apreciarlos ni comprenderlos”. Es entonces, una escritura de reencuentro: no vuelve a Tartagal a través de relatos para enmarcar memorias biográficas, sino que recurre a lo ancestral para contar lo actual. Marcada por esta etiqueta de lo juvenil, no es la etapa de literatura adolescente, vamos a decir: la etapa del reencuentro.

  1. “La jugadora de pádel es mi novela más cordobesa”. Entrevista en La Gaceta, septiembre de 2025. Y es que viviendo más de 20 años en la capital cordobesa, Fabio Martínez comenzó -y sigue- editando en dicha provincia. Somos dos los salteños que participamos en el FILBA 2025, pero no cabe duda de que Fabio Martínez estaba representando más a Córdoba que al chaco salteño: el primer capítulo de La jugadora de pádel avanza sin ripio; acostumbrado a la primera persona del singular que hace equilibrio temporal sobre los vaivenes propios de una historia bien contada, sin estiramientos borrosos ni ornamentos propios del monólogo soft de los diarios, la jugadora de pádel recompone guita y cuerpo (¿son lo mismo?). En la entrevista, el autor es tajante: “Quería dejar por un tiempo el universo adolescente”. No podría evitar separar esta novela de otros libros aceleracionistas que tratan sobre dobles vidas y engaños amorosos, pero también sobre el cuento del trader, cuya actualidad exige maestría para no caer en lugares comunes copiados de wikipedia. “Este año me como el mercado”, “Es el momento para generar renta”, “Conmigo te vas a hacer millonaria”, “El spread está por las nubes”. La jugadora de pádel se engancha tanto del discurso vacío como del vacío existencial: se aferra a la nueva raza a la que siente pertenecer (“Ahora andaba de zapatillas, de remera de pádel, de short o pollera, había cambiado la cartera por una mochila […] Era otra, el pádel me había convertido en una mujer diferente”); deporte de la representación menemista como pocos, la práctica del deporte pasa a segundo plano, y lo que importan son los diálogos del tercer tiempo, los códigos estúpidos de todo grupo o lo estúpido de cualquier código grupal, las risas de mierda entre policías y novias, entre profesionales y gordos amateurs. Allí, en los costados de la cancha, se trama la historia en detalle: la estafa y la ficción, pero también el repaso de aquello que se rompe para siempre. La jugadora de pádel tiene un diálogo indirecto con su padre muerto que hace las veces de ángel y demonio sobre sus hombros: es también la novela una historia subrepticia de lo familiar (del 2001), mientras que la capa superior es puterío de cornudos. Algo más escapa a la primera lectura que, rápida como gacela, se termina antes de que se logre respirar. 114 páginas de pura elucubración sobre dónde se esconden estos hijos de puta, los de la generación de apuestas online, que un día desaparecen de la nada. Incluso Pablo Natale, en la contratapa del libro, aclara que Fabio Martínez le confía que esta novela es en parte algo que escuchó en la cancha, de boca de una jugadora, y en parte invención suya, pero que no le dijo cuál parte era cada una. ¿Y qué importa? La etapa de ¿se puede estar tan bien en un momento y tan mal al instante? Eso pregunta la jugadora de pádel, y solita se contesta que sí. Claro que sí.