Por Fedra Aimetta.
La coyuntura política argentina, marcada por la proximidad de las elecciones legislativas, se resume en una advertencia: la necesidad de reconstruir los equilibrios institucionales es urgente, porque la deriva autoritaria se alimenta de las carencias morales, técnicas e institucionales de un gobierno sin consensos.
Esta situación encuentra su mejor explicación en el concepto de interregno acuñado por el filósofo italiano Antonio Gramsci: “Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.
Esta crisis de transición crea una “época de monstruos” o síntomas mórbidos que son visibles en la gestión actual. El actual oficialismo llegó al poder bajo la bandera de lo disruptivo, una secuencia directa de la narrativa “que se vayan todos”. Sin embargo, este supuesto “nuevo” no ha logrado desterrar los vicios del “viejo” sistema.
El interregno se manifiesta en una serie de síntomas mórbidos concretos: desde escándalos de corrupción (como los casos LIBRA, ANDIS o las controversias alrededor de la figura de Espert), hasta crisis institucionales generadas por una diplomacia subordinada a intereses externos y el incumplimiento de la ley (como el desfinanciamiento a las universidades y el Hospital Garrahan). A nivel microeconómico, la economía está freezada, y la volatilidad se refleja en la devaluación del peso, que subió el precio del dólar de $1.000 a $1.500 en pocos meses. La clave para entender esta disfunción no está en la economía, sino en la teoría política de Gramsci: la distinción entre Hegemonía y Dominación.
La Hegemonía es la capacidad de una clase o grupo para ejercer una “dirección intelectual y moral” sobre la sociedad, logrando que sus ideas sean aceptadas como sentido común. Cuando esta dirección falla, el grupo recurre a la Dominación, que es el ejercicio del poder mediante la fuerza pura y la coherción directa a través del aparato estatal.
El intento del gobierno por avasallar a las instituciones y concentrar la suma del poder público (el ejecutivo sobre el legislativo y el judicial) es, para Gramsci, la prueba del fracaso de su Hegemonía. Al no lograr persuadir, al jactarse de gobernar “contra la política” y no buscar “consensos”, este grupo dominante abandona el terreno del debate y se atrinchera en la imposición.
Este desplazamiento del consenso a la coerción rompe lo político en su esencia democrática. El espacio de negociación, de mediación de intereses y de construcción de acuerdos es reemplazado por la administración centralizada del poder. Como dijo el analista Ezequiel Jiménez, “Gobernar no es mandar: es persuadir, construir acuerdos, generar confianza”.
Un gobierno que ignora al Congreso —la columna vertebral del sistema democrático— está silenciando a la ciudadanía, a las provincias y a los partidos, también decía. Por ello, la elección legislativa se vuelve el punto de inflexión donde la ciudadanía tiene la oportunidad de exigir al gobierno que abandone la vía de la Dominación y regrese al ejercicio de la Política, condición indispensable para la gobernabilidad democrática.
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