Un video registró a una delegada educativa induciendo a alumnos de una escuela primaria a asociar los guardapolvos y otros beneficios estatales con la figura de Gildo Insfrán. La oposición formoseña ya anticipó una denuncia formal.

Una nueva polémica sacude a Formosa después de que se conociera un video que expone, de manera elocuente, la mecánica del clientelismo político puertas adentro de una escuela primaria. El hecho ocurrió el viernes pasado en Gran Guardia, durante un acto por el Día del Estudiante y de la Primavera, y no fue una improvisación, fue una puesta en escena.

La delegada zonal educativa de Pirané, Gladys Esther González, protagonizó el episodio ante una veintena de chicos. Les preguntó quién les había enviado los guardapolvos. Cuando un alumno respondió, con la lógica más elemental, que había sido la escuela, la funcionaria no aceptó esa respuesta: insistió, corrigió y bajó la línea correcta. «El gobierno provincial», dijo. Y para que no quedaran dudas de a quién había que agradecerle, preguntó por el nombre del gobernador hasta obtener, en coro, el resultado buscado: «Gildo Insfrán, por supuesto».

El episodio no terminó ahí. González extendió el relato a las zapatillas, los útiles, la leche y la comida, presentando cada uno de esos elementos —financiados con recursos públicos, vale aclarar, no con fondos personales del mandatario— como una dádiva directa del gobernador hacia los niños. Es la vieja fórmula formoseña de convertir derechos y políticas de Estado en favores personales, aplicada esta vez sin filtros frente a menores que apenas empiezan a formarse como ciudadanos.

La presidenta de la UCR formoseña, Agostina Villaggi, fue quien difundió las imágenes y quien anticipó que llevará el caso a la Justicia para que se investigue lo ocurrido. Su cuestionamiento es preciso: lo que se entrega con plata de todos los formoseños no puede presentarse como gentileza de un funcionario, y mucho menos inculcarse como un mensaje político dentro de un aula. La diputada provincial Carla Zaiser sumó otro dato inquietante: en el cierre de su discurso, la delegada mezcló la exaltación al gobernador con una mención al suicidio adolescente, en un cruce de temas que no hizo más que profundizar el desconcierto por el manejo del acto.

Que semejante ejercicio de propaganda haya ocurrido con el acompañamiento silencioso de otras autoridades presentes —incluido el jefe comunal de Gran Guardia, Benjamín Salinas— habla de una práctica naturalizada, no de un exceso aislado. En una provincia gobernada ininterrumpidamente por el mismo signo político desde hace casi tres décadas, el episodio de Gran Guardia funciona como una postal incómoda: la de un aparato estatal que no distingue entre gestión pública y culto personal, y que no tiene reparos en usar a chicos de escuela primaria como caja de resonancia.