La implementación de controles por detección de drogas impulsada por la Municipalidad abrió una discusión inesperada: los límites técnicos del sistema,
el cannabis medicinal, el coqueo y una pregunta incómoda para el norte argentino.
¿Qué se busca medir: consumo o capacidad real para conducir?
Kim Im Porta
La escena parecía destinada a durar apenas algunos días: un nuevo dispositivo de control, un puñado de operativos, algunos resultados positivos y la habitual discusión pública sobre endurecimiento de controles viales. Pero la decisión de la Municipalidad de Salta, a través de la Secretaría de Tránsito y Seguridad Vial que conduce Matías Assennato, de incorporar narcotests por saliva terminó abriendo una discusión mucho más amplia y compleja de lo esperado.
Porque detrás del anuncio apareció una pregunta que excede la gestión municipal y se mete de lleno en el terreno de la ciencia, el derecho y hasta la identidad cultural del norte argentino: cuando un narcotest da positivo, ¿qué está diciendo realmente?
La medida comenzó a aplicarse en el marco de la Ordenanza Municipal N.º 14.395, que prevé sanciones para quienes conduzcan bajo efectos de sustancias estupefacientes o alteraciones de las condiciones psicofísicas. En los primeros operativos se informaron resultados positivos por THC y rápidamente el foco se desplazó hacia una situación particularmente sensible: qué ocurre con personas que utilizan cannabis medicinal dentro de marcos legales y, poco después, con una práctica mucho más arraigada y menos visible en el debate público: el coqueo.
El problema del umbral
La defensa oficial de la herramienta fue relativamente clara. Desde el municipio sostuvieron que el sistema no funciona como una detección indiscriminada de cualquier rastro químico, sino mediante umbrales mínimos de activación. Es decir: no bastaría una exposición marginal o residual para obtener un resultado positivo.
Ese argumento parece razonable y, además, coincide con cómo funcionan gran parte de los dispositivos modernos de análisis de fluido oral utilizados internacionalmente. A diferencia de la orina —que puede detectar consumos ocurridos días antes— los narcotests por saliva buscan aproximarse más al momento reciente del consumo.
Diversos estudios toxicológicos sostienen justamente ese punto. Investigaciones publicadas en la literatura internacional describen al análisis de fluido oral como una herramienta útil para controles en ruta por su rapidez, baja invasividad y mejor correlación temporal con la circulación reciente de sustancias.
En otras palabras: para un operativo vial, la saliva sería técnicamente más útil que otros métodos diseñados para reconstruir hábitos de consumo y no estados inmediatos.
Pero ahí aparece la primera grieta. Porque una parte importante de la evidencia científica internacional también advierte que detectar una sustancia no equivale automáticamente a demostrar deterioro de las capacidades de conducción.
Una revisión publicada en Public Health señaló que los distintos dispositivos utilizados internacionalmente muestran niveles variables de sensibilidad y especificidad y que ninguno logró satisfacer simultáneamente todos los estándares ideales definidos por programas europeos de validación.
La advertencia es relevante porque cuestiona una idea que suele instalarse rápidamente en el debate público: positivo no necesariamente significa incapacitado.
Y eso se vuelve especialmente delicado cuando aparecen sustancias cuya permanencia biológica y sus efectos no siempre coinciden temporalmente.
Del cannabis al coqueono
La primera controversia local apareció alrededor del cannabis medicinal. La pregunta era relativamente nueva para Salta, pero ya viene siendo discutida en otros países: si una persona utiliza cannabis dentro de un tratamiento autorizado, ¿un resultado positivo alcanza por sí solo para presumir conducción riesgosa?
La literatura científica todavía no logró establecer una equivalencia universal entre niveles detectables de THC y deterioro efectivo de las capacidades de manejo. Pero cuando esa discusión comenzaba a tomar forma apareció una segunda derivación mucho más incómoda para la realidad local: el coqueo.
En Salta y gran parte del NOA el consumo tradicional de hoja de coca forma parte de prácticas históricas asociadas al trabajo rural, los viajes largos, actividades de altura y hábitos cotidianos profundamente naturalizados.
Y aunque desde el municipio se insistió en que el sistema trabaja con umbrales y que el coqueo no debería generar automáticamente resultados positivos, el solo hecho de que la pregunta haya aparecido revela algo más profundo.
Porque la hoja de coca contiene alcaloides naturales de los cuales deriva la cocaína. Eso no significa equivalencia farmacológica ni funcional, pero sí abre una controversia técnica respecto de cómo determinados dispositivos interpretan concentraciones y metabolización. No existe consenso cerrado.
Algunos especialistas consideran improbable que el consumo tradicional genere detecciones equivalentes a consumos problemáticos; otros señalan que el resultado puede depender del tipo de prueba, frecuencia de consumo y punto de corte configurado. La discusión deja entonces de ser únicamente sanitaria y empieza a volverse política.
Una herramienta para casos límite
Después de la polémica inicial, el escenario parece haber entrado en una pausa. No porque hayan desaparecido las preguntas, sino porque el debate empezó a mostrar una complejidad mayor a la esperada.
Ni la evidencia científica parece habilitar una confianza ciega en el resultado químico como prueba absoluta, ni tampoco existen elementos serios para descartar completamente la utilidad preventiva del sistema. En ese equilibrio incómodo parece estar moviéndose el municipio.
La lectura que empieza a consolidarse es que el narcotest difícilmente termine convirtiéndose en un control masivo y cotidiano comparable al alcoholímetro, sino más bien en una herramienta complementaria reservada para situaciones excepcionales: conductas manifiestamente riesgosas, controles específicos o, sobre todo, siniestros viales.
Ese uso tendría una lógica distinta. Ya no como instrumento para presumir incapacidad a partir de una sustancia detectada, sino como elemento adicional dentro de una reconstrucción más amplia de responsabilidades. La diferencia parece técnica, pero en realidad es política.
Entre la tolerancia cero y la conducción bajo efectos existe un territorio gris donde ya no alcanza con una tira reactiva. Y Salta, quizás sin proponérselo, terminó entrando de lleno en esa discusión.




