En la Argentina del “no hay plata”, siempre hay margen para una escapadita al Caribe. Esta vez, el protagonista es Manuel Adorni, que entre conferencia y conferencia encontró tiempo para despedir el año en Aruba junto a toda su familia. Nada ostentoso, claro: vuelos en premium economy, pagos en efectivo y escalas prolijas, como corresponde a la austeridad bien administrada.
La escena tiene algo de pedagogía invertida. Mientras desde el atril se explican los sacrificios necesarios para ordenar la economía, en la práctica aparecen viajes, propiedades y movimientos que la Justicia intenta reconstruir con paciencia artesanal. El fiscal Gerardo Pollicita no busca destinos turísticos, sino coherencia entre ingresos y gastos. Una tarea compleja en un país donde la transparencia suele viajar en clase turista, si es que consigue asiento.
Todo esto ocurre bajo la narrativa de un gobierno que hizo de la ejemplaridad un eslogan y de la “casta” un enemigo a erradicar. Pero la realidad insiste en ofrecer capítulos donde los funcionarios no solo se desplazan, sino que lo hacen con una frecuencia y un estilo que recuerdan más a aquello que prometían combatir que a lo que decían venir a construir. Al final, el problema no es Aruba: es la facilidad con la que algunos parecen llegar, incluso cuando el resto apenas puede pagar el viaje cotidiano.




