El PRO respondió a la renuncia de Esteban Bullrich con una frase que, para muchos argentinos, suena más a humor involuntario que a comunicado partidario: “Nosotros no actuamos por conveniencia”. La afirmación llegó después de que uno de los fundadores del espacio abandonara el partido denunciando justamente que las últimas decisiones privilegiaron la conveniencia política por encima de la responsabilidad ética. La paradoja es difícil de ignorar: cuando quien se va habla de falta de principios y quien se queda responde negando cualquier cálculo político, la discusión deja de ser sobre nombres y pasa a ser sobre credibilidad.
En la carta difundida por el secretario general del partido, Fernando de Andreis, el PRO calificó como “injusta” la mirada de Bullrich y defendió su estrategia parlamentaria, además de rechazar cualquier acuerdo de conveniencia con La Libertad Avanza. Sin embargo, el problema para el partido no parece ser lo que dice Esteban Bullrich, sino el contraste entre ese comunicado y una larga sucesión de decisiones políticas que muchos interpretaron como movimientos de supervivencia electoral. La política argentina tiene memoria corta, pero no tanto: los alineamientos, las alianzas y los cambios de discurso de los últimos años hacen que la frase “no actuamos por conveniencia” encuentre más cejas levantadas que aplausos.
Paradójicamente, quien deja al PRO termina defendiendo con su gesto aquello que el partido dice representar: la coherencia. Bullrich eligió renunciar antes que permanecer en un espacio con el que asegura ya no comparte principios. En cambio, la respuesta partidaria pareció concentrarse en negar las acusaciones antes que explicar por qué uno de sus dirigentes históricos sintió que ya no había lugar para su conciencia dentro de la fuerza. Porque en política, las declaraciones pueden escribirse en una tarde; la coherencia, en cambio, se construye durante años. Y esa, precisamente, es la discusión que la renuncia de Bullrich volvió a poner sobre la mesa.




