Tras las primeras revelaciones, crece la catarata de testimonios internos que describen un circuito de contrabando de metales estratégicos, compra sistemática de material robado y manejo obsceno de efectivo. Ahora una sucursal del NOA queda en el centro del escándalo:
el cobre que faltaba en el alumbrado público del pueblo terminaba prolijamente apilado en su depósito. Por primera vez se publican los remitos truchos utilizados para sacar del país cobre declarado como chatarra y salen a la luz las maniobras insólitas para mover millones en negro.

 

Cuando Cuarto Poder reveló las primeras irregularidades en Metalnor, la reacción fue inmediata: un silencio incómodo puertas adentro y, puertas afuera, un goteo constante de mensajes, documentos y llamadas anónimas. O, como podría describirse mejor, un repentino deseo de redención por parte de empleados, ex empleados y proveedores discretos que, desde distintos puntos del país, coincidían en un mismo retrato: una estructura aceitada para el contrabando de metales estratégicos, la compra sistemática de material robado y un esquema de lavado de dinero que haría sonrojar a más de un financista profesional.

En una de las sucursales más activas del NOA la historia adquiere ribetes novelescos, salvo que aquí no hay ficción que suavice la crudeza de los hechos. Porque, lejos de ser simples rumores del subsuelo empresarial, lo que comenzó como un conjunto de testimonios aislados terminó convertido en un mapa preciso de operaciones clandestinas que se repiten con sorprendente sincronía en todo el país.

La continuidad del escándalo tiene nombre, peso y dirección postal. Y, como es habitual en estas tramas, las señales más escandalosas estaban allí desde hace tiempo: calles enteras quedándose sin alumbrado público, robos a plena luz del día, vecinos denunciando la desaparición inexplicable de los cables de media tensión… y depósitos de Metalnor acumulando exactamente ese mismo metal como si la magia existiera.

La ciudad sin luz y el cobre que reaparecía en Metalnor

La escena se repitió tantas veces en las últimas semanas que dejó de ser un misterio policial para convertirse en una obviedad trágica: una ciudad del NOA, a 400 kilómetros de Salta, se quedó literalmente a oscuras. Los robos de cables de alumbrado público crecieron con tal compulsión que acapararon las primeras planas de la prensa local.

En respuesta al caos, la Dirección de Investigaciones montó siete allanamientos simultáneos. El resultado: varios kilos de cobre secuestrados, chatarrerías intervenidas, viviendas desmanteladas… y un operativo clave en la sede local de Metalnor. Allí, en un rincón demasiado visible como para fingir sorpresa, encontraron 95 kilos de cobre perteneciente al tendido eléctrico de la ciudad.

La postal fue elocuente. Los vecinos venían denunciando que los robos se realizaban a plena luz del día, con una impunidad quirúrgica que sólo podría explicarse con un comprador asegurado. Y el comprador, según se desprende de los hallazgos, no estaba en los márgenes oscuros de la economía informal, sino dentro de una empresa que factura millones y posa de proveedora confiable del sistema industrial.

Pero el caso tiene antecedentes. En febrero del año pasado, una banda que acumulaba 474 kilos de cobre, motopartes y otros metales robados terminó tras las rejas luego de varios allanamientos. Cuando los investigadores siguieron el rastro, la ruta fue tan directa como desvergonzada: los detenidos confesaron haber vendido el material a Metalnor. Allí lo encontraron.

Una fuente interna de esa sucursal lo explicó con un nivel de sinceridad que hiela la sangre:

“Prácticamente nos obligaban a comprar todo. No podíamos no comprar. Todo llegaba ‘de buena fe’, hasta que los allanamientos lo hicieron imposible de sostener”.

Cobre, bronce, aluminio, baterías… todo entraba. Nada se preguntaba. Nadie quería —ni podía— negarse.

Remitos truchos, camiones camuflados

Una vez separado el material, la carga seguía su curso natural hacia los camiones de Metalnor. El detalle estaba en la declaración de la mercadería: todo se registraba como chatarra. Lo valioso se escondía debajo de un manto de aluminio inocente, en la certeza de que “Gendarmería no levanta lonas”.

La maniobra, según las fuentes, era tan rutinaria que ya no implicaba riesgo alguno:

“El cobre se mandaba a Formosa y de ahí cruzaba a Paraguay. El que iba a Bolivia salía desde Jujuy. Todos los remitos eran de venta de chatarra pesada”.

