Mientras la vecina provincia de Tucumán celebra con entusiasmo su “primera” cosecha de café argentino, en las yungas salteñas alguien levanta la ceja, revuelve la taza y recuerda que esa historia ya se había contado —y cultivado— varias décadas antes.
Jerson De Cecco
La adjudicación de méritos ajenos es una constante que, a lo largo de la historia, engendra disputas insólitas. A veces son entre países enteros: basta recordar las ya clásicas controversias entre Argentina y Uruguay por el origen del dulce de leche, el mate, el tango La Cumparsita o incluso el nacimiento de Carlos Gardel.
En escala regional, esas rencillas adquieren un tono más pintoresco, aunque no menos apasionado. En el NOA, la empanada salteña mantiene una saludable rivalidad con la tucumana; el nacimiento de la escultora Lola Mora sigue generando debates —aunque haya visto la luz en El Tala— y hasta las gestas independentistas se discuten: ¿fue más decisiva la batalla de Tucumán de 1812 o la de Salta de 1813?
Hay quienes ven en estas tensiones una tendencia algo extendida en la idiosincrasia tucumana de apropiarse —sutilmente o no— de lo ajeno. No hay forma concluyente de corroborarlo, claro. Pero tampoco faltan episodios que alimenten la sospecha.
El más reciente, curiosamente, viene servido en taza.
El espresso tucumano: corto, intenso… ¿y primero?
El caso que nos convoca es reciente y tiene que ver con el café, probablemente la infusión más consumida del planeta. El disparador fue un artículo periodístico cuyo título no dejaba demasiado margen para la interpretación: “El primer café argentino empieza en Tucumán: Recorrida oficial por la plantación pionera”.
Según ese mismo texto, “el desarrollo del café tucumano representa una oportunidad estratégica para diversificar la matriz productiva local”, en palabras del secretario Raúl Albarracín, quien además subrayó que se trata de “un proyecto pionero que busca posicionar a este cultivo como el primero con sello de origen argentino”.
La historia tiene todos los condimentos de una epopeya productiva: “Corría el año 2010 cuando Oscar Velasco Imbaud volvía de Costa Rica con cinco semillas de café en el bolsillo y una ilusión que parecía una locura”. Y el cierre, casi cinematográfico, remata: “Hoy, dieciséis años después, esa apuesta se convirtió en historia: Argentina tiene su primer café con sello de origen nacional, cultivado, cosechado y procesado íntegramente en suelo tucumano”.
El entusiasmo no se queda ahí. El empresario Martín Cabrales incluso afirmó: “Hemos demostrado que el suelo argentino, con el cuidado y la técnica adecuada, puede darnos un café de excelencia”.
Todo suena convincente. Inspirador, incluso. El único inconveniente es que esa “historia” parece haber comenzado bastante antes… y algunos kilómetros más al norte.
Salta levanta la taza (y la voz)
Porque mientras Tucumán celebra su flamante primacía cafetera, en Salta la noticia tiene sabor a déjà vu.
En la zona de Aguas Blancas, dentro de las yungas salteñas, existen antecedentes concretos que se remontan al menos a la década del 70. Allí nació el proyecto Cafetales Don Antonio, impulsado en el marco del plan “Salta Café”.
Según un artículo publicado en 2016, “son aproximadamente 30 hectáreas las que están en producción, y a partir de pequeños plantines se necesitan 3 años como mínimo para obtener el grano”, explicaba Graciela Ortiz, responsable del emprendimiento.
Lejos de tratarse de una experiencia aislada o reciente, el proyecto tuvo continuidad en el tiempo, sorteando dificultades económicas y climáticas. De hecho, la misma Ortiz recordaba cómo, tras el declive de los años 90, “para no inutilizar la infraestructura montada, años después nos dedicamos al turismo de aventura”, reconvirtiendo parcialmente la iniciativa pero sin abandonar del todo la producción.
Desde 2015, el café Baritú volvió a insertarse en el mercado local, con producción efectiva y comercialización en pequeña escala. No era una promesa. Era —y es— una realidad.
Mucho antes del marketing, ya había café
Pero si la memoria productiva no alcanza, la evidencia científica termina de completar el cuadro. Y allí aparece una figura clave: el doctor Domingo Jakúlica.
El geólogo e investigador fue pionero en estudiar y experimentar con el cultivo de café en las selvas subandinas salteñas desde mediados del siglo XX. Según documenta el Dr. Ricardo Alonso en sus investigaciones, “el primero que comenzó con el café en Salta fue el Dr. Domingo Jakúlica”, quien “tuvo cafetales propios desde la década de 1960”.
No se trataba de ensayos improvisados. Jakúlica desarrolló estudios sistemáticos sobre el cultivo, como los “Trabajos de Evaluación de los efectos de la helada en la región selvática tropical del norte argentino y la afectación de cafetales” (1975), o el informe sobre la “Expansión de los cultivos del cafeto en el norte de Salta” (1976).
Su ambición era clara y sorprendentemente vigente: “lograr que la Argentina pudiera autoabastecerse de café aprovechando las bondades de los suelos y el clima de la selva tropical salteña”.
El propio Alonso destaca que Jakúlica “experimentó con cafetales, estudió los microclimas de la selva tropical” y promovió incluso proyectos internacionales para desarrollar la actividad en la provincia.
Es decir: mientras hoy se habla de innovación, hace más de medio siglo ya había investigación, producción y planificación en marcha.
Entre el marketing y la memoria
Nada de esto implica desmerecer el impulso tucumano. La experiencia actual tiene valor, inversión y potencial. En un país que importa café por cifras millonarias, cualquier intento de producción local es, sin duda, una buena noticia.
Pero una cosa es innovar y otra muy distinta es inaugurar lo ya recorrido.
Cuando desde Tucumán se afirma que “Argentina tiene su primer café con sello de origen nacional”, el dato no resiste demasiado archivo. O, al menos, exige algunas aclaraciones.
La historia del café argentino no empieza en 2010, ni en la Loma de Imbaud. Tiene raíces más profundas, sembradas en las yungas salteñas, cultivadas por productores perseverantes y estudiadas por científicos que, mucho antes del marketing, ya habían imaginado —y trabajado— un país cafetero.
Tal vez el problema no sea quién fue primero. Tal vez sea la tentación, siempre presente, de contarlo como si lo fuera.
En el norte argentino, como en el café, el secreto no está solo en el origen. Está, sobre todo, en no olvidar de dónde viene el aroma.



