Imposición de La Felicidad

 

Por Elio Daniel Rodríguez

 

En las redes sociales, ese espacio donde el ser humano de nuestros días acostumbra exponerse a la mirada de sus semejantes, son abundantes los rostros que trasuntan lo que muchos no dudarían en identificar con aquello a lo que podría definirse como alegría, goce o satisfacción, pero que suele asociarse a cierta idea –no demasiado clara ni tampoco profunda– de “felicidad”. ¿Qué hay, en verdad, detrás de eso que tantos muestran de sí mismos y de sus vidas? 

Sería, tal vez, conveniente expresarlo recurriendo a algunos ejemplos que seguramente muchos asociarán a una imagen vista o, tal vez, ofrecida al ocasional público. Aquellos que posan con abundantes cortes vacunos junto al asador con cierta actitud confiada, los que miran con serenidad desde una playa –paradisíaca o no tanto– a la cámara de su celular o los que exponen al escrutinio público la llave del 0 Km entre las luces y brillos de una concesionaria, no hacen otra cosa que comunicarnos su dicha. No está mal. Eso no es criticable per se. Reiteran un modelo usado infinidad de veces por otros y exponen sus logros o momentos agradables al juicio de una multitud de amigos y parientes, conocidos, poco conocidos y hasta desconocidos. Ahora bien, si acaso eso que exponen es, como generalmente se entiende, felicidad, es algo distinto. 

Sin intentar ahondar por ahora en el significado de la felicidad, por lo común, lo que allí se presenta como tal cosa parece no ser más que una compilación de momentos asociados a logros materiales, entretenimiento o diversión, como una máscara sonriente que cubre un enigmático rostro del cual casi no se descubre nada más que su intención de manifestarnos algo exterior, palpable y superficial ¿Qué hay en el interior, inasible y profundo? En todo caso, sería interesante siquiera saber por qué acontece tal situación. 

Parece usual que eso que cada uno identifica como “la felicidad” se construya en la actualidad no tanto hacia adentro sino hacia afuera del individuo. Porque lo que hoy se entiende como aquello es, ante todo, algo visible, expresable, observable. Sibilia (2008, p. 129) señala, a propósito de esto, que la imagen que se ve de lo que es cada uno puede y debe “cincelarse con el fin de adecuarla a los modelos de felicidad expuestos en los medios”. Considerándolo así, no es extraño entonces que el individuo se trate a sí mismo como una escultura que va conformando según el modelo social imperante, en este caso de felicidad, y cuya referencia más concreta, básicamente, está constituida por los medios de comunicación actuales. 

Naufraga de ese modo aquel “sé tú mismo”, repetido antes hasta el cansancio, en las aguas poco profundas de formas y modos ajenos en principio al propio sujeto, pero que éste asume como propios e incuestionables.

“Ser feliz” se presenta como uno de los más importantes preceptos de estos tiempos. Es una suerte de obligación. Parece un mandato bicéfalo, en el que por un lado asoma la idea de la felicidad como objetivo ineludible y por el otro la necesidad imperativa de exponerla ante los demás. En realidad, como examinaremos más adelante, lo constitutivamente intrínseco del momento es lo segundo, esto es, la exhibición de esa felicidad, que resulta, fundamentalmente, solo en apariencia. 

Las doctrinas que consideran a la felicidad como “soberano bien” se conocen con el nombre de eudomonistas y el término eudomonismo era ya “empleado por Aristóteles en un sentido muy parecido” (Ferrater Mora, 1951, p. 308). El inconveniente, una vez más, es definir qué se entiende por felicidad de manera unívoca. Y ante la complejidad que implica conceptualizarla y definirla, el individuo contemporáneo parece haber dejado en otras manos la responsabilidad de decidirlo. 

