A partir de un artículo que Osvaldo Soriano escribió en 1969 sobre la Semana Santa en Tandil, traemos a la Salta del 2014 y “al tiempo del Milagro” aquel texto en una versión libre pero respetuosa del espíritu del “Gordo” que por miedo a ser linchado, tuvo que irse de la ciudad de los salamines. (Gonzalo Teruel)

La Catedral se erige como centro de atención de la grey católica argentina. Cada año convergen sobre Salta rebaños de peregrinos para celebrar la procesión del Milagro. Sólo al comienzo de los años 70, cuando la violencia política ganó las calles, la precesión pareció frustrarse. Ante esa violencia, los fieles optaron por una indignada procesión en silencio; no hubo disturbios, pero la tensión amenazaba con quebrar la caminata a cada paso. “Si en ese momento se acercaba alguien, le rompían la cruz en la cabeza”, memora monseñor Mario Antonio Cargnello, con cuarenta años de sacerdocio. Para el clérigo -de los mayores entusiastas de los actos del Milagro- el tiempo parece no transcurrir, cada año monta la procesión y el espectáculo sobre guiones propios, conjurado con miembros del gobierno presididos por el gobernador Juan Manuel Urtubey, que trabaja meses antes para pulir los detalles. Su mayor pecado: no atender a la feligresía joven, que exige renovación.

Una semana antes del inicio de la novena, algunos padres jóvenes entusiasmados con la impronta del Papa Francisco deploraron desde sus altares en capillas de los barrios populares el engendro del Obispado y sus acólitos. No faltó quien los tildara de comunistas.

No están solos: un pelotón de fastidiosos curas jóvenes se revela contra la obsoleta puesta en escena. “¿Es una manifestación de conciencia cristiana -cuestionan- o un esfuerzo por manifestar las bondades turísticas de Salta?”. Los laicos -que colaboran anualmente en las estampas del Señor y a Virgen del Milagro- comparten la duda. Ya no se entusiasman. Encabezan el grupo “renovador” que brega por dotar al espectáculo de un nuevo rigor expresivo y un claro mensaje social, ajeno a la promoción del turismo. “Ya no siento a Jesús -lamentan- lo pintamos demasiado bueno, casi un bobo, no como realmente fue, un verdadero conductor de masas”.

Toda la ciudad refuerza sus bolsillos. Fernando García Soria, secretario de Turismo, estima una ocupación hotelera superior al 80% “aunque podría ser aún mayor” y un consecuente movimiento económico aunque Daniel Betzel, presidente de la Cámara de Comercio, no es tan optimista y cree que la recesión va a sentirse.

Para el Milagro, junto a los más de 60 mil peregrinos que marchan desde cada rincón de Salta, unos 8 mil turistas sacuden la eterna siesta provinciana: la mayoría acude desde las provincias vecinas aunque también llegan desde Buenos Aires y sus alrededores; fatigan los paseos, atosigan las peñas folckloricas y devoran empanadas, tamales y alfajores locales por carradas. “A la gente -se defienden en el Obispado- le gustan las estampas, tal como están; es como una buena película, que puede verse hasta diez veces seguidas”. Como en el cine, las pequeñas ventas conviven con el espectáculo: el obispo Cargnello recibe la colaboración de los padres de todas las órdenes, que con sus quioscos de cedulas cosechan suculentas ganancias.

En el Milagro, las confiterías del centro venden por miles y miles de pesos; las  empanadas se esfuman a casi 100 pesos la docena; las manzanas acarameladas desaparecen a 4 x diez y los claveles a 2 x diez. Los libritos con el rezo de la novena se ofrecen a 20 pesos pero desde la Catedral llaman a no pagar más de 15. Los hoteles, los hostales y las casas particulares -habilitadas para albergar el turbión de visitantes- nunca desaprovechan la oportunidad. Los medios locales -diarios, radios, canales de televisión y hasta la oficina de prensa provincial- advierten contra los proverbiales abusos, “por el prestigio de Salta como ciudad turística”.

