El hombre ingresó sin autorización a las viviendas de las dos víctimas, a quienes insultó y amenazó. Fue condenado a un año de prisión efectiva.

Hay canciones que envejecen mejor que otras. Y después están quienes las entienden peor. Un salteño pareció tomarse demasiado en serio aquello de «Dos mujeres, un camino», aunque cambió el romance por amenazas, el amor por la obsesión y el estribillo por un expediente judicial.

El resultado fue bastante menos pegadizo que la cumbia: un año de prisión efectiva.

El hombre decidió que las restricciones judiciales eran apenas sugerencias decorativas. Saltó tapias, irrumpió en viviendas sin permiso, envió mensajes intimidatorios, amenazó con hacer sufrir a una de sus exparejas, llegó con un machete a la casa de la otra y hasta insultó a su propio hijo adolescente. Un verdadero multitasking de la violencia.

Lo curioso es que logró algo que pocos consiguen: poner de acuerdo a dos exparejas… pero en las denuncias. Porque si hay un talento que desarrolló con constancia fue el de acumular pruebas en su contra.

Mientras algunos todavía discuten si el amor mueve montañas, este hombre creyó que también autorizaba a saltarlas —en este caso, una tapia— para meterse en una casa ajena. La Justicia, afortunadamente, no compartió semejante teoría romántica.

El prontuario terminó incluyendo dos violaciones de domicilio, amenazas, amenazas con armas y desobediencia judicial. Como si fuera poco, también fue declarado reincidente por primera vez, un reconocimiento que nadie querría sumar a su currículum.

La moraleja es sencilla: la cumbia hablaba de un triángulo amoroso, no de convertir dos relaciones terminadas en una gira delictiva por distintos barrios de Salta.

Porque una cosa es que una canción diga «Dos mujeres, un camino». Otra muy distinta es creer que ese camino conduce a saltar tapias, blandir un machete y desafiar órdenes judiciales.

Al final, el único destino común que encontró fue el de la unidad penitenciaria. Allí, al menos, tendrá tiempo de escuchar música y descubrir que las canciones de amor nunca fueron un manual de conducta.