En la sociedad dominada por la idea de la felicidad como principio y fin supremo, cosas tales como el sacrificio, la solidaridad, la abnegación y el deseo de trascendencia van perdiendo sentido. Tiende a sucumbir el sujeto considerado en su interioridad espiritual y se refuerza ese yo exterior que debe y quiere mostrar una vida plena, sonriente, exitosa, pletórica en bienes materiales y socialmente exuberante de actividad. El afuera importa, sobre todo, solo en la medida en que sea materia prima para la felicidad y escenario donde ponerla de manifiesto. Lo que de verdad le interesa al sujeto es, sobre todo, satisfacer ese yo hedonista, que se va apoderando de él, y “su” felicidad. 

No obstante, al tiempo que ser feliz se revela como una obligación, la exposición de lo que, en definitiva, muchas veces parecería ser solo una pose o una cáscara de felicidad, se transforma en algo determinante, atinente en alguna medida a la supervivencia social del sujeto. O así se lo cree advertir en muchas ocasiones. La expresión del dolor se vuelve censurable y refuerza la vulnerabilidad de su autor. Parecería no ser aconsejable mostrar debilidad ni tristeza ni turbación; posiblemente nadie acuda en ayuda del desafortunado. E incluso es probable que muchos lo desprecien o simplemente lo ignoren. Pertenecer –o, quizás, también “ser”– implica ahora mostrar credenciales de felicidad. 

La necesidad insaciable de presentar a los demás una apariencia feliz funciona, en buena medida, como motor del apetito consumista. La rendición ante un mundo de necesidades prefabricadas y la aceptación de un reino donde lo que se ve es tan importante, lo más importante o lo único importante, tal vez, sencillamente, puedan explicarse en el hecho de que la felicidad se ha convertido en una imposición. Y como lo que es impuesto en este caso no presenta el aspecto ni de dolor ni de sufrimiento ni de pesar, el sujeto acepta mansa y alegremente esa imposición. La acepta con felicidad. Hasta parece lógico: ¿acaso cuántos podrían estar en contra de que les sea impuesta la felicidad? 

No obstante, esta imposición de la felicidad implica para los individuos, cada vez más, un sacrificio creciente. En aras de satisfacer la demanda que conlleva, entregan tiempo y dinero, consagrándose a eventos multitudinarios, conciertos de rock, spas o transatlánticos, autofotos en selvas, desiertos, cumbres montañosas o mares tropicales y maratónicas sesiones frente a un televisor viendo series de moda que los atrapan, literalmente. El sujeto contemporáneo es un sujeto apresado en su propia coraza, que, en buena medida, trata de hacer inexpugnable. Pendiente ante todo de su sola felicidad, se va olvidando de la angustia del resto y se va haciendo insensible a la tristeza o a la congoja ajena. 

Jonathan Crary (2015) describe el intento de encontrar desde la ciencia, a partir del estudio de una especie de ave conocida con el nombre de “gorrión blanco coronado” –que en sus migraciones no duerme durante siete días–, formas de reducir la necesidad humana de sueño para la creación de soldados que puedan desarrollar acciones sin dormir durante un tiempo que vaya más allá de los imperativos biológicos humanos. 

Como es bien conocido, la guerra y sus desarrollos científicos y tecnológicos son muchas veces, con el correr del tiempo, utilizados en la vida común y corriente de las personas. La disminución del sueño de la gente, que no solo buscaría la industria militar sino, potencialmente, el moderno capitalismo del siglo XXI, haría posible, entre otras cosas, un consumo ininterrumpido, las 24 horas del día los 7 días de la semana. 

Las posibles consecuencias individuales y sociales que tales intentos, de concretarse, pudieran acarrear no están entre las preocupaciones centrales de quienes piensan al ser humano solo como un Homo consumitor. Para Crary (2008, p. 10), el soldado insomne podría ser la antesala del trabajador o consumidor insomne, insomnio que sería promovido agresivamente, además, por compañías farmacéuticas, y que se convertiría primeramente en una opción de estilo de vida, y eventualmente, para muchos, en una necesidad.  

Pensándolo en esos términos, podría suponerse que situar a los seres humanos ante la necesidad de una frenética búsqueda de felicidad o, por lo menos, de algo que se parezca a su fachada exterior, no sería más que otra de las estrategias con las que se buscaría seguir ampliando las fronteras del consumo. 

