ALEJANDRO SARAVIA
Hay una expresión popular que, por su vulgaridad y precisión, resulta particularmente apropiada para describir ciertos fenómenos argentinos: “bosta de paloma”. Parece una contradicción. La paloma es símbolo de paz; su excremento, en cambio, ensucia aquello sobre lo que cae. Algo parecido está ocurriendo con el lenguaje del poder.
Las columnas de Joaquín Morales Solá y Jorge Fernández Díaz del domingo pasado coinciden, desde perspectivas diferentes, en señalar un problema que excede largamente los insultos presidenciales contra periodistas. Lo verdaderamente preocupante es la degradación de las formas republicanas y la naturalización de esa degradación por quienes deberían defenderlas.
Morales Solá recuerda algo elemental: el periodismo no tiene como función agradar al Gobierno. Su obligación es controlar, preguntar, investigar y poner en duda aquello que el poder presenta como verdad. Por eso resulta particularmente peligrosa la pretensión presidencial de dividir a los periodistas entre amigos y enemigos, entre los que adhieren y los supuestos “ensobrados”. El presidente puede discrepar con cualquier periodista; lo que no puede hacer es convertirse en árbitro de quién merece ejercer el periodismo. Si tuviera más cultura política y una más amplia formación intelectual, dice Morales Solá, sabría que las formas son esenciales para construir una sociedad pacífica. El poder tiene el privilegio de diseñar culturalmente a una sociedad. Remontándose a Norberto Bobbio, dice que éste sostenía que “la democracia se define principalmente por cómo se ejerce el poder”. En democracia, en definitiva, las formas son el fondo. Más sorprende, sostiene, el silencio de la oposición argentina, amigable o no amigable con el gobierno de Milei, sobre los explícitos intentos de silenciar a la prensa. Semejante cautela se hace más incomprensible en políticos que en tiempos del kirchnerismo estaban dispuestos a entregar la vida por la libertad de prensa. ¿Nombres? Patricia Bullrich, Silvana Giudici, Alejandro Fargosi o Hernán Lombardi, entre muchos más.
Fernández Díaz va más lejos: sostiene que las formas no son un adorno de la política, sino una manifestación de su contenido. Tiene razón. Una democracia no se define solamente por elecciones periódicas. También se define por la manera en que quienes gobiernan utilizan el poder, por el respeto al adversario, por la tolerancia frente a la crítica y por la capacidad de aceptar límites. Las formas nos dicen qué hay en el fondo de las cosas. O dicho en términos de Víctor Hugo, el autor de Los Miserables: “La forma es el fondo que sale a la superficie”. Y este es un fondo fétido, turbio, abusivo e inquietante.
Y, aquí aparece el problema mayor: la transformación de la agresión verbal en método político. Cuando desde la máxima autoridad del Estado se instala sistemáticamente un lenguaje escatológico contra quienes disienten, no estamos simplemente ante una cuestión de mal gusto. Se está construyendo una cultura política. Y toda cultura política termina produciendo conductas.
Pero existe otra responsabilidad: la de quienes callan. Muchos de los que ayer denunciaban el autoritarismo kirchnerista parecen hoy descubrir que la defensa de las instituciones era menos importante de lo que proclamaban. El argumento de que hay que “blindar el cambio” no alcanza para justificar la renuncia a principios republicanos.
La Argentina necesita cambios profundos. Necesita estabilidad, equilibrio fiscal, crecimiento y reformas. Pero ninguna de esas metas exige destruir el lenguaje democrático.
La bosta de paloma tiene una particularidad: cae desde arriba. Y cuando viene desde la cúspide del Estado, no alcanza con limpiarla. Hay que preguntarse por qué se ha permitido que caiga tanto tiempo.
Porque el problema no es solamente la suciedad del lenguaje. Es lo que esa suciedad puede estar ocultando.




