
ALEJANDRO SARAVIA
En una de sus últimas columnas Thomas Friedman, columnista del New York Times y varias veces galardonado con el premio Pulitzer, sostiene que las reelecciones de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu, a fines de este año, pondrían en peligro la democracia. Proyectando su razonamiento a nuestra propia casa podríamos sostener que también la pondrían en peligro las reelecciones de Milei a nivel nacional y de Sáenz en la provincia. En definitiva, y en síntesis, estos cuatro personajes utilizan a las instituciones en sus respectivos territorios en beneficio personal, sin dudar un minuto en desvirtuarlas con cualquier argumento. Sean estos ingeniosos o no. Remito a dicha columna de Friedman en lo que atañe a Trump y Netanyahu, limitándome a hacer un somero análisis en lo que respecta a los dos gobernantes de cabotaje recién aludidos, uno de la nación, el otro provincial.
Está claro que la tarea confiada a Milei en las elecciones de 2023 está ya cumplida. Fue el hartazgo con lo anterior lo que llevó a votarlo. Fue necesario patear el tablero porque las alternativas eran aún peores. Un triunfo de Massa hubiese significado enterrarnos más en el lodo. Por todos es conocido el grado de imaginativa corrupción que lo rodeaba y lo rodea. Su sobrevida hasta hoy es nada más que una demostración del aspecto que falla en nuestra arquitectura institucional, la justicia. Con un Poder Judicial serio ninguno de estos aventureros tendría futuro. Éstos, los aventureros, no son más que la prueba cabal de esa falencia institucional. Son, digamos, botones de muestra.
Se pateó entonces el tablero con Milei y se impuso brutalmente como valor una cierta razonabilidad económica, cifrada en una cuestión, si bien elemental, consuetudinariamente incumplida: no gastar más de lo que se tiene. Eso ya está, misión cumplida. Hasta Cristina Fernández parece haberlo entendido. Un poco tarde pero, en fin, la lección ya está. Quien no garantiza haberlo comprendido aún es uno de sus discípulos, Axel Kicillof. Esa amenaza mantiene viva, paradójicamente, la carta Milei.
Pero detrás de éste, de Milei, hay dos grandes peligros que la pasividad de los argentinos puede prolongar en el tiempo. Uno es la tendencia a forzar la realidad para que ella se adapte a su teoría y a sus propias necesidades de reconocimiento personal. Una especie de “Lecho de Procusto” al uso nostro. En su afán intelectual de superar fronteras no titubea, ni titubeará, en sacrificar la viabilidad del propio país que gobierna en aras de un reconocimiento internacional que nunca se le dará. Milei nunca va a dejar de ser una especie de pintoresco bufón a los ojos de cualquier estadista o dirigente serio de cualquier país. La ausencia de inversiones reales es una prueba de ello. Su irrupción en el escenario nacional es clara manifestación de nuestra decadencia.
La otra cara del riesgo está en los recovecos psicológicos del personaje en cuestión. Sin hacer diagnósticos, la propia vicepresidenta Villarruel lo afirmó: gobierna Karina. Y todo indica que es así. Desde la cabecera de su cama y desde la emocionalidad un tanto endeble del hermano, éste hace lo que dice el Jefe, su hermana. Ya lo dijimos en alguna otra columna. El secreto, como todos los secretos -recuerden aquel Rosebud del enorme Orson Welles- está en la infancia. Y en esa infancia su hada protectora era su hermana, el Jefe, pero ésta era, también, la depositaria de la confianza del padre, quien cifró en ella la administración del patrimonio familiar. En la hija menor, repostera, y no en el hijo mayor, economista. Es todo un dato. Lo peor es que eso sigue siendo así, pero no con el patrimonio familiar sino con la marcha del país. Las cajas y las decisiones políticas están en manos de ella, de la hermana repostera y no del hijo economista. Sin embargo, el riesgo se profundiza si estamos en que los hermanos Milei reflejan una característica común, aparentemente familiar, su amoralidad. Esa desmesura intrínseca los hace extremadamente peligrosos, y aún más con una re-elección de por medio. Un país, a ciegas, sigue los devaneos de un desequilibrado que sólo pretende compensaciones integrativas de su personalidad dislocada. El país, usado como plataforma de proyección personal, cueste lo que cueste. No sólo la democracia peligra en esas condiciones.
A su vez, nuestra provincia encuentra dislocado su sistema político-institucional. Botón de muestra: los partidos políticos están constitucionalmente consagrados como instituciones fundamentales del sistema democrático por el artículo 38 de la Constitución Nacional, pero en nuestra provincia tenemos la singularidad de que dos ex presidentes de un partido supuestamente de oposición, como la Unión Cívica Radical, son, uno de ellos, integrante del gabinete provincial como ministro y, el otro, interventor judicial del partido gubernamental de la provincia. Todo ello sin mencionar la distorsión provocada por un sistema electoral que conduce a que el oficialismo tenga una absurda sobre-representación en ambas cámaras legislativas que ven, por ello mismo, totalmente desvirtuadas sus facultades, comenzando por las de control. Si a ello sumamos a todos los otros organismos de control integrados por subordinados, tenemos una cabal idea de lo que sucede. Además, debemos agregar como elemento distorsivo la re-instauración del sistema de listas colectoras, o bien ley de lemas trucha, para asegurar los devaneos del gobernante circunstancial que supimos conseguir.
A ello hay que agregarle, aún, y que se conjuga con lo anterior, la por ahora velada intención del actual gobernador de embarcarse en una eventual segunda re-elección, prohibida por la reforma constitucional de 2021, que él mismo propició con el argumento de que había que concluir con las sucesivas re-elecciones. Hasta parece una broma de mal gusto si no fuera que, detrás de ella, hay serias y no humorísticas intenciones.
Un premio absolutamente inmerecido esto de las tres al hilo a estar a los resultados de las sucesivas gestiones gubernamentales, de un mismo partido, que condujeron a la provincia a pelear en los últimos lugares de pobreza y subdesarrollo de todo el país. Vergüenza que suelen esconder, como siempre, tras el poncho de Martín Miguel de Güemes.