Se nos vende “felicidad” porque, así como el sueño es, en la mirada del mercado, “improductivo”, también lo es el ser humano conformado con lo que le toca en suerte y feliz de ser lo que simplemente es. El capitalismo posindustrial necesita consumidores cada vez más insaciables y la promesa de felicidad es una estrategia de indudable eficiencia para vender casi cualquier cosa. 

El dolor espanta, la aflicción asusta, a la muerte ni se la nombra y su simple enunciado se evade con hábiles metáforas. Es la felicidad lo que se impone –como un nuevo grito de la moda– y se consume. Por eso, cada vez se observa más medicalización de la tristeza y compra en cuotas –o de contado efectivo– de lo que se da a entender que constituye una vida feliz. Hoy, la búsqueda de felicidad interior –una suerte de especie en extinción– configura una nueva forma de resistencia como podría serlo el simple hecho de dormir en un futuro quizás no muy lejano. 

Lo que la felicidad signifique para el individuo contemporáneo es algo, no obstante, difícil de enunciar. Se la asocia muchas veces con cierta idea de éxito en la obtención de logros tangibles, vinculados asimismo a un criterio hedonista que busca el placer y evita el dolor. Ese éxito se vincula básicamente con poderío, bienestar o al menos tranquilidad económica y se expresa en cosas tales como lujos diversos, viajes a lugares lejanos y, en lo posible, fiestas reiteradas e intensa vida social. Prácticamente hemos olvidado ya que casi siempre se es feliz sin saberlo. 

Hoy, además, no es admisible ser feliz y estar serio. El mandato es mostrarse feliz. Porque la felicidad, más que un estado interior, se concibe actualmente como una exteriorización y muchas veces, también, como una exaltación de los valores de la sociedad de consumo. Dice Lipovetsky que la seriedad, como así también la muerte, parecen considerarse hoy temas tabúes (1986, p. 151).

Otro de los rasgos que caracterizan la idea de felicidad asociada al consumo está constituido por un carácter marcadamente cíclico de la existencia, con periodos de vida, llamémosles, “ordinarios”, signados por el trabajo y otras diversas ocupaciones, y periodos “extraordinarios”, que se anuncian como propicios para la felicidad y en los que el sujeto se dispone particularmente a encontrarse con ella. No solo se pone de manifiesto cierto cansancio ante las obligaciones cotidianas de los tiempos “ordinarios”, sino que, además, el individuo contemporáneo contempla esos fragmentos “extraordinarios” de su vida como una invitación a la felicidad o, directamente, como una promesa para su consecución. 

Así, se espera con ansias el final de la jornada de trabajo, el fin de semana, el feriado, el fin de semana largo, las vacaciones o el tiempo de carnaval, de modo tal que los momentos para la felicidad se van disociando de los demás espacios temporales, como si fueran –o, hasta volverse– incompatibles. 

El telón de fondo, es el consumo de bienes y servicios, absolutamente prescindentes, pero que son presentados como ineludibles. No obstante, mientras a todas luces y por todos los medios posibles se promueve el consumo frenético, se alimenta desde los enunciados, contradictoriamente, la idea de sobriedad y moderación –reciclaje, economía circular, cuidado de la energía, etc.–. Los discursos suelen ser engañosos y, en algunas oportunidades, hasta cargados de cierta hipocresía. 

Ese tiempo que se espera con ansiedad, el tiempo extraordinario, es también, evidentemente, un tiempo de consumo. En muchas ocasiones, en procura de encontrar esa tierra prometida donde se halla la felicidad, se trabaja todo un año, reuniendo el dinero necesario, para salir de viaje de vacaciones 10 días, o 15. Parece pensarse –aunque, por supuesto, es lógico que muchos viajan por razones diferentes– que nada es demasiado si se ha de invertir en felicidad. 

Aunque curiosamente una enorme cantidad de esos viajeros, si se les preguntara, manifestarían seguramente no estar interesados en consumir sino en la experiencia vital, de hecho, consumen. Adquieren pasajes, pagan noches de hotel, hacen excursiones, comen en restaurantes… Y consumiendo, habrá quienes se consumen. En esa consumición de sí mismo, el ser humano de hoy, en numerosas ocasiones, presume de encontrar la felicidad. 

