Un pasajero tuvo que hacer lo que, en condiciones normales, no debería hacer nadie arriba de un colectivo: advertirle al conductor que estaba manipulando el teléfono con ambas manos mientras la unidad seguía en movimiento. El chofer, lejos de reconocer el peligro, intentó justificarse con el argumento de que estaba atendiendo algo importante. Es probable que lo fuera, aunque cuesta imaginar qué asunto puede tener más urgencia que mantener las manos en el volante cuando se transportan decenas de personas. Al parecer, para algunos conductores el celular no es una distracción: es una extensión del cuerpo, incluso cuando el colectivo avanza y la responsabilidad pesa varias toneladas.
La grabación generó un fuerte repudio en las redes y volvió a poner sobre la mesa una cuestión elemental: quienes conducen transporte público no llevan solamente un vehículo, sino vidas ajenas. No se trata de una discusión sobre buenos modales ni de una pelea entre un pasajero entrometido y un chofer fastidiado. Se trata de seguridad vial. Porque si atender algo importante exige soltar el volante, lo importante puede esperar a que el colectivo se detenga. Los pasajeros, en cambio, no deberían tener que confiar su integridad a la suerte, a los reflejos del conductor o a que el mensaje de WhatsApp no sea demasiado largo.




