En la comunidad «La Palmita» en el departamento San Martín, la sequía, la escasez de agua y el abandono hacen estragos entre las familias originarias. A nueve meses de la declaración de la emergencia sociosanitaria, el agua potable y la asistencia del estado siguen siendo un privilegio.

 

A días de haberse prorrogado por segunda vez la emergencia sociosanitaria, muchas comunidades del norte provincial aseguran no haber recibido ningún tipo de asistencia desde el Estado. La situación de atraso estructural se agudizó en los últimos meses con el avance de la pandemia mundial y en las últimas semanas por la sequía que azota al chaco salteño en su conjunto. La mortandad de animales producto de la escasez de agua para el consumo profundizó en las familias criollas y originarias la crisis que atraviesan desde hace décadas.

La comunidad La Palmita está ubicada a 27 kilómetros de la localidad de Dragones en el departamento San Martín. El paraje más cercano es «La Media Luna», que se encuentra a dos kilómetros y es el único lugar desde donde se puede extraer agua segura. Sin embargo, las dos bombas extractoras presentan serios problemas de funcionamiento y, en ocasiones, esto implica que decenas de familias tengan que abastecerse de agua directamente desde el Río Bermejo, donde actualmente se investiga una posible contaminación.

Todo esto acontece mientras la región atraviesa lo que muchos especialistas denominan la peor sequía de los últimos 40 años. En los parajes más alejados, dependen de pozos precariamente construidos y en muchos de ellos se bebe agua de estanques junto a los animales.

Antonio Morales, cacique de «La Palmita» relató a Cuarto Poder que actualmente en «La Media Luna» una de las bombas funciona a medias y la otra está quemada. «La que funciona a medias trabaja con paneles solares y cuando no hay sol no sube el agua al tanque», informa. Su relato coincide con lo que meses atrás aducían otros dirigentes de las comunidades de la ruta 53: el excesivo consumo eléctrico de las fincas aledañas satura los circuitos de electricidad perjudicando a familias enteras.

Es entonces cuando las familias que habitan la zona deben recurrir a «La Cañada», un brazo del río Bermejo que colinda con la comunidad, pero que se redujo a barro en los últimos días producto de la sequía. «Nunca se seca, pero ahora con el calor se está secando. El agua es agua de lluvia», detalla Morales. Sin embargo, la reducción del ojo de agua llevó a que en las últimas semanas tuvieran que abastecerse directamente del Río Bermejo, a 15 kilómetros de la comunidad.

«El agua está turbia, pero lamentablemente es lo único que se puede tomar. Dragones está a 25 kilómetros y es lo más cercano que tenemos. A veces vienen desde ahí y traen una bomba sumergible, pero cada tanto. El agua se consume así nomás». comenta Antonio a Cuarto Poder. Su hermano Alejandro es un tanto más específico y aporta: «Nosotros componíamos con ‘chasco de los palos’. Eso se pone en el agua para que se ponga más clarita». En caso de no contar con el recurso vegetal, alejandro asegura: «hacíamos pozos en una orilla, después haciamos una zanjita y eso se iba aclarando de a poco. De ahí tomábamos el agua».

El consumo directo de líquido desde el rio Bermejo trae consecuencias harto conocidas por las comunidades y la sociedad en su conjunto. Diarreas, infecciones, vómitos y cuadros de deshidratación son algunos de los efectos del abandono y la postergación. Ancianos y niños son los más afectados por los golpes de calor, que además suelen agravarse por la ausencia de techos en las viviendas. «Aquí muy pocos tienen techo de chapa, la mayoría tiene techo de nylon», agrega Antonio.

En lo que queda de la cañada, unos pocos peces saltan en el barro intentando sobrevivir mientras algunos jóvenes se sumergen para obtener anguilas. Los criollos las compran para utilizar como carnada y pescar en el Bermejo. Los pocos animales pertenecientes a las familias wichís se encuentran deshidratados y son producto de feroces disputas con familias criollas. Los casos de cuatrerismo se volvieron recurrentes, lo que redunda en menos recursos y mayor conflictividad.

En relación a la asistencia alimentaria, desde La Palmita aseguran que «sólo llegan hasta La Media Luna» y que hace, por lo menos, cuatro meses que no reciben ayuda. «Estamos esperando porque no sólo los chicos, sino que han fallecido personas mayores por desnutrición. Y no es sólamente por falta de agua, sino por falta de alimentos».

 

«Comemos charatas y torcazas»

 

La imagen de dos niños wichís cocinando pajaritos para alimentarse en un paraje cercano a Morillo recorrió todos los portales en la semana que concluye. La realidad no es muy distinta en La Palmita, donde apenas se sobrevive a base de changas y de lo que pueda aportar el monte. «Ahora es época de miel, nosotros buscamos en las colmenas y hachamos. Con eso a veces vendemos para poder comprar cosas. También la gente está sacando algarroba», detalla Antonio. Por su parte, Felipe Galarza agrega: «También hay charatas, torcazas y otras aves que cazamos. Pero ahora como hay sequía, lo que más nos hace falta es el agua y los tanques». Alejandro Morales, en tanto, acota: «En realidad a nosotros nos gusta sembrar, pero ahora no podemos por el tema del agua. Estuvo muy fea toda esta semana que pasó con los calores. No se podía hacer casi nada. Algunos iban a buscar trabajitos, pero ya casi no hay».

En aquellas latitudes, según señalan los conocedores, el agua puede encontrarse a 100 metros de profundidad, lo que representa una desventaja en relación a otras zonas del chaco salteño en donde se la extrae 25 metros bajo tierra. De cualquier manera, el presupuesto para la instalación de una bomba en la comunidad ronda los $7 millones, según estimaciones de expertos. Una cifra baja en relación a los dispendios recurrentes del estado provincial y a la urgencia del asunto, pero que sin embargo parece muy lejos de concretarse.