Vivir se transforma de ese modo en una suerte de experiencia dual en la que o se trabaja y produce o se descansa y consume. La vida como oportunidad para la felicidad entendida como sensación de plenitud, de satisfacción consigo mismo, de contemplación de la belleza del mundo, una vida en la que imperen la quietud y la serenidad, como el simple hecho de sacar una silla a la puerta de la casa para conversar con el vecino y permanecer también con él en silencio, eso va quedando atrás, si ya no lo está definitivamente. 

En los últimos tiempos de nuestra historia se ha operado un cambio importante: antes se consumía para satisfacer una necesidad y ahora básicamente se crean necesidades para que se consuma; Debord (1995, p. 27) sostiene que “el consumidor real deviene consumidor de ilusiones”. La vida moderna, señala el mismo autor, se ha transformado en una acumulación de espectáculos, donde lo que anteriormente era vivido directamente se ha convertido en una mera representación (ibid., p. 8). Para el pensador francés, “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediada por imágenes” (ibid., p. 9). 

Un conocido, al yo preguntarle por su viaje a la selva brasileña que había creído ver en una serie de fotografías publicadas en sus redes sociales, me contaba hace no demasiado tiempo que, en realidad, ese viaje no era reciente. 

– Lo que sucede –me dijo– es que cuando hago un viaje algo largo, no lo presento todo al mismo tiempo, sino que voy mostrándolo de a poco. La gente cree que vivo viajando, ¡y le gusta eso…! Le gusta ver que uno la pasa bien.

De alguna manera, parecería ser que el individuo contemporáneo termina por sentirse satisfecho no tanto por vivir situaciones o experiencias que lo ubican en el plano de la felicidad, sino sobre todo por esa pretendida imagen de la misma que logra presentar a los demás. Con ello se siente feliz, se percibe feliz. Se podría pensar que su propia apariencia termina por convencerlo también a él. En todo caso, es probable que tampoco sepa ni se interrogue demasiado sobre qué es o en qué consiste verdaderamente eso que llaman “felicidad”. Lo importante será seguir la receta preestablecida, en la que actualmente el consumo ocupa un lugar preponderante: ropa, viajes, experiencias, autos, productos, restaurantes, series… Ser feliz, para él, será sobre todo esa capacidad de integrarse al mundo consumible que se le ofrece, previo pago de crecientes sumas de dinero, y tal vez alguna dosis de picardía, como en el caso descripto anteriormente.

Así, la felicidad termina convirtiéndose, de alguna manera, en una imposición. No se trata en modo alguno de una imposición que recurre a la violencia; no hace falta violencia para imponer “felicidad”. Si para vivir verdaderamente la amistad hay que beber, si antes de morir hay que viajar y recorrer el mundo o ver 100 determinadas películas, si para estar “vigente” hay que poseer aparatos tecnológicos siempre novedosos, si es perentorio e impostergable conocer aquel lugar de moda o ese otro restaurante, si tal recital no se puede uno perder y a tal evento no puede dejar de asistir, entonces, la persona humana termina encadenada a su promesa de felicidad. Porque llega a la conclusión de que si no hace esas cosas su vida será algo semejante a un fracaso, o a un despropósito. Así accede a “comprar” cierta idea de felicidad, o, lo que casi parece darle igual, una determinada apariencia de felicidad.

En resumidas cuentas, la imposición de la felicidad –o al menos su apariencia– puede ser asumida como una inteligente estrategia de comercialización. Porque la idea de ella que se brinda en nuestro tiempo es siempre la de una felicidad paga, de contado efectivo o a abonar en cómodas y largas cuotas. Para esta poderosa maquinaria jamás será una opción la sencillez o la relativa quietud de una vida relajada. Al menos, no serán opciones para mostrar felicidad, lo que resulta en algo parecido a no tenerla.  