Este medio accedió a algunos de esos remitos falsos que coinciden en una característica: una descripción sistemáticamente adulterada de los envíos. En todos ellos, como por arte de magia, el cobre desaparecía del inventario declarado. Se convertía en un montón amorfo de “material a clasificar con contenido de hierro (chatarra)”.

El instructivo que recibían las sucursales tampoco deja margen para la duda. Un mensaje enviado por un alto mando de Metalnor, al que accedió este semanario, rezaba:

“Recuerden enviar dimensionado por tramos de hasta 70 cm todo cable aéreo o subterráneo de ALU, COBRE, etc. Luminarias también se deben dimensionar para evitar el secuestro de la carga en los controles”.

Si el lector imaginó a empleados cortando cables de alumbrado público con amoladoras para luego camuflarlos entre chapones, está en lo correcto. La propia empresa les entregaba las herramientas para hacerlo. No por necesidad industrial, sino por eficiencia en el contrabando.

Mientras tanto, en la frontera norte —muy cerca de Salvador Mazza— otra escena confirma la trama: decenas de camiones apostados al costado de la ruta, esperando para salir del país. Las versiones locales indican que muchos están retenidos por sospechas de transportar metales estratégicos. Algunas fotografías enviadas a esta redacción completan el cuadro: una caravana silenciosa, inmóvil, cargada de secretos metálicos.

Millones en cajas de galletas

Como si todo lo anterior no bastara para comprender la escala del entramado, los testimonios más recientes agregan la dimensión que faltaba: el dinero. O, mejor dicho, el modo en que Metalnor lo hacía circular.

Según confió la misma fuente, la empresa obligaba a sus trabajadores a retirar semanalmente hasta 50 millones de pesos en financieras ilegales. La escena, repetida en más de una sucursal, roza lo absurdo: empleados viajando en remises, cargando cajas de galletas repletas de efectivo, y regresando con la adrenalina a flor de piel para entregar el botín en la base operativa. Ese dinero —todo en negro, sin excepción— se destinaba a comprar material, gran parte del cual era robado.

Antes trabajaban directamente con camiones propios que se detenían en puntos acordados de la ruta para hacer el intercambio de efectivo. El riesgo era tan descomunal que las financieras clandestinas se convirtieron en una alternativa “más segura”.

El volumen del negocio era tal que un terreno fundamental para la expansión de la empresa en el norte fue adquirido, según relatan, al contado y por 250 mil dólares. Sin crédito, sin papeles, sin rastros.

Un rompecabezas nacional que empieza a encajar

Las nuevas denuncias no son casos aislados; son piezas de un engranaje que ahora empieza a revelar su verdadero tamaño. En Salta, Jujuy, Formosa, Misiones y Santiago del Estero, las maniobras se repiten con precisión normativa: compra de material robado, remitos adulterados, contrabando transfronterizo, triangulación con depósitos intermedios, financieras en la sombra y pagos en negro de un volumen difícil de imaginar.

Las causas judiciales comienzan a acumularse. Los allanamientos, también. Y los testimonios internos —que antes eran murmullos— hoy forman un coro que pide, sin disimulo, ser escuchado.

La saga recién empieza, pero el mapa ya está trazado. Y su protagonista, por ahora, es siempre el mismo.

Promociones y la repentina vocación solidaria de Metalnor

Mientras la empresa acumula denuncias, allanamientos y testimonios internos que describen un modus operandi propio de una organización clandestina, su departamento de marketing parece vivir en un universo paralelo. En plena crisis —la misma que derivó en el despido de decenas de trabajadores— Metalnor decidió relanzar su imagen pública a través de una de las señales televisivas de alcance provincial, anunciando una “promoción imperdible” que, presentada con sonrisas y notas amables, buscó amortiguar el impacto de los escándalos.

La propuesta incluía una feria mensual con descuentos de hasta el 42% sobre precios de lista y un llamativo servicio de “acopio de material” para clientes sin espacio: ellos compran, la empresa lo guarda por hasta dos años y todos felices. Y para quienes no alcanzan a pagar, Metalnor exhibe otra muestra de generosidad: un sistema de préstamos gestionados nada menos que a través del Banco Macro, tramitados en las oficinas de Camino a la Isla, como si se tratara de un beneficio social y no de un negocio aceitado.

La presencia de exfuncionarios romeristas —entre ellos Fernando Yarade— en el directorio de una de las empresas asociadas a los Yobi, sumada a sus vínculos histórico-políticos con el Macro, vuelve casi innecesario insistir en lo obvio: el romerato sigue siendo el hilo conductor de este entramado donde el contrabando convive sin pudor con promociones televisivas y créditos “a medida”.