El conductor británico dijo que penalizaría a Franco Colapinto por ser argentino. En 2014, su visita a Tierra del Fuego terminó entre protestas, autos apedreados y una polémica por una patente que parecía recordar la Guerra de Malvinas. Hay gente que confunde el humor ácido con la impunidad.
Jeremy Clarkson volvió a hacer de las suyas. Invitado por Alpine al Gran Premio de Estados Unidos de Fórmula 1, el histórico conductor de Top Gear encontró una manera bastante pobre de hacerse el gracioso: aseguró que a Franco Colapinto le habían impuesto una penalización por ser argentino y agregó que él mismo se la pondría por ese motivo. Un chiste de alto octanaje intelectual, cortesía de un hombre que lleva décadas hablando de motores y que, a juzgar por sus ocurrencias, todavía tiene dificultades para distinguir una provocación ingeniosa de una pavada con acento británico.
No es la primera vez que Clarkson confunde la provocación con una licencia para hacer cualquier cosa. En 2014 llegó a la Argentina para grabar un especial de Top Gear. La travesía por la Patagonia terminó en un escándalo cuando el Porsche 928 que conducía llevaba la patente H982 FKL. Para numerosos argentinos, la combinación remitía de manera demasiado sugestiva a 1982 y a las Falklands, el nombre que los británicos usan para referirse a las Islas Malvinas. Clarkson y la producción sostuvieron que se trataba de una coincidencia. Puede ser. Pero hay coincidencias que conviene explicar antes de pasearse por Tierra del Fuego como si la memoria de un país fuera un accesorio más del automóvil.
La reacción no fue precisamente una bienvenida turística. En Río Grande, los integrantes del programa fueron declarados personas no gratas y, durante la salida de la provincia, manifestantes arrojaron piedras contra los vehículos. La producción abandonó los deportivos y continuó el trayecto con apoyo logístico; Clarkson y sus compañeros salieron por aire. El episodio dejó una pregunta que el presentador parece no haberse hecho desde entonces: ¿qué gracia tiene provocar a un país con una guerra todavía presente en la memoria de sus excombatientes y después presentarse como víctima de la falta de sentido del humor ajena?
Ahora le toca a Colapinto. El piloto argentino no necesita que Clarkson le regale simpatía ni que le perdone la nacionalidad para demostrar lo que vale en la pista. Tampoco necesita una defensa solemne ante un comentario que, en el fondo, se descalifica solo. Pero conviene recordar quién habla: un conductor famoso por su estilo pendenciero, que dejó Top Gear después de agredir físicamente a un productor en 2015 y que construyó buena parte de su personaje televisivo a fuerza de llevar las provocaciones hasta el límite. Una carrera larga, sí; una reputación de hombre encantador, no necesariamente.
Clarkson puede seguir creyendo que la bandera británica le concede una patente de corso para burlarse de los demás. En la Argentina, sin embargo, Malvinas no es una contraseña ingeniosa para una matrícula ni un recurso para levantar el rating. Y Colapinto no es responsable de que un inglés necesite recurrir a la nacionalidad de un piloto para encontrar un remate. Si la intención era demostrar superioridad, el resultado fue bastante parecido a una mala maniobra: mucho ruido, escasa elegancia y una curva que ya había tomado mal en 2014.