La filósofa eslovena Renata Salecl señala que “los objetivos de realización personal, éxito y felicidad que impulsan el capitalismo posindustrial han creado la industria del bienestar y un amplio abanico de emprendimientos de autoayuda” (2022, p. 174). En una entrevistada realizada por Luciano Saliche (2018), advirtió que “la ideología que promueve la felicidad aumenta radicalmente la infelicidad de las personas”. Ya volveremos sobre la infelicidad resultante de la búsqueda de lo contrario, pero antes detengámonos un momento en la cuestión ideológica. 

Por lo general, puede existir la sensación de que la búsqueda de la felicidad no solo parte de una espontánea vocación personal, sino que, además, es algo eminentemente intrínseco a la naturaleza humana. Pero una ideología es el conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad o época, o propias de un movimiento cultural, religioso o político, lo que nos conduce a pensar que, por lo menos en cierta medida, no se trata de todo lo espontáneo que cualquiera pudiera suponer, sino que más bien consistiría en una actitud forzada por determinadas circunstancias y entroncada en un cuerpo de ideas más abarcador. Por otro lado, como valor intrínseco, es notorio que hay otros que no adquieren en el mundo actual la visibilidad, promoción e importancia que tiene este. 

Indica Ferrater Mora (1951, pp. 463-464) que por ideología pueden entenderse dos cosas diferentes: o se trata del conocimiento filosófico centrado en torno al análisis de las “ideas” o se está hablando de la manifestación, a través de “ideas”, de la constitución interna de la sociedad, y, por consiguiente, resulta “menos una manera de conocimiento que una forma de ocultación”. Por lo tanto, teniendo en cuenta la apuesta evidente que, en general, las sociedades modernas hacen por la felicidad, existiría alguna cosa que se nos está escondiendo o que se enmascara para presentarla como algo que no es tal. Seguramente no hace falta que se repita aquí que eso que no se quiere dejar ver sería nada menos –y quizás, entre otras cosas– que un sutil mecanismo de generación de consumo y por lo tanto de ganancias. Ahora bien, ¿qué factores actúan para que la promoción de esta ideología de la felicidad aumente la infelicidad en las personas? 

Aunque se proclame a los cuatro vientos, aunque se venda por doquier y se compre al por mayor felicidad, vivimos en términos generales en un estado de aflicción, temor, incertidumbre y angustias. Según Lipovetsky (1986, p. 157), la creciente cantidad de representaciones alegres demuestran lo monótono y pobre de lo real, e indica que “la hipertrofia lúdica compensa y disimula la angustia real cotidiana”. Para Debord (1995, p. 36) “el espectáculo no es más que una imagen de unificación feliz rodeada de desolación y de horror, en el centro tranquilo de la desdicha”. 

La perspectiva del envejecimiento es intolerable en un mundo en el que se degradan las condiciones de vida de las personas de edad y en el que se es valorado por la belleza, el encanto o la celebridad. De igual manera ocurre con la idea de la muerte sin ningún apoyo trascendente de tipo político, moral o religioso ((Lipovetsky, 1986, p. 61).

Más allá de los límites físicos del individuo, el paisaje que se ofrece genera profundas preocupaciones vinculadas, por ejemplo, a la pobreza, la inflación, la inseguridad, el cambio climático, la guerra, la intolerancia, la crispación general, la desocupación, la falta de liderazgo, la corrupción. Esos son problemas que exceden las posibilidades de solución del sujeto. Pero en lo referente a sí mismo, en el individuo aparecen, como señala Lipovetsky (op. cit., pp. 60-61), “solicitudes y cuidados que rodean hoy al cuerpo”, generando otro tipo de preocupaciones y angustias: edad, arrugas, dolores o incomodidades, insomnio, cansancio, estrés y kilos de más, que dan paso a chequeos médicos, gimnasio, sauna, tratamientos diversos y excesivo consumo de productos farmacéuticos.  

