Foto: Karina Volá (extraída del Facebook de Gisela)

Una de las integrantes de la cooperativa de fotógrafos Sub pasó por Salta, dictó un taller y brindó una charla. Comentó particularidades de la experiencia asociativa y cómo sobreponerse a una economía de mercado esquiva al colectivismo. (Franco Hessling)

Con el mismo vigor que un brote pujante se convierte en planta a pesar de una tempestad en suelo árido, la cooperativa de fotógrafos Sub tuvo su incipiente brote al compás del Argentinazo de 2001 y se fue consolidando como tal a medida que avanzaron los traumáticos primeros años del nuevo siglo. Son seis integrantes, cinco hombres y una mujer, Gisela Volá.

Ella estuvo en Salta dictando un taller para fotógrafos que coronó con una charla en la UNSa, a través de la cátedra de Fotografía de la carrera de Ciencias de la Comunicación. “Terminé trabajando como fotógrafa, que es lo único que no estudié a nivel formal”, reconoce la fémina y agrega que su formación académica es en realizaciones audiovisuales. Sobre la coyuntura que impulsa el nacimiento de Sub, añade que “las crisis sociales son contextos inspiradores para reinventarse”.

Lejos de encasillamientos técnicos, Volá define a Sub actualmente como una plataforma más que como un cúmulo de producciones fotográficas. Entiende que en los últimos años han incorporado otro tipo de elaboraciones, entre ellas realizaciones audiovisuales, y también han explorado en el campo de la educación. Se dictan talleres y se organizan conferencias y actividades pedagógicas en cuanto lugar se presta para la ocasión.

Admite que es la primera vez que visita Salta con estos fines y asegura que ha sido “gratamente sorprendida” por la movida que hay en torno de la fotografía, y por las experiencias de trabajo colectivo. Ése es uno de los ejes de un armado cooperativo: aprender a trabajar en equipo, tal como lo define la propia disertante.

“Entiendo al arte y a la política como formas de vida y como trabajos, personalmente me considero una obrera del arte”, vitorea intentando impregnar confianza en un auditorio aún sujeto a las relaciones laborales en clave de empleadores-empleados. La experiencia de Sub, como todo proceso genuino y empírico, es irrepetible e intransferible, sin embargo vale la pena recuperar algunos de los nodos ideológico-pragmáticos que podrán exportarse a otros ensayos de organización colectiva y alternativa.

Fondo común

A igual trabajo, igual remuneración, oran los más idealistas de la igualdad. Ellos mismos, ante el escollo de una organización horizontal como la que propone el cooperativismo en cuanto a la distribución de los ingresos, pretenden saldarla con otra afirmación nuevamente vaga: cada uno cobra lo directamente proporcional a su trabajo. Suena ecuánime como pocas oraciones, sin embargo no siempre encierra justicia.

“Al comienzo teníamos esa modalidad, pero después, cuando a la misma cobertura algunos la vendían al exterior y otros acá en Argentina, se hacía insostenible –asegura-. A un mismo trabajo te lo pagaban 50 pesos acá y 500 en Europa, y a pesar de ello el esfuerzo que cada uno había hecho era el mismo. Entonces decidimos directamente crear un fondo común y que todo vaya a parar a la misma caja y se divida en iguales partes”.

Las experiencias colectivas, en muchos casos, se engarzan desde aspectos cualitativos antes que cuantitativos, es más importante preservar el compromiso de todos con el trabajo -más allá que tenga cierta veleidad-, que apostar a que cada uno, por separado, especule con cuánto tiempo invertirá en la cooperativa en función de los ingresos que necesita.

“La idea central era que todos teníamos que poder pagar la luz, comer y hacer frente a los gastos corrientes que cada uno necesita para vivir, para eso encontramos que la mejor forma era dividir todo en partes iguales sin observar quién había vendido más fotos al extranjero”, afirma con determinación aleccionadora.

Propiedad colectiva

El otro aspecto conspicuo de la organización es su concepción en torno a la propiedad de las obras, que no son de autoría individual sino conjunta. Es decir, cada serie fotográfica, cobertura o actividad impulsada desde Sub, es de Sub y por Sub, sin entrar en detalles de quién de los integrantes hizo cual o tal cosa.

Al tratarse de un tipo de trabajo intelectual, la decisión es no menos que osada. Aun cuando se consiga conciliar la cuestión egoíca que siempre fetichiza a los realizadores con sus obras, también se debe hacer convivir las diferentes preocupaciones e intereses de todos los miembros de la cooperativa. Algunos pueden tener una visión sobre un tema y el resto otra diametralmente opuesta, sin embargo los trabajos hay que hacerlos y la autoría colectiva obliga a eclecticismos para sortear esas divergencias.

“Sub es la identidad que cuenta, que narra. Termina siendo algo sumamente positivo, logramos cosas, a nivel artístico, que cada uno por su parte no podría”, dice Volá y agrega dejando entrever su formación académica: “Actuamos más parecido al cine que a la fotografía, trabajamos en equipo”.

Yihadistas

El punto de la autogestión es elemental, está en la esencia de cualquiera incursión de economía social y solidaria. Para ello, por un tiempo prudencial se realizan las labores sin conseguir todos los ingresos esperados, hasta que el proyecto se consolida y trae los frutos necesarios para mantenerse y manutener a los integrantes de la iniciativa. Ese camino puede durar años.

La fotógrafa no plantea la situación desde un punto de vista idílico o excesivamente indulgente con la realidad, la cual suele ser más adversa que fértil para las cooperativas. “Éramos unos talibanes”, dice socarronamente. Según contó, no conocían ningún otro colectivo de fotógrafos que se asociaran para funcionar con esta manera societaria.

El proceso de establecimiento de Sub no fue sencillo ni mucho menos, pero, volviendo a la influencia de la realidad, se les imponía como una directriz. “Armamos una cooperativa porque nos reunimos a laburar en un contexto histórico en el que estábamos permanentemente en contacto con experiencias que nombraban la horizontalidad y la autogestión”, indica.

Además, recuerda que “en el Inaes (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) nos dijeron que no existían las cooperativas de fotógrafos, que nos permitían hacer una pero que teníamos que escribir nosotros mismos los estatutos”. Empezaron, hace más de una década, metros atrás de la línea de partida.