Hay campañas políticas que buscan construir. Otras que proponen, que debaten, que interpelan. Y después está lo que hizo Emilia Orozco: usar la desaparición y muerte de un excomisario como decorado de un spot electoral. Eso no es campaña. Es bajeza.

En su desesperada carrera por alcanzar una banca en el Senado Nacional, la diputada libertaria Emilia Orozco decidió cruzar todos los límites de la ética, la empatía y el sentido común. A metros de donde fue hallado el vehículo del comisario Vicente Cordeyro —un caso que conmocionó a la provincia—, grabó un video cuidadosamente producido, con su remera violeta de campaña (antes era amarilla, pero el oportunismo es lo suyo), haciendo una denuncia que suena más a guión de serie narco que a compromiso institucional. Y no lo hizo por compromiso con la verdad. Lo hizo por votos.

Porque mientras una familia sufría la incertidumbre más dolorosa, mientras Salta miraba con angustia lo que pasaba, Orozco desplegaba su acto de campaña. No dudó en montar una escena, caminar frente a la cámara con tono grave, apropiarse del dolor ajeno y transformarlo en contenido electoral. Ni una palabra a la familia. Ni una mención al respeto. Solo la ambición disfrazada de coraje político.

El intendente Emiliano Durand, entre conmovido y enfurecido, le respondió con algo que, al parecer, Orozco ha olvidado por completo: dignidad. “No todo vale, diputada. No se hace política con la angustia. Hay cosas más importantes que ganar una elección”, dijo. Palabras que deberían ser obvias, pero que en este contexto son necesarias. Porque la diputada nacional de La Libertad Avanza parece dispuesta a pisotear lo que sea con tal de subirse a un escenario.

Y no es la primera vez que lo hace.

En enero de 2024, Orozco ya había sido cuestionada por manipular y desinformar sobre el caso de Liliana Ledesma, un crimen atroz que conmocionó al norte salteño en 2006. En su discurso en la Cámara de Diputados, lo presentó como un caso impune, sin condenados, y lo vinculó con trata de personas. Nada de eso era cierto. El procurador general Pedro García Castiella tuvo que salir a desmentirla públicamente. El caso está resuelto. Los autores materiales e intelectuales fueron condenados. Las penas van desde prisión perpetua hasta condenas firmes. Pero a Orozco eso no le importó. Apostó a la confusión, jugó con la ignorancia ajena y nunca corrigió sus dichos. Porque en su lógica, los hechos son secundarios. Lo único que importa es el impacto.

Ahora repite la fórmula. Solo que esta vez lo hace en el contexto de una tragedia actual, real, sensible, dolorosa. Cuando todos albergaban esperanzas, ella ya estaba grabando.

Y mientras señala con dedo acusador a la “narco-criminalidad” en Salta, se olvida de mirar hacia su propia fuerza política. Porque mientras Orozco denuncia, su compañero de espacio, el diputado José Luis Espert, está siendo investigado por recibir 200.000 dólares (que parece era un millón) de una empresa vinculada al narcotráfico internacional. Le allanaron la casa. Le allanaron el despacho. Renunció a su candidatura. Pidió licencia. Y quedó manchado por una transferencia que se investiga como posible lavado de activos.

Pero de eso no habla. Porque en la hipocresía política de Orozco, el narcotráfico es grave cuando se lo puede usar contra los demás. Cuando toca la puerta de los suyos, prefiere el silencio.

Y mientras se pasea con discursos de valentía, lo que en realidad muestra es irresponsabilidad, oportunismo y una falta absoluta de respeto por el dolor humano.

Usar la muerte de un hombre como escenario de campaña no es tener coraje. Difundir mentiras en tribuna parlamentaria no es compromiso. Grabar un spot frente a la angustia ajena no es lucha contra el crimen.

Es miseria política. Es show barato. Es vergüenza ajena.

Y lo más preocupante de todo es que parece no tener ningún límite.

Porque en el universo de Emilia Orozco, todo se puede usar: el dolor, la tragedia, la confusión, la mentira y hasta la historia mal contada. Todo sea por una banca. Todo vale.

Lo que no cabe es el respeto. Lo que no entra es la verdad. Y lo que falta —a gritos— es humanidad.