Salecl (Saliche, 2018) indica que “las situaciones precarias en las que viven las personas han sido enmascaradas con estas ideologías de elección, de éxito y de felicidades” y que es el neoliberalismo el que crea una particular angustia al insistir en la percepción de que todos somos totalmente responsables de lo que nos pasa y que nuestro bienestar económico depende de que tomemos las decisiones correctas sin importar ninguna otra circunstancia.

Cuestiones tales como la depresión, la ansiedad, la angustia, el pánico y la apatía se multiplican sin cesar en nuestras modernas sociedades en apariencia rebosantes de felicidad. Muchas veces, cuando aparecen problemas, no se busca en las interioridades del espíritu tratando de hallar una respuesta. No. El ser humano contemporáneo, por lo general, suele recurrir a caminos más cortos y directos, así como también engañosos y peligrosos; al fin y al cabo, se piensa, como bien señala Sibilia (2008, p. 214), que no debe estar ocurriendo “nada que un Prozac o un Lexotanil no puedan resolver”, o, por lo menos, eso se supone. 

La carrera por la felicidad personal y esa aventurada promesa siempre presente de que se puede ser lo que se quiera, que solo basta con quererlo y trabajar en ello, que no hay límites cuando de los sueños se trata, traen aparejada una marea de frustraciones, desengaños, ideas de fracaso y desilusiones que cada uno procesa con las herramientas que posee, o a veces sin ellas. Las “vidas plenas” o los “momentos felices” expuestos en las redes sociales –para solaz del “espionaje autorizado” de las vidas propias– ejercen una presión sobre otros individuos, que pueden no reconocerse a sí mismos como simples espectadores sino como sujetos en procura de lograr cosas equivalentes, lo que deviene en una presión cada vez mayor por alcanzar determinadas metas o por realizar ciertas acciones que serán presentadas al resto como la conquista de la felicidad. 

Cuando, a pesar del estímulo movilizador que implica la presión de un número creciente de seres humanos “felices”, dueños, por ejemplo, de cuerpos perfectos o viajes de ensueño, no se logra cumplir ciertas metas u objetivos, el individuo se encuentra muchas veces frente a sentimientos de intranquilidad o aflicción. Y en un sinnúmero de ocasiones ni siquiera se tiene en cuenta que en las redes sociales se presenta una selección demasiado cuidada de momentos personales, incluso retocados y hasta convenientemente musicalizados.

Por otra parte, mirarse en el espejo de celebridades siempre maquilladas para la foto resulta demasiado riesgoso. En multitud de ocasiones es la angustia y no la felicidad la que termina por posesionarse del incauto. Lipotetsky (1986, p. 73) señala que “la sociedad narcisista favorece la denigración y el desprecio de uno mismo”. Los que miran al resto a través de sus publicaciones de Facebook o sus fotos en Instagram, fácilmente caen en la tentación de pensar que tienen vidas aburridas y tristes, o incluso “carentes de significado”. ¿Ocurriría lo mismo sin las modernas tecnologías?

Redes sociales como Facebook o Instagram brindan el soporte, como si se tratase de un escenario, para que la “felicidad” de millones sea visible, y el gasto no haya sido en vano. Porque, como argumenta Sibilia (2008, p. 130), “si nadie ve algo es muy probable que ese algo no exista”. En las conversaciones de la calle es común escuchar: “si no estás en las redes, no existís”. Y, precisamente, lo que muchos buscan es existir, y piensan que es mejor si es en y para la felicidad.

 No obstante, en la sociedad del espectáculo, donde las cosas son una mera representación, ser efectivamente feliz no parece lo más importante. Como indica Debord (op. cit., p. 12), el “ser” cede su lugar al “tener” y este a su vez lo transfiere al “parecer”. Así, la apariencia ha asumido un rol preponderante. Si detrás de las apariencias hay o no felicidad, es secundario. Lo realmente importante es mostrar felicidad, porque “allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales” (ibid., p. 13). O casi. 

De la exaltación de lo aparente se llega a una invisibilización de lo real, desde el momento en que solo importa lo que aparece y no lo que de verdad es. Si el mundo real se transforma en imágenes, esa transformación implica anulación y clausura de lo auténtico y verdadero. La realidad no solo se torna invisible, en el sentido de no pasible de verse, sino en el más profundo de que para muchos deja de existir.

