Jose Luis «Camaleón» Gambetta: La política del vale todo

 

Ex presidente de la UCR, heredero de una histórica familia radical y hoy interventor judicial del PJ salteño, José Luis Napoleón Gambetta simboliza la crisis de identidad de la política argentina: dirigentes que cambian de partido sin explicaciones, ideologías convertidas en utilería y estructuras partidarias manejadas por profesionales del poder antes que por militantes con convicciones.

 

Lucas Sorrentino

 

La intervención del PJ salteño ya parece una parodia política. Y José Luis Napoleón Gambetta encarna como pocos esa degradación ideológica donde los partidos dejaron de representar ideas para convertirse en agencias de colocación de dirigentes reciclados.

Alguna vez fue radical. Presidente de la UCR. Hombre formado en las filas del alfonsinismo. Hoy aparece como interventor judicial del Partido Justicialista de Salta, hablando de “unidad”, “normalización” y “fortalecer al justicialismo” como si hubiese militado toda su vida las banderas peronistas. La política argentina ya no produce dirigentes: produce mutantes. Y Gambetta parece haber encontrado su forma definitiva.

De Napoleón a «Camaleón»

Porque para pasar de conducir la UCR a administrar el PJ hace falta algo más que pragmatismo: hace falta la elasticidad moral de quien entiende a la política como un negocio personal y no como una construcción de convicciones. En la Argentina del vale todo, los partidos se vaciaron tanto de contenido que ya nadie se sonroja cuando un ex presidente radical termina ordenando la interna peronista.

Y el dato no es menor: uno de sus hijos es ahijado de Raúl Alfonsín. Su suegro también fue presidente de la UCR. Toda una genealogía radical. Pero ahora resulta que el hombre viene a “salvar” al justicialismo salteño. ¿Qué sigue? ¿Un libertario conduciendo el Partido Obrero? ¿Un macrista organizando La Cámpora?

La entrevista que concedió parece escrita por un burócrata profesional incapaz de reconocer el grotesco político que representa. Habla de “recuperar la esencia democrática del partido” mientras llega impuesto por una intervención judicial. Habla de “unidad” sin representar a ninguno de los sectores reales del peronismo salteño. Habla de “transparencia” pero evita pronunciarse sobre los 500 millones de pesos desaparecidos de la caja partidaria. Todo envuelto en frases vacías, fórmulas neutras y ese lenguaje plastificado típico de los dirigentes que sobreviven a todos los gobiernos porque nunca defendieron nada demasiado fuerte.

Lo más preocupante no es Gambetta. Lo más preocupante es que este tipo de personajes ya no generan escándalo. Se naturalizó que un dirigente cambie de partido como quien cambia de camiseta. Se naturalizó que las ideologías sean decorado. Se naturalizó que los aparatos políticos sean administrados por operadores sin pertenencia real.

Y después se preguntan por qué la sociedad desprecia a la dirigencia.

La respuesta está ahí: en esos dirigentes todoterreno que pueden pasar del radicalismo al peronismo sin una sola explicación doctrinaria. En esos “mercachifles” de la política que no defienden ideas sino espacios de poder. En esos profesionales de la rosca que hablan de democracia mientras convierten a los partidos en estructuras vacías.

Gambetta dice que “un partido político se crea para hacer bien a la gente, no para hacer daño”. La frase suena noble. El problema es que la política argentina está llena de hombres que dicen exactamente eso mientras degradan cada institución que tocan.

El PJ salteño merecía una reconstrucción política. No un casting de reciclados.