De todos modos, algunos pocos sacaron mayor provecho con los aumentos. Es que esta vez los turistas gastan menos: Pablo Simón encargado de un comercio de santería frente a la plaza calculó: “No se ha vendido ni la mitad que el año anterior”. El jueves, miles personas recorrían el centro con dudosa unción: una familia se arrobaba frente a la Catedral, mientras el marido se aturdía con la voz de Mariano Closs, que vociferaba los goles del fin de semana. En medio del enjambre de curiosos, Eva García posaba su mano sobre la imagen de la Virgen y se entusiasmaba: “Esto es maravilloso. Le pedí a Dios que me dé fuerzas para venir siempre; hace 15 años que hago esta procesión a pesar de la prohibición médica”.

Un remedio, en cambio, necesitan las peatonales cercenadas por los implacables verdugos de Obras Públicas que no terminan los arreglos iniciados hace largas semanas. “Pedimos al gobierno que las repare”, espeta el cura que sermonea en la iglesia de La Viña. Ese templo es uno de los más favorecidos por el jubileo: la limosna pública colma las alcancías que alargan insistentes matronas. Porque, además, la mendicidad es otra industria floreciente en el Milagro salteño: varias docenas de lisiados, que arriban de todo el país, excitan, porfiadamente, la caridad de los forasteros.

Muchos de ellos -“peregrinos y no turistas”, según el obispado- saben que el Milagro no es del todo piadoso y sí una buena ocasión para distraerse: “Teníamos ganas de venir a Salta, y aprovechamos estos días, porque dicen que se pone tan lindo…”, suspiró Alejandra Bottaro que venía desde Avellaneda con su marido y su hijo. Los lugareños, en tanto, asisten a la celebración como a un monótono espectáculo: no muchos emprenden el rezo de la novena con verdadero fervor.

El lunes todo sucederá como está previsto: a las tres y media de la tarde los fieles arrancarán tras la lúgubre imagen de la Virgen de las Lágrimas y del monseñor Cargnello, que escuchará las oraciones y las canciones amplificadas por altavoces. Los turistas gastarán las baterías de sus celulares tomando fotografías. Los vendedores agotarán sus cruces de madera, sus estampitas y sus claveles.

A las cuatro, las columnas comenzarán a transitar las 15 cuadras previstas para la procesión. Al frente de sus seguidores -religiosas y religiosos, alumnos de los colegios confesionales, fortines gauchos y expectables civiles y militares- Cargnello invitará a unirse a la celebración. Ninguna manifestación -ni la multitud de curiosos que rondará- alterará la serenidad del oficio. Por fin, la caravana enfilará por la avenida Belgrano hasta Sarmiento y desembocará en el Monumento 20 de Febrero para la Renovación del Pacto de Fe. Los parlantes con la voz del obispo competirán con el coro de la Catedral que asesinará las canciones de iglesia. Hasta las 9 de la noche, de vuelta en la Basílica, las imágenes se colmarán de la adoración de los fieles. Cuando todo tenga su fin algún viejo vecino mascullará: “Pasan los años y la procesión pierde color, los congregados son cada vez más pero los verdaderos devotos cada vez menos: una verdadera lástima”.

Y dirá la verdad. ¿Es esto catolicismo, fe religiosa auténtica? Por supuesto que no: es la caricatura del catolicismo, la simulación de la fe. La Virgen del Cerro, superstición; el Señor y la Virgen del Milagro, especulación turística. La iglesia ha sido demasiado complaciente en eso como en otras cosas.

El Papa Francisco ordenó un regreso a la verdad evangélica. No era fácil: se oponen la costumbre, los intereses creados. Tampoco es posible ofender a los creyentes sencillos, arrancándoles violentamente esas burdas creencias, esa predilección por espectáculos más o menos carnavalescos. Pero nada es más injurioso que la demagógica “comprensión” de algunos, para quienes “el pueblo es así” y “hay que dejarlo”.

 

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