Percibir a la felicidad como un imperativo, es algo que no está exento de vacilaciones y fragilidad. ¿Qué soy? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde debo buscar? Ella se convierte en una “meta insaciable e incierta que genera una nueva variedad de ‘buscadores de la felicidad’ y de ‘hipocondríacos emocionales’ constantemente preocupados por cómo ser más felices” (Cabanas & Illouz, 2019, p. 20). 

La imagen de la risa aparece por doquier. El ruido de la risa en alguna medida se ha apagado en una sociedad que ubica a la felicidad como valor supremo. Es posible que la imagen refleje lo aparente. El silencio, lo verdadero. “A medida que la polución sonora invade la ciudad, la risa se apaga, el silencio invade el espacio humano, sólo los niños parecen a salvo, por algún tiempo aún, de esa sorprendente discreción” (Lipovetsky, 1986, p. 145-146). 

Detrás de las imágenes, crece el temor; un temor, por otro lado, fomentado en gran medida desde el poder. Miedo a la enfermedad, a la soledad, a la vejez, a la crisis económica, miedo al delito, a no ser exitoso, a fracasar. El miedo parece ser el sentimiento predominante y, sin embargo, lo que se expone es felicidad. No se aprecia demasiado descontento. No se advierte mucha rebeldía ante lo insoportable. Quizás, alguna vez, sí, cierto comentario irónico. Pero no mucho más. Porque el mandato es ser feliz, no contestatario. La queja aburre a los ejércitos de buscadores de felicidad. “Cuando el futuro se presenta amenazador e incierto, queda la retirada sobre el presente, al que no cesamos de proteger, arreglar y reciclar en una juventud infinita” (Lipovetsky, 1986, p. 51).

Sin embargo, cuando aparecen problemas inocultables, el individuo parece entrar en crisis. No se preparó para eso. No lo prepararon. En palabras de Lipovetsky (1986, pp. 46-47) “el hombre relajado está desarmado”. El ser humano actual está solo frente al vacío, sin armas suplementarias frente a la carencia de un significado trascendente, frente a la ausencia de sentido o frente al escaso interés que manifiesta por lo que se encuentra más allá de su esfera personal. Se pregunta Lipovetsky (1986, p. 146): “¿Cómo entonces no darse cuenta de que la indiferencia y la desmotivación de masa, el incremento del vacío existencial y la extinción progresiva de la risa son fenómenos paralelos?”. 

Es tal vez necesario indicar que el consumo de fórmulas de felicidad, no solo perseguiría la intención de darle a la propia existencia el sentido que se desprende de la constante prédica de estos tiempos, sino también cierta oportunidad que se brinda a sí mismo el sujeto para una mayor posibilidad de supervivencia en un entorno que pone mucho de su atención en los triunfadores, en los exitosos y en los felices. 

Así, el ser humano manifiesta poca resistencia a realizar el tránsito de ser consumidor a ser consumible, según las lógicas del mercado. Se expone, consume, da cuenta de su consumo, espectaculariza su vida, la transforma en una vidriera, se hace de seguidores, obtiene los “me gusta” necesarios y, en definitiva, se construye como producto que pueden consumir otros. 

Si es, pongamos por caso, un comunicador, es probable que le ofrezcan trabajo en radios y canales de TV; si es cantante, lo podrían convocar a shows diversos; si tiene aspiraciones políticas, es presumible que puedan tentarlo con una candidatura. En muchos ámbitos –y parece ser que cada vez en mayor medida–, para la obtención de un lugar, no importa la capacidad sino la penetración social. No interesa el talento sino la cantidad de amigos, seguidores o reacciones en las redes sociales. 

A ese individuo le impusieron felicidad, la compró satisfecho y ahora la vende. Comprador de mercancías primero, se transformó en mercancía después. No es, de todos modos, la única receta posible. Como escribió alguna vez Debord (1995, p. 33) hasta “la insatisfacción ha llegado a ser una mercancía”; aunque quizás, es conveniente señalarlo, tal vez aquellos eran tiempos diferentes.  

