La marcha que el viernes pasado protagonizaron las centrales sindicales sigue dando que hablar. Eduardo Aulicino de Clarín, asegura que el poder sindical  desafía a Macri y al mismo PJ.

El poder sindical está en proceso de rearmado y las olas que produce inquietan a todos en la política. La convención dice que luego de etapas de fracturas, los jefes sindicales tienden a reagruparse frente a gobiernos no peronistas, pero la historia reciente agrega otras cosas: hace rato dejaron de ser la columna vertebral del justicialismo, compiten en desventaja con la dirigencia partidaria y son relegados en las listas del PJ, mientras intentan revalidarse como un factor de peso con juego propio, y efectos condicionantes, frente a las sucesivas gestiones nacionales. El mensaje de estos días apunta centralmente a Mauricio Macri, pero además y sin mucho disimulo al PJ: junto a la dura señal para el Presidente, la concentración del viernes y las advertencias de nuevas protestas son un elemento nada desdeñable para los legisladores. Más difícil es medir su efecto social en un sentido amplio.

Esta semana, el foco va a estar puesto sobre los diputados. La denominada ley antidespidos entra en un zona de mayor amplitud política. Y las presiones sindicales no solo se proyectan sobre el peronismo orgánico y el oficialismo, sino además sobre el PJ disidente y el frente de Sergio Massa. El diálogo directo se plantea a través de los pocos legisladores de origen sindical. No es un dato menor: los más notorios, como Facundo Moyano y Oscar Romero, se alinean por afuera de la estructura del PJ. De todos modos, los puentes directos con el oficialismo están complicados: el referente final es Macri y las relaciones pasan más por la Jefatura de Gabinete que por el Congreso.

El Gobierno, más allá de la dureza del rechazo al referido proyecto, no ha cerrado la posibilidad de algún entendimiento en Diputados. Hay dos temas que podrían abrir el camino a las negociaciones: la situación de las pymes y los incentivos para la toma de empleados. El proyecto aprobado la semana pasada en el Senado es más pobre en sus objetivos y caminos. Sólo establece prohibir suspensiones y despidos durante 180 días. Esa iniciativa, tal como está, es la que mereció las advertencias de veto por parte del oficialismo, una alternativa costosa en términos políticos que podría ser repensada si las decisiones y también los tiempos de los diputados modifican el escenario montado en la cámara inicial.

El cuadro del sindicalismo exhibe por ahora algunas fortalezas y no pocas contradicciones y fricciones. La foto del viernes en Paseo Colón mostró cuatro de las cinco piezas del tablero gremial. Hugo Moyano ratificó su papel de figura central en ese conglomerado –para confrontar y, sobre todo, para regular la relación con el Gobierno–, muy por encima de los poderosos gremios que acompañan formalmente a Antonio Caló pero carecen de una figura de peso, al menos pública. Lejos, en todo sentido, se ubican las CTA, debilitadas en su relación de disputa o cercanía con Cristina Fernández de Kirchner. Pablo Micheli depende en parte de las líneas tendidas con Moyano, más llevaderas en tiempos de protesta, y Hugo Yasky intenta recuperar la voz luego de años de tonos bajos o complacientes. Al margen del palco prefirió mantenerse Luis Barrionuevo, con canales propios pero paralelos a los del camionero en la relación con Macri.

Nadie en el peronismo salió a cuestionar la movida sindical. Pero no todo es acompañamiento. La ley en cuestión es bastante criticada en la intimidad, aunque en líneas generales atribuyen al oficialismo incapacidad para buscar equilibrios económicos y escasa picardía para evitarle a buena parte de los senadores del PJ quedar en el papel de “salvadores” del Gobierno. Eso se escuchó la semana pasada en las filas del bloque que encabeza Miguel Angel Pichetto.

De todos modos, la ofensiva sindical y la actuación de los senadores volvió a mostrar que el peronismo sigue padeciendo carencia de liderazgo. Esta vez, las gestiones del Gobierno con los jefes provinciales del PJ no alcanzaron para frenar la sanción del proyecto que ahora tensa a los diputados. La conducción partidaria formal, a cargo de José Luis Gioja y Daniel Scioli, buscó adherir al acto del viernes, pero los pocos que fueron a Paseo Colón vieron el palco desde lejos. Más dispersos y también alejados quedaron los kirchneristas duros. El ejercicio de oportunismo no sirvió de nada: fue tan frágil y penoso como la alegría que dijo sentir la ex presidenta por la masividad del acto cerrado por Moyano. Los gobernadores peronistas, en cambio, optaron mayoritariamente por el silencio.

Los jefes sindicales hablan de sellar su confluencia en pocos meses. Los dirigentes más lúcidos, cerca de Moyano y algunos “gordos”, piensan en una mesa de unidad antes que una sola CGT orgánica. Y entienden que estos son tiempos de refundar su poder: sin subordinarse al PJ y reclamando al Gobierno un lugar de interlocutor privilegiado. Es un objetivo ambicioso y doblemente desafiante.

Fuente: Clarín