El diputado Gustavo Orozco, exjefe policial denunciado por torturas, propone incorporar el coaching ontológico en las escuelas salteñas. El proyecto, carente de evidencia científica, abre un nuevo capítulo de delirio legislativo en la provincia.

 

Este martes, la Legislatura de Salta podría tratar un proyecto presentado por el diputado Gustavo Orozco (Cambia Salta) que busca introducir el coaching ontológico en las escuelas públicas de la provincia. La propuesta, revestida de un discurso meloso sobre liderazgo, resiliencia y autoconocimiento, representa otro intento de colar en el sistema educativo herramientas de dudosa eficacia y de probada vacuidad conceptual.

El coaching ontológico no es una ciencia, no es una disciplina académica, ni mucho menos una práctica pedagógica seria. Se trata, en el mejor de los casos, de una corriente de autoayuda con estética profesional; y en el peor, de una industria de charlatanería emocional que parasita las inseguridades personales y los vacíos institucionales del Estado. No existen estudios clínicos, ni revisiones sistemáticas, ni publicaciones serias que respalden los supuestos beneficios que enumera el diputado en los fundamentos de su proyecto. Pero en Salta, tierra fértil para el disparate institucional, eso parece ser apenas un detalle.

Más llamativo aún es el hecho de que la iniciativa provenga de Gustavo Orozco, el mismo legislador que arrastra una abultada mochila judicial por denuncias de tortura y vejaciones cometidas durante su paso por la Brigada de Investigaciones de Rosario de la Frontera. Que un exuniformado imputado por prácticas de violencia institucional pretenda ahora impartir cátedra sobre “gestión emocional”, “liderazgo consciente” y “ambientes de aprendizaje humanizados” sólo puede explicarse por la impunidad que otorga la banca y la lógica del absurdo que domina buena parte del debate político provincial.

Que el sistema educativo salteño enfrenta desafíos profundos y urgentes no es una novedad: deserción escolar, violencia, pobreza estructural, falta de infraestructura, desfinanciamiento. Lo que resulta obsceno es que, en lugar de políticas públicas serias y basadas en evidencia, se propongan fórmulas vacías importadas de los manuales de autoayuda de moda. El coaching ontológico no es una herramienta educativa: es una industria, un negocio que se disfraza de solución mientras niega la complejidad de los problemas reales.

El proyecto de Orozco es un ejemplo más de cómo la política salteña convierte lo trivial en prioritario y lo serio en accesorio. En nombre del bienestar emocional y del desarrollo integral, se pretende introducir en las aulas un discurso que no resiste ni una mirada crítica ni un mínimo de rigor. Si la Legislatura decide avanzar con esta iniciativa, no sólo estará avalando el ingreso de la pseudociencia al sistema educativo, sino también validando la metamorfosis simbólica de uno de sus miembros más cuestionados: de la picana al coaching, del garrote a la palabra hueca. Todo es posible cuando la política se desentiende del conocimiento y se entrega al espectáculo.