Estamos pagando como sociedad un precio considerable por la consagración de una particular concepción de la felicidad bajo la forma de una imposición subrepticia. La insolidaridad y la indiferencia son en parte ese precio. Porque quien está solo pendiente de su propia felicidad se vuelve ciego o, llegado el caso, insensible al dolor ajeno. 

Por otra parte, la cara oculta de la exaltación del consumo como mecanismo para la obtención de la felicidad es el culto al dinero. Si hemos de querer adquirir todos esos bienes y servicios que nos augurarían felicidad, tendrá que dedicarse un mayor esfuerzo y tiempo al trabajo necesario para conseguir el dinero que se destinará a ese consumo. Y así, el consumo como camino a la felicidad es seguido por una mayor entrega del individuo al trabajo y la producción, lo que degenera en una enajenación de la libertad al no poder disponer de tiempo, que es igual a decir vida. En definitiva, buscando felicidad podríamos estar poniendo en el altar del sacrificio a la vida misma. Nos hemos olvidado que quien no es feliz con poco, tampoco lo será con mucho. 

La felicidad como anhelo ha sufrido una grave descomposición, alejándose de su configuración íntima y su sentido poético, inmaterial y espiritual para migrar hacia una significación eminentemente asociada a lo material, tangible y visible. 

Por fin, entonces, ¿qué sería la felicidad? A riesgo de incurrir en ciertas inconsistencias, podría decirse, antes que nada, que debe tratarse de un estado interior; una profunda sensación de bienestar psíquico que se deriva de una valoración positiva –por cierto, siempre subjetiva– de uno mismo y su entorno. Posiblemente, también tenga que ver la sensación de que nuestra existencia tiene sentido, y que con nuestras vidas podemos ayudar a cambiar algo para mejor. Siempre me han gustado, desde que las leí por primera vez, las palabras que, acerca de la felicidad, escribió Florence Williams en su libro La dosis natural (2017, p. 12). Ella señala que para que las personas sean felices deben haber cubierto sus necesidades básicas de supervivencia, estar sumergidas en una comunidad donde encuentren amistades, y mantener la mente estimulada y enfocada al servicio de algún tipo de causa mayor que ellas mismas. Como se advierte, nada de eso tiene necesariamente que ver con brindis, viajes, compras y exhibiciones. Tampoco tiene que ver con una mirada individualista y narcisista de la existencia. 

 

BIBLIOGRAFÍA: 

 

Cabanas, Edgar & Illouz, Eva (2019) Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Barcelona: Paidós. 

Crary, J. (2008). “Sobre los finales del sueño: sombras en el resplandor de un mundo 24/7”, en Estudios Visuales nº 5. 24/7: políticas de la visualidad en un mundo 2.0

Debord, Guy (1995). La sociedad del espectáculo. Santiago de Chile:  Ediciones Naufragio. 

De Echegaray, Eduardo (1887). Diccionario general etimológico de la lengua española. Tomo II. Madrid.  Jose María Faquineto Editor. 

Ferrater Mora, José (1951). Diccionario de filosofía. 3ra edición. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 

Lipovetsky, G. (1986). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Editorial Anagrama. 

Salecl, Renata (2022). Pasión por la ignorancia. Buenos Aires: Ediciones Godot. 

Saliche, Luciano (2018, 11 de agosto). Renata Salecl: «La ideología que promueve la felicidad aumenta radicalmente la infelicidad de las personas». INFOBAE. https://www.infobae.com/cultura/2018/08/11/renata-salecl-la-ideologia-que-promueve-la-felicidad-aumenta-radicalmente-la-infelicidad-de-las-personas/#:~:text=Sabemos%20que%20China%20sigue%20de,que%20trae%20la%20big%20data.

Sibilia, Paula (2008). La intimidad como espectáculo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 

Williams, Florence (2017) La dosis natural. Por qué la naturaleza nos hace más felices, más sanos y más creativos. Buenos Aires: Paidós.